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La necesidad tiene cara de perro.  (Cuento corto).    

Por Ramiro Guerra.      

Encarnación morales, treinta años de trabajar en la finca de Rogelio Campoamor.  Fue despedido, con los bolsillos de sus pantalones, al revés. Entró limpio y salió limpio.

Que angustia; se preguntaba; ¿qué voy a hacer? Mi mujer preñada y cuatro bocas que alimentar.      Dicen que la necesidad tiene cara de perro hambriento. Se regresó a su pueblo, Santa Marta de la Vega.

Algo tengo que hacer. Una noche mientras trataba de conciliar el sueño, se le ocurrió la idea de meterse a curandero. Y así lo hizo. En complicidad con su mujer, vendió en el pueblo su nuevo oficio. Curaba de todo. Tenía pócima para todo tipo de dolencias.

En poco tiempo, se hizo de una clientela. En una ocasión, llegó a su casa, una mujer cuya barriga le había crecido enormemente. Le costaba caminar. Acompañada de su marido, este le dice al curandero, «Don Encarnación, pongo a mi mujer en sus manos». A lo que le contestó, «se la voy a dejar como, creo que la conoció».

Envidia Quintero, nombre de la mujer de Encarnación, que nunca se apartaba de su marido, éste la miró y le dijo, ya sabes lo que tiene que hacer. Envidia Quintero, se paró y salió hacia la parte de atrás de la casa.  Inmediatamente, Encarnación, se dirigió a su paciente y le dijo, tómese este vaso de leche de coco con hierba de limón. Pase al cuarto oscuro que está cercano al patio de la casa.  Entre siéntese en una vasija grande, porque la urgencia no espera. Cuando termine, venga donde mí y yo le diré que tenía. Así lo hizo la bien mandada mujer. Listo Don Encarnación, ya terminé. Llamó a Envidia, tráeme la vasija donde esta mujer hizo la gran mayor. Mire señora, usted no tenía nada; le habían echado un mal; mire lo que usted ha cagado; cuatro sapos verrugosos. Su barriga volvió a lo normal. Su fama de buen curandero creció, al punto que de todos lados le llegaban hombres y mujeres, buscando los servicios de Encarnación Morales.

Cuenta el mismo curandero, que el marido de la mujer que curó, nunca dejó de llegar a su casa, cargado de sacos de frijoles, carne seca por el sol, maíz y arroz, como agradecimiento por haber curado a su mujer.  La mujer de verdad creyó, que le habían hecho un mal. El purgante, claro que hizo su trabajo.

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