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SANGRE DE MÁRTIRES

Pudo ocurrir en 1964, pero estamos en 2023.

Ela Urriola

Escritora y filósofa.

 

Unas manos, acostumbradas a repasar las páginas de libros, a desgranar las mañanas en las aulas, a llevar la luz y la esperanza, se aferraban ahora a la bandera. Las otras, manos acostumbradas a la frialdad del metal, con resabio de esa pólvora legendaria del norte, empuñaba un arma, esta vez para matar.

Cual Victoriano Lorenzo ante el pelotón de fusilamiento —la indefensión del patriota blindado con coraje y amor—, esas balas atravesaron palabras, ideas, pupilas, vísceras, pero no a la nación.  Las balas llovieron con el peso del oro, con el amargor del cobre. Forjadas con la avaricia y la frialdad mineral, perforan selvas y vísceras panameñas; esas balas que envenenan la sangre y los ríos, se depositaron en los cuerpos de los dos patriotas.

Martes de mártires, banderas y sangre ¿hasta cuándo serán demasiadas vidas para los bolsillos vendepatrias? ¿Cuánto será suficiente oro para pulverizar conciencias, arrodillando a quienes les fue encomendado defenderla? ¿Cuántos, los traidores, que se arropan con honores? Las vidas quebradas por su silencio, ¿les dejan dormir alguna vez?

Ese martes el pueblo se enfiló para rescatar a la patria y, como en el ´64, tenía los colores de nuestra bandera en cada célula, pero a diferencia de entonces, el asesino y los enemigos habían nacido también en este suelo. Escuchen lo que dice el viento, lo que dice el árbol, lo que gritan las cascadas de jóvenes que desfilan día y noche por nuestras calles: ¡este territorio no merece esos partos!

El martes 7 de noviembre de 2023 las balas se elevaron en el aire, con la propulsión del dólar que compra conciencias y borra raíces, porque hay otros asesinos disparando en silencio, desde un pedestal. Otros que cargan las pistolas y amenazan el mañana; otros, que se beben la savia y la sangre.

Abdiel Díaz, Iván Mendoza y antes, Tomás Cedeño, eran hijos, padres, hermanos, esposos, vecinos, amigos de esta tierra; cultivaron sus frutos e inspiraron a quienes los vieron crecer y trabajar. Abrazados a la bandera, solo pedían justicia. Defendían el agua, el aire, la libertad, señalaban la rapiña; creían en lo que nuestros caídos creyeron; protegían lo que Victoriano, Ascanio y todos los patriotas defendieron con su vida, aquella vez.

Hoy se suman a los mártires cuya sangre palpita en nuestra historia.  Y vivirán por siempre, allí, como faros, como estrellas de nuestra bandera — sumida hoy en la oscuridad—; vivirán y renacerán cada día mientras recuperamos los sueños, mientras nos hacemos merecedores de su sangre derramada por las calles, en el nombre de nuestros hijos y de Panamá.

 

 

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