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Aprender a ganar para que todos ganen

Por: Pedro Rivera

La mentira es la verdad de nuestro tiempo, tratar de apearla del caballo en el que cabalga libre como el viento no es tan fácil como pudo ser —y cuidado que nunca lo ha sido ni lo será— en tiempos por venir.

En el ámbito ficcional de la cultura, producto de la inventiva humana, toda verdad es relativa y, en cierto sentido, transitoria. Sin embargo, esas convenciones conceptuales creadas para garantizar espacios de convivencia, para articular la funcionalidad social es, precisamente, loque nos humaniza.

Mi opinión es que, en el escenario geopolítico y doméstico actual [que no pueden desligarse del otro] hay que cambiar el modelo de pacto social, el estilo de comunicarse y modernizar los conceptos, sacar de circulación las consignas desgastadas.

Es necesario y urgente la narrativa porque la humanidad, y particularmente los panameños, ya no son, no somos, ni seremos los mismos que éramos décadas atrás. Y no debemos seguir siéndolo.

Los involucrados en este duro “negocio” de cambiar el mundo, de ir en pos de un mundo mejor que al hasta ahora creado, tienen que aprender y enseñar. Es un deber. El futuro lo amerita.

Aprovechar todas tribunas a las que se tengan acceso para hacer docencia. Aquello de que “otro mundo mejor es posible” debe ser aclarado en el sentido de que se trata de una responsabilidad compartida, no solo de los que andamos por esas calles de Dios bandereando consignas y arrojando piedras, sino de todos los seres humanos. Y los luchadores sociales deben aprender y enseñar cómo hacerlo.

En el reacomodo de las nuevas realidades la búsqueda de consensos es una de las formas más recomendables —aunque sean transitorios, como todo en la vida— para alcanzar niveles justicia al menor costo posible, tanto en escenarios mundiales como regionales y locales.

Evitar que la sangre llegue al río es mucho mejor que nadar en ríos de sangre, siempre y cuando sea posible. No siempre se puede, pero siempre vale la pena intentarlo, sobre todo si se tiene clara la película y las posibilidades de ensayar otras vías con relativo éxito, como ya está ocurriendo en todos los continentes.

Pelear es lo más fácil. Ganar es lo difícil. Y para ganar desde el punto de vista de la humana verdad, tienen que ganar todos, incluyendo a los que pierden.

En el Panamá postpandemia la clase trabajadora, marginados y excluidos organizados, lograron abrir un espacios políticos en el fin de conquistar objetivos reivindicativos y políticos importantes. Es un deber cumplido y debe continuar.
Pero hay algo de lo que estoy convencido después de vivir un poco de años y, por esa razón, percibir la dinámica de la historia: la imagen de los dirigentes políticos se configura según evolucionan los contextos.
Confieso que pasó mucho tiempo para que entendiera el sentido de la frase “el estilo es el hombre”, de Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, escrita para la eternidad. ¿Y qué significa? Significa que se es lo que se es, fotografía de sí mismo, imagen psicológica y fenotípica en una única identidad personal. No depende de la voluntad, ni del íntimo deseo de la persona, ni de la idea que ella tenga de sí misma sino de cómo se proyecta.

En nuestro tiempo es mucho más eficaz demostrar al mundo que se defiende una causa justa por amor a los favorecidos, no por odio al adversario. Argumentar, no insultar, ni ofender al buen tuntún. A veces una sonrisa tiene más valor que un rugido. Generalmente los rugidos provocan estampidas.

Lo que quiero decir es que si bien forma y contenido son inseparables —porque no se puede ser lo que no se es— nunca está de más hacer un esfuerzo por proyectar una imagen sobria e inteligente en la sociedad, ni está de más esbozar de vez en cuando una sonrisa.

Cuando el escenario en el que se interactúa no amerita discursos de barricada, un gesto amable, una sonrisa, un “buenos días”, un apretón de manos, podrían debilitar el pregono de adversarios que bregan con el sistema a su favor: valores, prejuicios, bases ideológicas adecentadas en la conciencia de la mayoría de la población, incluyendo a las poderosas e influyentes capas medias, condiciones a las que habría que sumar las leyes y los aparatos represivos.

En el caso de Panamá, también, sobre todo de Panamá, el entorno geopolítico y el paraguas del Pentágono deben ser tomados en cuenta, no para temerlos sino para incorpóralos como factor que influye en la psique construida por el sistema. No se trata de mover la cola y bajar la cabeza sino de examinar este factor para erguirla con propiedad y sabiduría.

Las descalificaciones nunca están de más, serán siempre insoslayables y necesarias, pero mucho mejor es si se las acompaña de propuestas concretas y viables, viables, aprovechando el contexto y las fisuras del sistema.

Debemos recordar que eso de tumbar gobiernos y cambiar sistemas estructurados deviene como un proceso de acumulación, uno de cuyos mandamientos—previos— es hacer camino, les decir, llegar hasta donde se pueda llegar, estar preparado para dar dos pasos atrás y uno adelante, ojo al Cristo para no caer en la tentación de arrojarse de cabeza y sin paracaídas, a la manera de ¡buen salto!, con la maleta repleta de sueños imposibles.

No debemos olvidar que la lucha social la libran los pueblos en los acantilados de la historia azotados por los vientos ideológicos de las hegemonías unipolares y domésticas al son del villancico de las cuchufletas y los misiles supersónicos.

En este tiempo, como consecuencia del nivel de escolaridad y condicionantes cognitivos-manipulados, en un ámbito dominado por el mercado, por la sociedad de consumo, por tas tarjetas de crédito, por la idea subconsciente de “qué bueno era este país cuando estaban los gringos”, de la mente asustadiza de las capas medias y proletarias aburguesadas, con mentalidad de clientela, imbuidas de la idea de que el sistema les permitiría no sólo salir de la pobreza sino de hacerse ricos.

Será un desperdicio en toda fase de negociación, como las que se vislumbran en la coyuntura, no aprovecharla para crear empatías, ampliar la participación de otras organizaciones y ganar influencia en sectores que comparten idénticas aspiraciones, o podrían ser inducidos a tener objetivos comunes, que los hay de sobra, tanto en mesas de consensos como en otros ámbitos de la sociedad.

La consigna “un pueblo unido jamás será vencido” será un fraude si solo convoca a un minúsculo grupo de la sociedad. La unidad de un solo sector no es unidad sino sectarismo porque, no todos los que tienen intereses comunes piensan igual.

Si se tuviesen compromiso en realidad de verdad con la verdad, sin segundas agendas, sobre todo las personales sublimizadas, las organizaciones revolucionarias, llamadas a introducir cambios estructurales en la sociedad, más que competir y liderar, más que luchar por el “quien manda aquí”, tendrían que buscar la manera de crear alianzas frentistas sinceras, de amplio espectro, irisadas, consecuentes, no unicoloreadas.

Mi deseo más ferviente es que no se produzca el desmantelamiento de las conquistas alcanzadas, o por alcanzar, ejecutando actos imprudentes, triunfalistas, derrotistas, desesperados o sectarios. La lucha continúa. PRO

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