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RENUNCIAS E INTERESES NACIONALES:  JUAN ANTONIO TACK.|


Por: Julio Yao

Un miembro del equipo negociador designado por el Gobierno del presidente Laurentino Cortizo para negociar supuestamente con la empresa First Quantum Minerals (FQM), devenidos luego en “asesores” — Marcel Salamín Cárdenas — ha renunciado al cargo.   Un columnista no habitual, Augusto Wilson, pública (24/8/21) duras consideraciones sobre Salamín que solamente alguien compenetrado con los trabajos realizados entre FQM y el gobierno puede conocer.

Conspiraciones aparte, consideremos el valor y significado de una renuncia cuando están involucrados principios e intereses nacionales.

Una renuncia tiene repercusión o no según las motivaciones y la credibilidad del renunciante.    A veces se renuncia por razones distintas a las que se aduce.  En ocasiones, se renuncia para conseguir un objetivo específico, casi siempre desconocido.

El canciller Juan Antonio Tack (1971-76) me confió algunos secretos en ese sentido.  El más importante canciller de la historia republicana amenazó con renunciar varias veces para conseguir apoyo a su rol como jefe negociador con EUA.

La primera vez fue cuando lo maltrataron y requisaron, siendo canciller, en la Aduana del Aeropuerto de Nueva York:  en legítima represalia, Tack expulsó a la DEA y a los Cuerpos de Paz de Panamá, una medida nada normal ni fácil en la región en esa época.

En una segunda ocasión, el canciller Tack amenazó con renunciar para que el gobierno lo apoyara en la apertura de relaciones con Cuba para romper el bloqueo a la Isla, un objetivo que no era bien visto ni en la Guardia Nacional ni en la presidencia de la República (Demetrio B. Lakas) y que, como tantas otras hazañas del canciller, se la atribuyeron a Omar Torrijos.

En una tercera instancia, el canciller Tack amenazó con renunciar si no lo apoyaban en la eliminación de la base militar de EUA en Río Hato, tema que ocasionaba alergia y escozor en la presidencia de Demetrio B. Lakas y en círculos de la Guardia Nacional.  También lo consiguió.

En una cuarta y memorable ocasión, el canciller Tack me llamó a su despacho.  La oficina mía ocupaba todo el Salón Ricardo J. Alfaro, conocido como el “Salón Amarillo”, contigua al suyo (en La Exposición).

“¿Sabes de dónde vengo?”  No, le contesté.  “Vengo de la presidencia de la República.  ¡El presidente Lakas me pidió que te sacará de la cancillería!”    ¿Así, sin más ni más?  ¿Y qué le respondiste?  Contestó:  “Le dije que primero tienen que pasar por encima de mi cadáver!” 

Recordé haberle dicho en agosto de 1972 que yo ingresaba como su asesor bajo dos condiciones:  que no apoyaría políticamente al gobierno (que me había encarcelado y amenazado de muerte) y que, si mi presencia fuera inconveniente o un estorbo para su labor en la cancillería, yo estaba dispuesto a renunciar.    

La respuesta osada del canciller Tack al presidente significaba más que amenazar con renunciar:  era una confesión de la alta estima en que el canciller tenía mi labor como su asesor.  En pocas palabras, el canciller “se la rifó” al retar al presidente.  Le dijo que fue Omar Torrijos quien me había invitado para orientar las negociaciones con Estados Unidos, y que solo el Gral. Torrijos podía destituirme. 

Posteriormente, un amigo común de su entorno privado me confió que, rodeado de sus amistades, Tack manifestó:  “Julio Yao es la persona más valiosa que tengo en el ministerio de Relaciones Exteriores.  ¡Vale más que todos los demás juntos!”.

Aquel reconocimiento me dejó con preocupaciones, pues a la sazón estaban  en el equipo Jorge Illueca, Aquilino Boyd, Diógenes de la Rosa, Carlos López  Guevara, Omar  Jaén Suárez y otras personalidades destacadas, pero las palabras del canciller comprometían mi lealtad.

El canciller Tack era el ministro clave y el más imprescindible para Torrijos, y por eso lo mantuvo.  Muchos logros de Torrijos fueron de su canciller, igual que muchos logros del canciller eran anónimamente nuestros. Tack era el asesor y maestro para Omar, como yo era asesor del canciller.   Omar confiaba ciegamente en su canciller.  Decía que cualquier acuerdo que firmará Tack con Estados Unidos, el pueblo lo aprobaría, y era cierto.

Cuando renuncié como Asesor del canciller Tack, que poco antes había sido defenestrado por una conspiración palaciega con el beneplácito de la embajada norteamericana – a pesar de haber encabezado Tack la jornada más brillante en la historia de Panamá — yo no amenacé con renunciar:  renuncié irrevocablemente (y me quedé sin trabajo) porque me era imposible apoyar el llamado Tratado de Neutralidad (TN), para el cual jamás se me había consultado.

Después de todo, el Tratado del Canal estuvo basado en la Declaración Tack-Kissinger de 1974, la cual redacté y reelaboré a petición del canciller Tack y del Gral.Torrijos, pero el TN no tenía cabida en la Declaración Conjunta.  Sin embargo, Torrijos no aceptó mi renuncia y envió a tres emisarios y emisarias del más alto nivel que estaban muy cerca de mi corazón y también del corazón de Omar, para hacerme desistir.  Todo fue en vano, no obstante tentadores ofrecimientos.

Sospeché intuitivamente que el TN era el preludio del fin del Torrijismo, tal como ocurrió.  Tres años después lo asesinaron o, como dice mi amigo Zoilo Martínez de la Vega, “lo fueron”, razón por la cual rechacé ser miembro fundador del PRD en 1979.

Mi renuncia estaba basada en la firme convicción de que el TN le haría más daño que bien a la nación panameña, y así ha sido.  Los cínicos que han tratado de apropiarse de la historia y de las negociaciones del canciller Tack consideran poca cosa que EUA intervenga unilateralmente en Panamá cuando lo estime necesario sin nuestro consentimiento (Enmienda DeConcini), porque – decían – que EUA  interviene sí o sí, ¡aunque nosotros no queramos!  

Recuerdo que el ex rector de la Universidad, Dr. Rómulo Escobar Bethancourt, entonces asesor post-Tack de Torrijos, retaba a los críticos de los convenios: “que agarren sus mochilas y fueran a combatir a los soldados norteamericanos!”.  Bravuconadas mal vistas en un rector universitario.

Espero que la renuncia del Dr. Marcel Salamín sea en bien de nuestros intereses nacionales, como nos enseñó el canciller Tack, y no para perseguir intereses  personales.

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