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LA VIDA ES SOLO UN SUEÑO.|

 

Por:  José R. Acevedo C.

Escribió William Shakespeare, su reconocido monólogo de Hamlet donde reflexionó sobre la vida, exponiendo así:

“Ser o no ser, he aquí la cuestión. ¿Qué es más elevado para el espíritu, sufrir los golpes y dardos de la insultante fortuna o tomar armas contra el piélago de calamidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas? Morir….dormir, no más¡ Y pensar que con un sueño damos fin al pesar del corazón y a los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne! ¿He aquí un término devotamente apetecible!¡Morir…..dormir, tal vez soñar!¡Sí, ahí está el obstáculo! Pues es forzoso que nos detenga el considerar que sueños pueden sobrevivir en este sueño de la muerte, cuando nos hallamos liberado del torbellino de la vida. ¡Esta es la reflexión que da tan larga vida al infortunio! ¿Quién soportaría los ultrajes y desdenes del mundo, los agravios del opresor, las afrenta del soberbio, los tormentos del amor desairado, la tardanza de la ley, las insolencias del poder y los desdenes que el paciente mérito recibe del hombre indigno; Cuando uno mismo podría procurar su reposo con un simple estilete?

¡Quién querría llevar tales cargas, Gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, Si No fuera por; Temor a algo tras la muerte, la ignorada región de cuyos confines ningún viajero retorna.

Temor que desconcierta nuestra voluntad y nos hace soportar los males que nos afligen antes de lanzarnos a otros que desconocemos? Así la conciencia nos vuelve cobardes a todos…”

Pedro Calderón de la Barca, en su famoso poema La Vida es Sueño, coincide con el reconocido dramaturgo inglés, cuando dice:

¿Qué es la vida?

Un frenesí

¿Qué es la vida?

Una ilusión

Una sombra, una ficción

Y el mayor bien es pequeño

Que toda la vida es sueño

Y los sueños, sueños son.

Estas reflexiones sobre la vida en lo personal no me causan angustia, ni temor a la eternidad. Seguramente a quién está atado a dogmas y mandatos éticos religiosos, que le impiden ser un existencialista, al menos moderado, la vida es una constante rendición a la libertad o ausencia de libertad. Deja de ser un hombre libre, porque pesa sobre su pensamiento una sanción moral a su alma, de la cual solamente un mortal ha dado fe. Le pesa más el temor al llamado infierno, durante todo ese sueño de la vida y contiene sus actos, muchas veces en hipocresía o mediante un fundamentalismo religioso destructivo y esclavizante. Acaso durante el ligero sueño de la vida, no es mejor ser justo en ella, siendo imperfecto, actuando en libertad. Dejar aflorar el amor en su dimensión más humana y hermosa. Acaso no es más humano el beso amado, aun cuando se rompa un mandato ético religioso, que morir sediento de el, por temor al castigo del alma.

En la ligereza de la vida, la cobardía por miedo a un castigo del alma, solo ha de tener sentido si el alma es capaz de sufrir y padecer dolor. Un Dios que sea cruel, simplemente no se entiende, ni debe existir. Aquél que solo hace sufrir al hombre, si bien bajo el parámetro entendible que este es su creación, y no se aflija ante su sufrimiento, no puede pedirle a su creación siendo esta inferior a él, que no haga sufrir a otro. Un Dios ausente de moral, no lo es, es simplemente humano.

El sueño de la vida tiene una finalidad insuperable, no es otra que poder llegar a amar y ser amado, en toda la extensión de los términos. Quién no ama a su congénere, es soberbio, inhumano.

No debemos temer al castigo de la eternidad, que nos hace cobardes, temamos a la vida efímera. Temamos al hecho de no amar a otro, pues este sí que es un propósito de la vida.

Somos imperfectos sin duda. No nacimos cobardes, no los enseñaron. No somos dioses, solo humanos. Cuántas vidas han sido arrebatadas en nombre de un Dios, e incluso propiciadas por quienes se han ungido o lo fueron, como sus legatarios de la fe. Acaso no es este el mayor de los males que un hombre puede causarle a otro. Acaso alguien puede afirmar que esas almas efectivamente fueron castigadas en la eternidad o perdonadas, porque actuaron en nombre de la fe.

La vida ha de ser la libertad misma, sin ataduras. Dentro de una sociedad las reglas éticas y jurídicas han de respetarse, en el fin de la armonía y de la convivencia. Sin duda el hombre necesita reglas que frenen sus malsanos instintos, pero ha de tomar decisiones y aceptar las consecuencias, en libertad.

 

 

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