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La rana y el escorpión |

 

Por: Pedro Luis Prados S.

A inicios del siglo pasado el investigador Gregor Mendel divulgó sus estudios sobre genética y puso al descubierto los mecanismos que permiten la transmisión de rasgos hereditarios físicos de una generación a otra. La transmisión programática de color de la piel, contextura física, detalles fisonómicos y rasgos étnicos fue comprendida y benefició la producción agropecuaria en todo el mundo, aunque algunos enfermos quisieron llevarla al extremo aplicándola a los seres humanos. Décadas después Karl Gustav Jung, un psicoanalista suizo, elaboró una compleja teoría sobre la formación de tendencias inconscientes colectivas, producto de la interiorización de costumbres y de la persistencia de rasgos hereditarios en algunas sociedades. Tal vez, con un poco de esfuerzo los aportes de ambos científicos nos permitan comprender la persistencia en la memoria de esas tendencias de desprendimiento, generosidad y subordinación que muestran los panameños cuando se trata de negociar sobre los bienes del Estado.

Cuando los dirigentes decidieron declarar la independencia de 1821, de la cual se conmemora gloriosamente el bicentenario, no lo hicieron con el afán de seguir los pasos de la heroica gesta bolivariana. Su principal motivación fue el recrudecimiento de las prohibiciones del comercio con las Antillas Inglesas, que el gobernador Juan de la Cruz Murgeón había aplicado para impedir el lucrativo contrabando a través del río Indio. La inmediata anexión a la Nueva Granada en la creencia que sería la garantía política y militar para la aplicación de las nuevas ideas del Liberalismo Económico Inglés, sin saber que el Libertador estaba en total desacuerdo y que lo llevó a la confrontación con Francisco de Paula Santander, sería este el primer revés sufrido por los patricios comerciantes de 1821. La respuesta fue proponer, cinco años después, la creación de un Estado Hanseático bajo la protección de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, los Países Bajos y Alemania. El ideario libertario quedó desgarrado por la cruda realidad de los resabios genéticos.

La Separación de 1903, promovida por la Guerra de los Mil Días, el lamentable abandono del Estado del Istmo, la lejanía del poder central bogotano negligente y elitista y el rechazo del Tratado Herrán-Hay, eran causas de desaliento y de desesperación entre los panameños y en especial de los comerciantes que durante el siglo XIX había concentrado sus intereses en el comercio transístmico y la renta del suelo, actividades abatidas por los años de guerra. Si bien la negociación de un nuevo tratado era una necesidad, la separación del Istmo era una aventura a la cual muchos no se querían sumar, a pesar de las ilusorias inversiones y dádivas que los Estados Unidos estarían dispuestos a dispensar como resultado del proyecto.

Consumado el acto separatista de 1903, sin la participación y  casi con el desconocimiento del pueblo llano, se aprestó a la negociación del nuevo tratado con los personajes y resultados por todos conocidos. La precipitada aprobación del tratado Hay-Bunau Varilla por la Asamblea del Gobierno Provisional el 18 de noviembre de 1903, casi sin haberlo leído ( hay que destacar que los 8 diputados liberales se salieron del recinto), fue un desmedido acto de desprendimiento y generosidad que tal vez no hubiera realizado ningún nación del mundo y ante la cual el propio Secretario de Estado norteamericano quedó sorprendido. Independientes y sin saber que hacer con el paquete algunos “patricios” de la época abogaron por la vuelta a la soberanía colombiana, otros por convertirnos en colonia norteamericana —criterio que los propios norteamericanos no compartían, pues su objetivo ya había sido logrado— y algunos defendieron la independencia, pues el curso de los acontecimientos no daba mayores opciones.

En ambos hechos independentistas no hubo la heroicidad y feroz lucha que lamentó años después Eusebio A. Morales. Bastó el soborno de las tropas y el convencimiento de los oficiales para que los escenarios fueron pacificados; en el segundo caso con el despliegue de la flota norteamericana en ambos océanos. De manera que con esos eventos indoloros y casi gratuitos los panameños fueron herederos de una tierra abonada para reproducir las semillas dejadas por las ferias de Portobelo.

Por eso nos llama la atención las voces de lamento por los contratos con Panamá Ports; las maquinaciones secretas de los contratos mineros; los incentivos fiscales, laborales y de subsidios a las empresas extranjeras; las compensaciones de ganancias a las empresas eléctricas, de comunicación y telefonía; el festín pantagruélico de los bienes revertidos; la generosidad servil en la concesión de tierras para uso minero; la sobreexplotación de los recursos marinos y de la flora. Todo eso debemos esperarlo, y tal vez un poco más. Los rasgos genéticos pueden permanecer recesivos en algunas generaciones, pero afloran con intensidad y a veces más acendrados que los originales. Todo parece indicar que la generación que hoy ha tomado las riendas del gobierno tienen más alelos de ADN que los acostumbrado de sus antepasados.

Hacer un recuento de lo que vamos cediendo entre uno y otro gobierno; de lo complaciente de algunos por simple servilismo, otras por coquetería y los más por ambición y proyectamos una línea en el tiempo, llegaríamos a la conclusión que estaríamos sin territorio, aguas, mares y cielos antes de que lleguemos a mitad de siglo. Es tan apresurada la venta y permuta de lo poco que tenemos, que nuestros hijos y nietos no podrán ir a una playa, usar una carretera o acceder a un espacio sin permiso de un guardia de seguridad o los consabidos letreros: “No pase, perro bravo”.

A diferencia de muchos de mis amigos y colegas, que esperan un futuro promisorio, un cambio de rumbo o una luz de esperanza mi actitud incrédula, firmemente sostenida por mis lecturas sobre psicología social, me lleva a pensar que no hay posibilidad de cambio, esas conductas han sido transmitidas y reforzadas de una generación a otra. El “juega vivo” insertado en los cromosomas aflora con regularidad en todos los estadios de la sociedad y está presente tanto en gobernantes como en gobernados. La fábula de la rana ayudando al escorpión a cruzar el charco debe ser relato icónico de lo que algunos llaman “lo  panameño”. Sencillamente está en nuestra naturaleza.

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