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La muerte no nos separa, porque nos une el amor eterno

Por Gonzalo Delgado Quintero

El Joven Álvaro Menéndez Franco en un encendido discurso en el parque de Santa Ana en el año 1950.

 

El sensible deceso de Don Álvaro Menéndez Franco, a todos nos duele. Pero sus recuerdos puntualizados en sus hechos revolucionarios, son el legado más hermoso que nos deja y que, por tanto, nunca se perderán y permanecerá en nuestros corazones, porque lo quisimos y seguiremos queriendo de verdad.

A las personas se les quiere por su forma de ser, don de gente y por sus aportes y Álvaro cumple esas cualidades extraordinarias. Estas dotes, al ser imborrables, anulan el óbito y perpetúan su presencia. Con la desaparición física de Álvaro Menéndez Franco, se produce esa rara circunstancia en la que se centuplica el enaltecimiento de su presencia intelectual y espiritual y se sella en el recuerdo colectivo, imponiendo que su presencia sea más veraz, tanto en las personas como en la propia historia, que inevitablemente es obligada a darle su espacio justo y su dimensión infinita.

La ida de Álvaro nos sumerge en un torrente de emociones inmediatas y es natural, es el misterio de la vida, así ocurre entre nosotros, los seres humanos, sobre todo, los que nos tocan cercanos o cuando un admirado, fallece. En ello se entrelazan el dolor, el recuerdo, la añoranza y el preciado recuerdo, ese que es el que ha de perdurar.

De una persona como Álvaro, el luto también trasciende el ámbito familiar, sus acciones recordadas vívidamente, abrazan nuestros corazones y nos obliga sin poder resistirlo, a adentrarnos también en la aflicción por esa sentida pérdida. Pero a la vez, su recuerdo se convierte en el remedio que nos cura la tristeza, ofreciendo consuelo y fortaleciendo nuestro andar por el camino de ese duelo.

Su legado a través de sus escritos, sus poesías, su andar azaroso y sus discursos vienen a ser una voz de esperanza, la roca sobre la que se edifica la obra perenne de la patria y la fortaleza que ha de sostener a la presente y futuras generaciones y aunque Don Álvaro partió, en efecto, ha de producirnos tristeza porque ciertamente se va alguien especial. Pero todo el ejemplo que deja, es una estela que envuelve el corazón de los patriotas que sigue palpitando con fuerza, porque él es el último patriarca del nacionalismo y el patriotismo puro.

Viva Álvaro Menéndez Franco para siempre…

El autor es periodista, analista y escritor

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