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Día del Diplomático en Rusia

Esta fiesta profesional que se instituyó en 2002 mediante un decreto presidencial destaca la vasta experiencia y largas tradiciones del servicio exterior Ruso.

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La sede central del Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia. MAE de Rusia

Hoy se celebra en la Federación de Rusia el Día del Funcionario Diplomático. Esta fiesta profesional que se instituyó en 2002 mediante un decreto presidencial destaca la vasta experiencia y largas tradiciones que acumuló el servicio exterior ruso a través de los siglos mientras defendía fielmente y firmemente los intereses de nuestra Nación en aras de su seguridad y prosperidad.

Las raíces de la fiesta se remontan al reinado del zar Iván IV el Terrible quien estableció el Posolsky Prikaz, o “Departamento de Embajadores”, la primera agencia de política exterior del recién formado Estado ruso centralizado. Así empezó el trayecto histórico del órgano supremo de la diplomacia rusa que posteriormente recibía varios nombres distintos, tales como “Colegio”, “Comisariado Popular” y actualmente el “Ministerio” de Asuntos Exteriores. Pero fuera cual fuera la denominación oficial de nuestra Cancillería, esta institución siempre se enfocaba en fomentar alianzas y amistades a nivel internacional con miras a protagonizar el desarrollo político, económico, tecnológico y cultural de la Patria, al igual que conjurar cualquier amenaza contra su independencia e integridad territorial.

En sus relaciones extranjeras, Rusia se ha guiado tradicionalmente por una serie de principios fundamentales del Derecho Internacional, incluidas la igualdad soberana de los Estados, la no intervención en sus asuntos internos y la libre determinación de los pueblos. Este compromiso lo manifestamos reiteradas veces en nuestra historia. Por ejemplo, en 1917, la joven República Soviética rusa fue la primera en llamar a las Naciones del planeta a que pusieran fin a la injusta y sangrienta Primera Guerra Mundial mediante el famoso “Decreto sobre la Paz” (rechazado en aquel entonces por los autoproclamados “países civilizados”: el Reino Unido, Francia y los EE.UU.). A principios de los años 1960, fue precisamente la Unión Soviética que insistió en la aprobación de la “Declaración sobre la Concesión de la Independencia a los Países y Pueblos Coloniales” de la Asamblea General de la ONU que por primera vez proclamó la necesidad de acabar con el colonialismo, así como cualquier tipo de segregación y discriminación. A través del respaldo inequívoco en las plataformas internacionales, programas de asistencia económica a gran escala y otorgamiento de becas de estudios, nuestro país hizo una contribución decisiva a las aspiraciones independentistas y anticoloniales legítimas de docenas de movimientos de liberación nacional en África, Asia y América Latina.

No es de extrañar, entonces, que Washington y sus aliados se oponen enérgicamente a cualquier Estado que no les deja aprovecharse de su soberanía y recursos nacionales. Las medidas que se aplican para sofocar a tales “disidentes” incluyen intentos de aislamiento en los organismos internacionales, sanciones económicas unilaterales y hasta guerras híbridas, tales como la ofensiva antirrusa que el Occidente desencadenó en Ucrania.

Cabe subrayar que Rusia siempre se ha pronunciado a favor de la solución pacífica y diplomática de este conflicto que empezó hace casi 9 años a través de un golpe de Estado anticonstitucional en la capital ucraniana de Kiev. La parte rusa insistía sistemáticamente en el estricto cumplimiento de las cláusulas de los Acuerdos de Minsk aprobados por el Consejo de Seguridad de la ONU para que se normalice la situación en la región rusoparlante de Donbás. Mientras tanto, el régimen de Ucrania no dudaba en violar aquellos documentos con el apoyo tácito de sus patrocinadores occidentales quienes confesaron que el objetivo real de los Acuerdos era ganar el tiempo para la preparación y modernización de las tropas ucranianas. Más adelante, a finales de 2021 Moscú propuso un proyecto de garantías jurídicas de seguridad en Europa que estipulaba la no expansión de las alianzas político-militares conforme al principio de seguridad indivisible estipulado en la Carta sobre la Seguridad Europea de 1999. Sin embargo, la OTAN y la UE rechazaron esta iniciativa.

Otra meta que pretenden lograr los EE.UU. y la UE en su guerra híbrida total contra nuestro país es girar la opinión pública internacional (sobre todo, en Asia, África y Latinoamérica) a favor del régimen ucraniano de Zelenski. Pero las provocaciones sucias y “noticias falsas” que fabrican los medios occidentales no tienen nada que ver con la realidad y, peor aún, revelan la profunda hipocresía de Washington y Bruselas en el contexto de los retos socioeconómicos urgentes que afrontan los países en desarrollo.

En particular, según lo comprueban las estadísticas oficiales del Banco Mundial, el FMI y la FAO, las crisis agroalimentaria y energética globales que el “Occidente colectivo” atribuye a la supuesta “invasión” rusa comenzaron mucho antes de la operación militar especial. El Presidente de Rusia, Vladímir Putin, en reiteradas ocasiones presentó los datos que demuestran cómo las decisiones miopes e insensatas de las élites norteamericanas y europeas, incluidas la promoción prematura de la energía verde y graves errores en la esfera agroindustrial, ralentizaron el dinamismo económico del planeta. Las citadas dificultades se exacerbaron por las sanciones y restricciones ilegales que los EE.UU. y sus fautores impusieron contra Rusia con el único fin de penalizar nuestras acciones legítimas en defensa de la soberanía nacional.

El cinismo del “Occidente colectivo” no tiene límites. Por ejemplo, los montos de ayuda económica que Washington otorga a los países de América Latina, sus vecinos más próximos, apenas alcanzan miles millones de dólares, mientras que para Ucrania ya se asignaron casi 70 mil millones de dólares en municiones y armamentos solo en 2022 y 2023. Al mismo tiempo, los EE.UU. y la UE imponen al mundo los requisitos muy estrictos relacionados con la democracia, los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y la transparencia fiscal, pero resulta que ellos mismos ni siguiera pueden cumplir sus propios requerimientos. Evidentemente, este enfoque de “doble rasero” suscita incomprensión y, en algunos casos, resistencia bien justificada por parte de muchos Estados soberanos.

Rusia ofrece a sus socios internacionales un proyecto marcadamente distinto. Estamos firmemente convencidos de que cada país tiene derecho a gozar plenamente de su soberanía, defender su seguridad y determinar su propia vía de desarrollo sin que ninguna otra potencia le imponga su voluntad. Por lo tanto, la diplomacia rusa siempre está abierta a fomentar interacción fructífera y mutuamente provechosa, así como consolidar los vínculos políticos, comerciales y culturales con todos los Estados que comparten nuestra visión de la multipolaridad. Junto con nuestros amigos de los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái, la ASEAN, la Unión Africana, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y muchos otros foros y conferencias internacionales estamos comprometidos con encontrar las soluciones fiables de los múltiples desafíos del siglo XXI en aras del bienestar y progreso de nuestros Pueblos. No cabe ninguna duda que juntos lo alcanzaremos.

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