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La serpiente que devora su cola.|

Por: Pedro Luis Prados S .

El Uróboro o serpiente que devora su cola es un símbolo iconográfico que en la  mitología griega representa el ciclo eterno de la cosas o el esfuerzo inútil que se repite; en el zoroastrismo de los antiguos persas expresa el eterno retorno en los ciclos del tiempo, pero entre los minoicos es el icono oscuro de la autodestrucción. En todos los casos, constituye una figuración de la vuelta al principio ya sea por la regeneración en las acepciones más positivas o la debacle en las creencias más pesimistas, pero en y otras tiene como trasfondo del mito la idea del colapso como el final de las contradicciones. Por una extraña asociación con la idea de autodestrucción dominante en algunas culturas antiguas, la imagen del Uróboro se me aparece en relación con nuestra Asamblea Legislativa por las actuaciones de sus miembros y no por esa malsana intención popular de endilgarle calificativos de reptiles, roedores o invertebrados que utilizan algunos medios.

Luego de asumir el mandato en julio de 2019 con toda la homogeneidad de criterios y fortaleza de equipo que significa tener una mayoría de 42 diputados, y con la capacidad de cooptar la fragmentada representación de los otros  partidos y una insignificante presencia de independiente, el partido gobernante se dio a la tarea de consolidar su poder controlando comisiones, negociando designaciones, estableciendo alianzas, exigiendo nombramientos, presupuestos y privilegios en contrapelo a la opinión pública, las recomendaciones del Ejecutivo y  del sentido común. Al igual que  en la película “El señor de las moscas”, basada en la novela de William Golding —en que un grupo de disciplinados niños de una escuela militar se convierten en una horda en un medio hostil sin norma ni autoridad— la carencia de directrices precisas debidamente programadas del Ejecutivo que revelen la autoridad en las decisiones, los diputados han iniciado sucesivas guerras tribales en que los lineamientos partidarios, criterios de probidad y la propia autoestima se desmorona en una guerra de todos contra todos.

Como si fueran pocas las respuestas ridículas en las entrevistas ante los medios, las absurdas reclamaciones por partidas y privilegios, la imposibilidad de explicar el uso de los fondos públicos, del nepotismo y rampante corrupción maquillada de cinismo, se desgastan en un afán de exculparse las acciones que de alguna forma pueda comprometerse individualmente o en grupos descargando acusaciones, denunciando compromisos, denigrando a sus colegas y acusándolo unos a otros. Este  fenómeno no puede atribuirse a un sector de la variada composición económico-social de sus miembros, es una conducta —creo la única repartida democráticamente sin distingos de sexo, riqueza acumulada o niveles de escolaridad—  que emerge como respuesta colectiva ante las denuncias ciudadanas.

Sin mascarillas ni caretas, despechugados y retadores salen a la palestra esgrimiendo argumentos simplistas como: «¡A mí que me importa!» o «¡la ley lo permite!» creyendo, como el avestruz, que eso acaba con la suma de todos sus males. En ocasiones, para diversión de muchos y vergüenza de pocos, las explicaciones ante la denuncia de casos de nepotismo, falta de transparencia en las planillas o contratación de personal inexistente o innecesario son tan estúpidas como lo es la propia presencia de algunas personas en esa Asamblea. Lo más interesante de la larga cadena de absurdos son los escenarios de patio limoso que se repiten todos los días en que se acusan, denuncian, increpan y agreden, sin importar sean de la misma bancada u opositora, sólo por el afán de figuración o la simple costumbre arrastrada de sus escenarios de procedencia.

Devorando su propia cola engullen modales, valores, autoestima, lealtad y ética profesional exponiendo a diario las debilidades del sistema y sin aportar algún lineamiento que contribuya a mejorar su imagen ante la sociedad o que por lo menos que sirva de ejemplo a la juventud. Desde los improperios con tiraderas de sillas y botellas hasta las acusaciones que denigran la personalidad y la familia, son discursos que deben resistir los micrófonos y ser transcritos para las actas históricas de la institución. Sin importar leyes precedentes, convenios internacionales o decisiones municipales cada cual hace, como señor feudal, lo que le da la gana con el clásico «en mi circuito mando yo», sin que arbitrio de las comisiones responsables ni limitaciones de la Corte Suprema.

Así las cosas, ya suenan y resuenan las maracas electoreras para  las próximas elecciones y muchos organizan combos y orquestas de profusa clientela para obtener la reelección o, como premio a largos periodos en el hemiciclo, dejar de herencia la curul a un vástago premonitorio para que continúe la luminosa carrera. País de los absurdos previsibles, tal como ocurrió en las pasadas elecciones con la campaña “No a la reelección”, los mecanismos para detener este festín carroñero de nunca acabar serán inútiles mientras los proponentes y beneficiarios del sistema salven sus derrotas con cocientes, medios cocientes y residuos; re elaboren leyes que permiten el blindaje antes sus trapacerías; se resuelvan nuevos privilegios y manipulen cualquier reforma electoral que pretenda moralizar el proceso.

Lo que nos toca a los ciudadanos que contribuimos con nuestros esfuerzos, también impuestos y trabajo, al sostenimiento de un Estado de Derecho y un Modelo Democrático de Representación, según reza la Constitución Política que los mismos Diputados irrespetan y mutilan cuando les llega la oportunidad, es esperar que la serpiente termine de engullir su cola y que una vez atragantada y asfixiada colapse para esperar la regeneración simbólica de un nuevo orden.

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