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La mesa única de diálogo murió

Abdiel Rodríguez Reyes

Doctor en filosofía

Ni al gobierno ni a los empresarios les interesa viabilizar ningún diálogo, al menos que estén sometidos a una gran presión y el oxígeno político les sea escaso.

En julio del presente año, soñamos con cambiar. Las multitudinarias manifestaciones a lo largo de todo el territorio paralizaron el país. En vista de la inevitabilidad de encarar a quienes legítimamente se manifestaban, se convocó a una mesa única de diálogo facilitada por la Iglesia Católica. Por un lado, estaban las alianzas populares y, por el otro, miembros del ejecutivo. Dada la presión en las calles, se tomaron algunas medidas, como congelar el precio del petróleo y regular la canasta básica. Si bien estas reivindicaciones no eran necesariamente revolucionarias, eran un triunfo para las alianzas populares, en vista de la indiferencia del gobierno.

En la primera fase de la mesa única de diálogo se estampó a cuerpo entero los intereses de las alianzas y del ejecutivo. Mientras los primeros abogaban por solucionar sus problemas concretos, los segundos dilataban el proceso. Estos últimos hicieron su trabajo, hasta darle tiempo a los empresarios para que se organizaran, quienes tan pronto vieron que las medidas tomadas por la mesa única de diálogo atentaban con la libre empresa según ellos, dijeron públicamente que no cumplirían con los acuerdos establecidos. Además, se impulsó una campaña de miedo, satanizando a los movimientos sociales y tirando por la borda la posibilidad de discutir los límites del modelo económico.

Los empresarios organizados según sus intereses lograron su cometido, la mesa única de diálogo murió. Cuando se trata de intereses, es evidente la alianza histórica de los gobiernos con los grupos de poder económicos y el tutelaje de estos sobre aquellos. No sé si fue un lapsus, pero en una ocasión de la mesa única de diálogo, un vocero del ejecutivo dijo estar en representación de los empresarios. No hay contradicciones entre los intereses del ejecutivo y los grupos de poder económicos.

En ese sentido, es válida la tesis de Marco Gandásegui h: “la concentración de un poder extremadamente celoso”. Este poder aplastará aquellos intentos que afecten sus intereses. También señaló que, de no darse “una redistribución más justa de la riqueza nacional”, será inevitable el derrumbamiento del estatus quo. No sabemos cuándo pasará y si las alianzas populares tengan la madurez para lograrlo, no tenemos una bola de cristal, pero de lo que sí tenemos certeza, es de la necesidad de estar preparados para cuando las contradicciones se tensen a tal punto de la inevitabilidad de los cambios.

 

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