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La invasión.|

Por: Gonzalo Delgado Quintero

Cuando observo la timidez; además del apocado y encogido accionar de mis dirigentes, que no actúan y que cuando lo hacen, incluso en nimiedades, son temerosos y blandengues, me asaltan muchas interrogantes. Una de ellas es sobre ¿qué pensaría hoy Omar Torrijos de lo que está sucediendo?; otra es si ¿son estos momentos más difíciles que el periodo de los años 70, cuando Panamá, bajo el liderazgo de Torrijos, logró arrebatarles la Zona y el Canal a los norteamericanos?. ¿Por qué entonces, tanta cobardía?

Hay otras preguntas que a lo mejor quedarán contestadas en sus mentes después del siguiente escrito resumido, nunca antes abordado por mí y que presento a continuación sobre el 20 de diciembre de 1989.

Solo segundos, ni siquiera medio minuto, transcurrieron desde que en Radio Nacional, Santiago Quiroz y Rafael Silva, anunciaran el implacable y despiadado bombardeo sobre el Cuartel Central de las Fuerzas de Defensa (FFDD), que de paso barrió con El Chorrillo, hasta que un enjambre de aviones de guerra estadounidenses surcara de manera rasante, el espacio aéreo en el punto donde nos encontrábamos, específicamente en los predios de la entonces Fuerza Aérea Panameña (FAP).

Estuvimos antes, durante media hora, en una fiesta navideña, allí, en el cuartel de la FAP. En ese momento Luis Chong Sing, militar táctico de inteligencia asignado al Batallón Rosa Elena Landecho, Amilkar Ortiz, Comandante de este Batallón y yo, le advertíamos al Teniente Armando Chirú la situación que estaba a punto de ocurrir. Él, sonriendo, nos atendió, pero con algo de displicencia, más bien, sugirió que lo que decíamos era una más, de las tantas acciones de guerra psicológica de los gringos… “viene el lobo, viene el lobo y no llega”, dijo y nos invitó, ofreciendo comidas y bebidas; aceptamos, pero le insistimos que esta vez la información que teníamos sobre una posible incursión de los norteamericanos era real. Luego nos despedimos de las personas que estaban en la festividad. Esa fue la última vez que hablamos con Chirú. Él y otro miembro de la FAP murieron ese día.

Ya en el vehículo, decidimos llevarnos a un compañero que estaba en una de las garitas de los bomberos ubicada a un costado del acceso que da a la pista de aterrizaje del viejo aeropuerto Belisario Porras. Seguíamos en sintonía de Radio Nacional, había llegado el momento álgido, las voces firmes de Quiroz y Silva declaraban la Cadena de la Resistencia Nacional. Sumados poco después Rubén Murgas, director de la emisora y Renán Aizpurúa, seguían describiendo la masacre recién iniciada.

A expensas de que en cualquier momento podían ser bombardeados y obviamente morir; sin embargo, con gran valentía llamaban a la defensa contra los invasores y bajo la consigna de que: “Esto no es la defensa de un régimen; sino la defensa de la dignidad nacional de Panamá”, conminaban la obligación constitucional de defender la patria tomando las armas. Ese fue un gesto patriótico de mucho arrojo, porque esas voces solo fueron acalladas con un rocquets (misil) disparado a las 6:00 de la tarde que quemó todo el piso 8 del edificio de la Contraloría General de la República de Panamá, donde estaba la emisora, destruyendo además, los compresores e inutilizando los elevadores que obligó a que un año después el Contralor Rubén Darío “Chinchorro” Carles siguiera laborando en el primer piso de dicho inmueble.

Los soldados norteamericanos se cebaron asesinando a civiles panameños que fueron enterrados en lugares de fosas comunes que aún faltan por descubrir, pues ellos tenían control de militar del país.

He de reiterar que solo fueron segundos los que mediaron entre el inicio del bombardeo en el Cuartel Central de las FD ubicado en El Chorrillo y la llegada de la aviación norteamericana a la FAP en Tocumen. En ese momento con nosotros estaba ya el Cabo Quintero. En el perímetro y ante el reiterado anuncio de la emisora, le indiqué al teniente Chong Sing que acelerara el vehículo para salir del área de la Fuerza Aérea que de antemano, se sabía que iba a ser blanco de guerra y por tanto, teatro de los acontecimientos. Pero de inmediato cayeron varios misiles disparados por dos apaches. Una de esas bombas casi nos pega, lo que nos obligó a salir del viejo Chevi celeste plateado que podía ser muy rápido, pero muy bajo para transitar cualquier terreno abrupto. Además, coincidimos desalojarlo porque estábamos en una la parte abierta, convertidos en blancos fáciles de los disparos. Ellos tenían visión nocturna.

En ese momento recordé que siendo apenas unos niños, nos íbamos al viejo aeropuerto a lavar carros. Para entonces el nuevo aeropuerto Internacional Omar Torrijos Herrera, no lo habían construido. En esos años en ocasiones, por travesuras de muchachos, en compañía de Jorge Abrego, el popular “Gito Peje” les hacíamos algunas de esas bromas a los soldados acuartelados en el destacamento de Los Pumas de Tocumen. Nos escapábamos, cruzábamos el aeropuerto y buscábamos cobertura, escondiéndonos en las zanjas de desagüe de la pista y después nos era fácil llegar a nuestros hogares en el poblado a la altura de la barriada Victoriano Lorenzo; Sabiendo, sin embargo, que quedaba pendiente la provocación y el disgusto de las unidades que después nos hacían pagar caro, cuando nos agarraban, incluso, éramos pelados al rape.

Sin saber y menos haber leído al filósofo Sun Tzu, escritor del Arte de la Guerra; pero con esa experiencia de niño lustros atrás, sobre el conocimiento de ese terreno, nos ayudó años después, al momento del ataque del ejército norteamericano. Estábamos a unos 200 metros de la pista, el zumbido de los aviones anunciaba su llegada a la FAP. Corríamos a mi voz, pero el Teniente Chong Sing se había quedado rezagado después de correr poco más de 100 metros. Como un chispazo recordé el lugar de escape de 20 años atrás. Con el Teniente nuevamente incorporado, los cuatro pudimos fijar nuestra cobertura. Y aunque previamente ya habíamos acordado un santo y seña, en ese momento de nerviosismo y mucha adrenalina, ya estando debajo de unos arbustos, les recordé que la palabra clave era “Chocolate”,  por una cinta de tela de ese color que todos nos habíamos colocado en el brazo horas antes en el Centro Gómez Gómez, donde hacían meses nos acuartelábamos. Esa noche asistieron 31 milicianos patriotas al llamado de la patria.

En ese momento ya no corrimos para escapar de Los Pumas, quienes ahora, eran nuestros aliados, sino para no morir por causa de las bombas y balas gringas. Nos cubríamos debajo de esos arbustos que resultaron de guandú, alguien los sembró y aunque era el tiempo propicio, no los habían cosechado; lo recuerdo porque en la tropelía de la carrera agarré un racimo que mantuve un breve instante en la mano, sintiendo asirme de algo.

En ese momento los aviones que pasaban, dejaban caer sus regalos navideños, una lluvia de paracaidistas ensombrecía aun más el cielo que de por sí estaba más oscuro que nunca; caían por todas partes, lanzados a muy baja altura. También entre tantos, venían unos paracaídas blancos, que después me enteré que eran una especie de señuelos de los cuales no colgaban personas sino otras cosas.  Amilkar Ortiz era reactivo, una persona de baja estatura, pero de un carácter muy volátil. Estaba ubicado a mi costado derecho, mientras que Chong Sing apenas si lo separa medio metro de mi posición ligeramente detrás. A pesar de la oscuridad, podíamos comunicarnos y saber dónde estábamos.

Después, poco hablamos de su reacción, no preciso porqué, pero Amilkar Ortiz Flores había observado algo y al instante tomó posición y comenzó a disparar hasta agotar el cargador. Inmediatamente después, recibimos respuesta enemiga, desde la parte norte de la pista, en el área donde los aviones dan vueltas en su llegada y/o para tomar vuelo. El volumen de fuego fue de tal magnitud que los arbustos del delicioso guandú eran movidos por las balas, creo que fregaron la posibilidad de una buena cosecha. Bajo el asedio enemigo les dije a los tres que debíamos salir de ese punto al instante, que ya nos habían localizado y por tanto, debíamos responder hacia el punto de donde nos estaban disparando y luego, entre arrastre bajo y agachados, correr hacia la canal del desagüe de la pista y salir definitivamente, tal y como en efecto lo hicimos, a la altura de un jardín de baile llamado El Maritzel, en el sector Sur de Tocumen cerca a El Pantanal.

El barrio de El Chorrillo sufrió las consecuencia de la invasión de Estados Unidos a Panamá. Foto/Archivo

La invasión del 20 de diciembre de 1989 llevada a cabo por Estados Unidos contra Panamá, conocida como Operación Causa Justa, decía tener el propósito de salvaguardar vidas de norteamericanos, defender la democracia y los derechos humanos de los panameños y detener al General Manuel Antonio Noriega por supuestos delitos de narcotráfico, por cierto una misma receta que aun siguen aplicando contra los demás gobernantes que se les opongan.

El presidente de Estados Unidos era George H. W. Bush, quien fue además, uno de los ideólogos de ese criminal acto de guerra culminado en ese año de 1989, contra Panamá. Esta invasión vino a ser el colofón de una serie de acciones bélicas, que bajo el esquema de conflictos de baja intensidad, se habían iniciado en 1987, después de que el General Manuel Antonio Noriega se negara a las pretensiones intervencionistas que presionaban para que Panamá se convirtiera en la plataforma de impulso contra el gobierno revolucionario de Nicaragua.

Todo había iniciado con el Presidente de EEUU, Ronald Wilson Reagan. Él había enviado a Oliver North y a Jhon Poindexter como recaderos para reunirse con el General Noriega, encuentro que se llevó a cabo en el sector de La Cresta de la ciudad capital de Panamá. Estos mismos señores bajo la administración de Reagan, entre 1985 y 1986 facilitaron la venta de armas a Irán a pesar del embargo armamentista que el propio EEUU le tenía a los persas. También financiaron con el dinero de las drogas del narcotráfico a los contrarrevolucionarios nicaragüenses creados y organizados por Estados Unidos con la pretensión de derrocar al gobierno sandinista surgido de la Revolución Sandinista, que a sangre y fuego había derrotado a la dictadura de Anastasio Somoza después de 40 años de lucha, ese histórico 19 de julio de 1979. Este suceso de ventas de armas a Irán y de narcotráfico de los gringos es conocido como el Escándalo Irán-Contra.

La invasión del ejército norteamericano solo era justificable en las escondidas pretensiones de Estados Unidos, tanto así que el 29 de diciembre, o sea,  nueve días después, la propia Asamblea General de las Naciones Unidas condenó esa intervención militar, endilgándola como una “flagrante violación del derecho internacional” contra Panamá.

El resultado de la invasión sumó un sinnúmero de desastres. Se destruyó el barrio de El Chorrillo y otros sectores de Panamá y Colón. Pero lo más abominable fue la pérdida no cuantificada aún después de 32 años, de vidas panameñas. Tanto así que hace pocos meses se ubicaron unas tumbas que han venido siendo exhumadas, como es el caso de Monte Esperanza.

Después de 32 años, quedan aún pendientes, muchos temas. Estados Unidos no ha cumplido con Panamá. No le ha dado la gana de resarcir los daños. Esquivan con argumentos pueriles el cumplimiento de esa responsabilidad, que fue respaldada a favor de Panamá por la ONU y otros organismos, pero se añade a toda esta catástrofe lo que ha venido sucediendo con las diferentes administraciones post-invasión.

Lo peor de todo esto es la forma traicionera, pero sobre todo la cobardía de los gobiernos que han venido sucediéndose desde entonces. Y es que todo absolutamente, lo solicita Estados Unidos, acá no solo lo hacen, sino que de manera genuflexa y otros de pecho, con el culo al aire le cumplen hasta las más descabelladas peticiones al coloso del norte y eso incluye a la dirigencia de mi partido, el PRD y a los gobiernos PRDs. No digo de los otros gobiernos y colectivos de otra facción porque la traición en ellos, es tácita y sobrentendida.

A mí por ejemplo, no se me ocurría siquiera pensar en quitarle el nombre al Complejo Hospitalario “Dr. Arnulfo Arias Madrid”, principal instalación de salud de la Caja de Seguro Social que paradójicamente recibe el nombre del líder panameñista por instrucción que diera Manuel Antonio Noriega.

Sin embargo, el PRD y los gobiernos respaldados por este colectivo, con una actitud cobarde, nunca se han pronunciado en contra de quienes sí, se han atrevido a quitar el nombre del General Omar Torrijos de algunas instalaciones. Un ejemplo es el espacio aeroportuario que ahora se llama Aeropuerto Internacional de Tocumen. Le quitaron el nombre que tenía: Aeropuerto Omar Torrijos Herrera.

Otro ejemplo es que, se debe exigir que se mencione, como debe ser y más si se trata de eventos oficiales, lo referente a los pactos canaleros de 1977. Son los Tratados Torrijos-Carter. Ni Carter – Torrijos, ni solo tratados del Canal para no mencionar el nombre de Omar Torrijos como lo obviaba Alberto Alemán Zubieta y después Jorge Quijano. Ni permitirle a un badulaque como Juan C. Varela, aunque haya sido Presidente, quien trató de invisibilizar a Torrijos, como si eso se pudiera hacer, solo reconociendo a Jimmy Carter toda la gestión negociadora que más bien se pudo lograr gracias al liderazgo de Torrijos, a las estrategias que con un gran equipo de promoción y negociación, supo llevar a cabo en el mundo entero y sobre todo, recibir el incondicional apoyo del movimiento de los Países No alineados.

Nuestra Bandera Nacional fue mancillada y también el honor y la dignidad nacional en lo más profundo. Desde entonces, por la cobardía de algunos seguimos sin salir de este marasmo que nos duele a los patriotas.

En fin, estos 32 años cumplidos desde la Invasión, en medio aun de la pandemia de la Covid-19, de la todavía crítica situación social y económica, de la rapacidad de algunos sectores que pretenden seguir lucrando por medio de esta crisis sanitaria; aún así, este pueblo se levanta, hombres y mujeres de valentía y orgullo nacional se elevan y reclaman voz en cuello, que se respete la dignidad del país.  Y lo hacen por todos esos panameños mancillados, heridos, desaparecidos y caídos el 20 de diciembre de 1989.

Al ver esta actitud politiquera y pusilánime, además de oportunista, medrosa y clientelista, no se me ocurre más que ofrecer un fragmento del poeta Gaspar Octavio Hernández: ¡Bandera de la patria! Sube…, sube hasta perderte en el azul… Y luego de flotar en la patria del querube; de flotar junto al velo de la nube, SI VES QUE EL HADO CIEGO EN LOS ISTMEÑOS PUSO COBARDÍA, desciende al Istmo convertida en fuego y extingue con febril desasosiego ¡a los que amaron tu esplendor un día!

El autor es periodista y escritor

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