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El velorio milenial (Cuento)

Por: Hermes Sucre Serrano

 

El mes de octubre tiene fama de llorón, de arrastrar chozas campestres sin permiso y de convertir al lodazal en parte del escenario ambiental.  Esa tarde, la negrura del temporal compartía yugo con un viento frío, que se metía en los codos de aquellos dos viajeros como un punzón de hielo.

Como si fuera poco, en medio de la borrasca, Berta, la mula gacha de Primitivo “Tivo” Carbajal, se retacó por miedo al estruendo de los rayos que perdían su luminosidad por los ramales de la sierra coclesana.

Tivo, famoso rezador, de esos ortodoxos, de la región, intentaba llegar a Membrillal, un pueblito estilo nacimiento navideño, para presidir el rosario por la salvación del alma de su compadre Isidro Quintanar, un vaquero de la ganadería de los González Prado, ricos hacendados de esas verdosas pampas criollas.

Carbajal iba acompañado de su hijo Regino, de 10 años, quien a pesar de su inocencia campirana cumplía bien su papel de sacristán idóneo en el protocolo de los velorios, una práctica muy arraigada y respetada en la tradición católica de las poblaciones del interior del país.

Aquel añejo artesano de las letanías estaba alejado del oficio espiritual, en parte porque a las nuevas generaciones les produce salpullido los novenarios y no entienden esos rituales póstumos para sacar a los pecadores del Purgatorio y llevarlos a la placidez de la atmósfera celestial.

Los rezos eran una oportunidad para el recogimiento y reencuentro de los parroquianos del pueblo, darle calistenia a la lengua bochinchosa, tomarse un seco con agua de pipa, hablar de enfermedades y de candidatos a la capilla ardiente; lo mismo que recordar los tiempos de ñaupa (del vocablo quechua “nawpa” que significa viejo o antiguo).

Durante la rezos, deudos e invitados brindaban con café, chocolate y galletas. No faltaban los alquimistas que casaban el tinto con ron Gorgona, una caña fermentada tan fuerte que con el segundo trago no sabías ni donde te quedaba la boca.  Los juegos de barajas, dominó, tablero, bingos eran costumbres sacrosantas.

Entre misterio y misterio del rosario, algunos parientes del difunto, particularmente las mujeres, soltaban su pena con llantos altisonantes y  estridentes letanías: “Ayy,  antes de morir, don Ñopo me pidió que le almidonara la camisilla y se la planchara…” Y otra plañidera hace eco: “Tan bueno Chilo… no se metía con nadie… me pidió que por nada lo llevaran a la iglesia de los cuadrados”.

Las rezadoras eran personas prestigiosas; llegaban en taxi o en el carro de algún beato querendón; se les recibía con abrazos; recibían un abanico chino y un termo de café para la vigilia. Se protegían del sereno nocturno con una chalina negra y portaban la pesada Biblia en una chácara.  Antes del rosario, degustaban bizcochos con chicha de maíz nacido.

Primitivo y su hijo se habían ofrecido de voluntarios para celebrar el devocional por don Isidro, en agradecimiento al bautizo del pequeño Gino, en el caserío de Caña Brava. El mayoral de los González Prado mató una vaca y hasta llevó al músico Negro Vicente, un acordeonista barrigón que sufría de vértigos cuando veía el vacío de la botella.

Tivo le parecía increíble que su compinche de ir a camaronear con chinchorros al río Paso Ancho, fuera a morir debajo de las llantas de un camión de Minera Granito de Oro.

Membrillal era como todos los pueblitos interioranos, en los que no falta una iglesia pequeña, fincas de frutales, una gruta con una virgen solitaria, una chancera a domicilio, el abarrote del chinito, un gazebo para darle palo a la vida ajena, una cantina alborotosa con los vallenatos del colombiano Diomedes Díaz y una discreta entradita forrada con cañaza y plantas de pie de niño.

El Tivo llegó a la hora panameña, medio atrasado para hacerse de rogar. La comadre Genarina reconoció los riesgos que tuvo que afrontar aquel bizarro  Harrison Ford en su búsqueda del alma perdida:  camino culebrero, tortuoso, lleno de curvas y precipicios a ambos lados.

Al fin llegó Tivo a su destino. Del cansancio, tenía la cara como un perro hush poppies. Extrañó el gélido recibimiento, sin el peculiar coro de salomas ni las “vivas” por la estelar visita de los rezadores.

El buen hombre arrugaba los ojos en búsqueda de un poste para amarrar la mula. Una hilera de carros japoneses de toda laya tapaba la entrada de la casa del difunto, mientras Beto Campos, representante de corregimiento del lugar, trataba, sudoroso, de aparcar su chiva Prado full extras.

Cuando llegó a la puerta de la casa fue abordado por chicas y chicos, con un celular entre los ojos, el cabello color zanahoria, ombligo a la intemperie, argolla en la nariz, estilo buey, un arete de tejido de mola y tatuajes hasta en el cielo de la boca. “Señor rezador, soy Jackie, la influencer de don Beto.”

¿Su hijo tiene beca universal, lo pongo y luego verificamos?”, increpaba un muchacho, extremadamente fino llamado Maicol, que lucía un corte medio tono con una cresta azul en el centro de la cabeza, a la usanza de los centuriones romanos.

“A usted, señor Tivo, ¿qué le damos?: bono solidario, bono digital y 100 dólares a los sesenta.  Oiga usted está como recién viejo, se ve que todavía le gusta el cogollo”, le comentó el coqueto anfitrión, parpadeando unas pestañas de tamaño y colores raros.

De una cortina, con flecos de falda hawaiana, surgió una doña con una licra verde caña, una blusa sin mangas que a duras penas recogía los pliegues de sus axilas, cola de caballo al estilo de Jennifer López, los brazos llenos de pulserones, aretes de media luna al estilo de Celia Cruz  y una taza en la mano que, según las lenguas malquerientes, contenía café  con vodka.

-¿No me conoce, soy la comadre Genarina? Ahora mis amigas del Club 4S (Solas, Solteras, Salseras y Santurronas) me llaman “Geri”.

-No la conocía, comadre. Vengo a iniciar los novenarios.

-Ayy se murió mi Isidro. No tiene idea de lo que estoy sufriendo.

-Doña Geri no llore tanto que se le va a correr el rímel y perder el gasto de la pintura.

-Sabe usted que Rogelio murió en mis brazos.

-Me imagino su angustia que hasta el nombre se le olvidó.

El diálogo fue interrumpido por una discusión que venía del patio trasero.

Dos labriegos, tostados por el sol y con ojos de pescado refrigerado, hacían apuestas de quien se bebía media botella de seco sin respirar.

Una tripleta de mujeres, sentadas en una jumbo banqueta, pintadas con macarrónicos cosméticos, que en la oscuridad se parecían al lienzo de Guernica, del insigne Picasso.  Las episódicas carcajadas eran tan fuertes que hasta la lámpara de araña perdió su par de lágrimas.

Chebo Bonilla, corregidor de Membrillal cabecera, hablaba pestes de los jueces de Paz., mientras que Antolín, el curandero, vendía una sambumbia de hierbas silvestres para una buena erección. A su lado, una chola relimada mostraba su abultado vientre para certificar la fertilidad del menjunje de su amado Eusebio.

Al fin se inició el atípico velorio. El primer acto fue un intercambio de memes en recuerdo del difunto: Un baile de disfraces en el lupanar del Mocambo, concurso de cocina “mondongo al corozo”, ponerle el rabo a la yegua, video de los tres cerditos rostizados en tres varitas, la “Criada veloz”, que consistía en alcanzar a la doméstica y darle un beso; Isidro nunca pudo darle un ósculo a Edulia, una chola de Cerro Morado que era un venado para huir de los viejos, pero un lenta como un caracol cuando le gustaba un muchacho.

Tivo y Regino estaban confundidos, mareados y hasta dudosos si habían llegado a un velorio o al mismísimo infierno. El era un hombre casto, serio como un coco en febrero, íntegro, amante de la paz y cumplidor de los 10 y hasta 11 mandamientos de la ley de Dios.

En medio de las letanías del “Ruega por nosotros”, Tivo se percató de que la sala de la casa de Isidro estaba muy diferente. Ya en la pared no colgaban los cuadros con los diplomas –desde kínder hasta bachillerato- de los hijos y nietos de la familia Quintanar.

Ya no estaba el retrato del abuelo Zósimo haciendo la primera comunión con un cirio en la mano, vestido de blanco, con corbata de gatito negra y una cara angelical que contrastaba con su posterior mal genio.

En la sala sobresalía un enorme cuadro en el que aparecían Beto Campos entregando los bonos solidarios, las bolsas de comida y unas gorras con la imagen de “Clementino: mecha corta y paciencia larga”.

Los presentes seguían el rosario con celular en mano. De vez en cuando había interrupciones: “China, grábame la novela”, “Dile a Yeyo que no se vaya”, “Gume, échale los huevos a la sopa tío Chang”, “Beto, el chino cerró, hay que buscar el seco onde Bartolo” “Llamó Tania Castañuelas”.

Después de dormir en una vieja bodega y de escuchar el reggae de unos 80 rapeadores, Tivo, saturado del herético vandalaje, agarro a Regino por un brazo y se fue del lugar.

Cuando llegó al palo de mango encontró la mula con cuatro bolsas de comida, dos a cada lado y una bandera con la leyenda: “Te reto a que votes por Beto”.

-Papá, Berta no va a poder con tanta carga.

-No sea pendejo, hijo. Ahora regresamos en bajada.

-Se puede cansar en la curva cerrada. Dejemos dos bolsas.

-Chiquillo mogo. En el camino le vendemos dos bosas a don Faustino, el que limpia los tanques sépticos.

-Regino, no olvides la fecha del bono digital y de la beca universal

-Chiquillo. ¿Qué carajo lloras ahora?

-Papa, no quiero que te chupes mi beca universal.

La mula rebuznó, como en son de protesta, pero fue callada con un pedazo de pan embarrado de raspado de atún.

Los tres emprendieron el regreso a casa. Los nubarrones negros comenzaban a reagruparse en la montaña y a lo lejos se veían la fugaz claridad de los relámpagos, semejantes a pequeñas luciérnagas.

Atrás quedaba la cadencia pegajosa de la bachata.

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