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Vivencias : la vida da lecciones.|


Por: Ramiro Guerra M. Abogado y Cientista Político.

Nunca me lo imaginé; allí estaba frente a un viejo de ascendencia antillana, que contrataba trabajadores para la laborar en el área del canal y en los barcos madre bolicheros. Días antes, una ejemplar señora humanista del chorrillo le había hablado de mí. Al igual que yo, había no menos, un centenar de muchachos con la misma expectativa de chamba. La lista se iba acortando; sin embargo no perdía la esperanza.

Cuando quedamos como diez, escucho el sobrenombre de taboga; nadie alzó la mano. El señor miró fijamente para donde yo estaba y me gritó en inglés, pass. Rápidamente comprendí que se estaba dirigiendo a mi; pass y pasar tienen un parecido. La señora que me había recomendado, de nombre Fina, por alguna razón le dijo que me llamaban Taboga. En cuestión de una hora, me encontraba en la cubierta de un barco grande atunero. En esa época pesaba como 120 libras.

Un viejo marino, me entregó unas botas de caucho y un traje anti frío. En un tono de capataz, me dijo, te toca bajar a la parte de abajo, un piso que asemejaba a una nevera grande. En el centro abierto donde fluirán unas inmensas tunas. La herramienta de trabajo, un gancho saca hielo. El trabajo, consistía en engancharlas y subirlas y depositarlas en una red, jalonada por una grúa , que la transportaba a otro barco atunero. Pude con el trabajo, a pesar que habían tunas de hasta un metro y algo mas. Estando en el barco, me recordaba de mami, mi abuela, sabía lo que hacía, cuando estaba en la secundaria, habló con beby Granado, para que me diera oportunidad de trabajo eventual. Tal fue mi suerte, que la primera vez, me mandó a estibar sacos de sal urea. Pudo más el orgullo y no lloré. ¡que trabajo duro¡ Fueron varias las veces que laboré en esos barcos atuneros.

En no pocas ocasiones, cruzamos el pacífico hacia el atlántico- colón. En una ocasión ,me incluyeron en una cuadrilla para limpiar unas bodegas de un barco que se había incendiado. Hacia abajo, era como un edificio de 20 pisos. Hoy lo cuento, casi pierdo la vida. Habíamos depositados la basura en una especie de cuadrado de metal que una grúa , desde el puerto , la subía para depositarla en unos camiones. Algo ocurrió, la soga que servía de enlace entre la grúa y el recipiente, a medio tramo se rompió. No me percaté. Gracias a un joven colonense, que me empujó , me salvé.

Parte de los dedos del pie quedaron maltrecho. Estuve varios días hospitalizado en el hospital el Samaritano . La Evergreen, corrió con todos los gastos. Hoy puedo contar a mis amigos y descendencia que algo de alma marino tengo; no al estilo y vivencia del gran escritor panameño, don Neco Endara.

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