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Después de todas las distracciones tenemos que encarar la reconstrucción del país.|


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

 

Tal es el destrozo a que ha sido sometida la institucionalidad en Panamá que; es imposible siquiera suponer que, con remiendos y zurcido, aún de los mejores sastres, se puede reparar lo que agoniza y moribundo está. Escrito está que: “Y nadie echa vino nuevo en odres viejos, porque entonces el vino romperá el odre, y se pierde el vino y también los odres; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos.” Marcos 2:22

En todas las constituciones que apelan al sistema democrático de gobierno, se reseña con meridiana claridad que el poder público emerge y surge del pueblo. Las constituciones contienen todas, la forma de modificarlas, empero está reservado para el poder constituyente, que es el pueblo, poder darse en el momento que estime conveniente, el diseño y la arquitectura constitucional que estime más eficaz para lograr los propósitos que como nación se proponga.

Tal como lo señalaba el constitucionalista francés, Ferdinand Lassalle en el siglo XIX, La constitución es la expresión de la correlación de fuerzas en un momento determinado y, pensaba además, que; “es necesaria la intervención del Estado a fin de proteger al débil del fuerte”

El padre del constitucionalismo moderno, Karl Loewenstein, señala que: «El carácter normativo de una constitución no debe ser tomado como un hecho dado y sobreentendido, sino que cada caso deberá ser confirmado por la práctica. Una constitución podrá ser jurídicamente válida, pero si la dinámica del proceso político no se adapta a sus normas, la constitución carece de realidad existencial.»

Es el caso que; la Constitución actual, no se corresponde con la realidad, en donde un pequeño grupo del poder económico se ha tomado el poder político y lo ejerce por intermedio de agentes a su servicio, entre ellos los actuales partidos políticos tradicionales que le sirven con denuedo, configurando una auténtica plutocracia que usurpó el lugar de la democracia que, debió ser.

En este caso, la Constitución futura, debe asimilar el deber de restablecer la primacía del poder del pueblo y del bienestar general por encima del poder de un minúsculo grupo que acumuló bienes en detrimento de los ciudadanos y por medio de la corrupción generalizada, envileció a toda la sociedad para, en esas circunstancias, poder asumir el control del Estado, pero con evidente ausencia de principios elementales de carácter moral, sin los cuales una sociedad no puede sobrevivir ni ser viable.

El pueblo, de donde surge la legitimidad del poder público, está ausente del proceso político en Panamá, y solo es convocado para que, en una apariencia de democracia, emita un voto cada 5 años, y luego, como si fuera un cheque en blanco, los agentes políticos, al servicio de la plutocracia se encargan de administrar al Estado que sirve diligentemente a los sectores poderosos. Las grandes mayorías, no obstante, ven con una profunda frustración, sus ilusiones de lograr la oportunidad de un desarrollo económico y social pleno.

Veo con profunda preocupación, cómo la Cámara de Comercio, y los partidos tradicionales, envueltos en una seductora al vilipendio, pero agonizante corrupción, se confabulan para que; haciendo gala de un soberano cinismo, quieren encubrir los mayores escándalos de corrupción que conozca nuestra historia, sin embargo le quieren adscribir un falso valor político y legitimidad a las reformas constitucionales, solo de su interés, a través de una constituyente paralela que el pueblo ha rechazado categóricamente, pero que ellos desean y la actual y desprestigiada Asamblea deberá ratificar, sin derecho a modificar ni una coma siquiera, escamoteando al pueblo el ejercicio de su poder para darse el vestido constitucional que desee a través de una constituyente originaria, que es el único medio eficaz para lograr las grandes y profundas reformas que requiere nuestro Estado para que pueda cumplir el propósito de las mayorías nacionales.

Hace muchos años, leí una obra del lingüista norteamericano Noam Chomsky, “El miedo a la democracia” y es precisamente la confabulación de las fuerzas retrógradas del país, las que le tienen pavor a que el pueblo se convoque y diseñe un plan de vuelo que nos lleve a navegar con rumbo cierto al inexorable destino que Dios diseñó para nuestra gente.

Por ahora, han contado con toda una suerte de pretextos distractores, como la pandemia, ahora la guerra en Europa, o cualquier otro que les parezca bien a su propósito, para escamotearle al país, ese derecho legítimo de darse su propio vestido para asistir a un destino de redención y de progreso para todos y no solo para unos cuantos.

¡Por un país decente y una patria para todos!

 

¡Así de sencilla es la cosa!

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