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Tal como somos …|

 

Por: Pedro Luis Prados S .

Cuando Moliere, el célebre dramaturgo francés del siglo XVII, estrenó su comedia “Tartufo” con la intención de caricaturizar a personajes de su época que, a pesar de estar investidos con togas cortesanas o hacer actos de fe pública, actuaban de manera contraria a su apariencia haciendo uso de la hipocresía. Con ello incorpora a la taxonomía de patologías, que ya el Teatro Griego había develado siglos atrás y es materia prima de las tipificaciones del Psicoanálisis y la Psicología, un comportamiento en extremo practicado en sociedades que padecen graves procesos de degradación. Esa actitud de que “no es malo mientras los demás no se enteren”, es el telón que encubre la doble moral que escinde al individuo en dos esferas de su personalidad: el ser-para-sí y el-ser-para-otros, conformando esos sujetos indecisos e inseguros que viven sometidos a una permanente incertidumbre.

La Moral de Tartufo, que en el fondo no es una doctrina moral, sino una costumbre vergonzosa de eludir responsabilidades, va desde la simple recomendación al niño del “hazlo, pero que nadie se dé cuenta” hasta el discurso comprometido de “en nuestro gobierno no habrá corrupción” a sabiendas que en el primero hay el ocultamiento de un hecho y en el segundo la magnificación de una mentira. En ambos casos y en toda la gran escala intermedia entre ambos, predomina la falta de autenticidad caracterizada por la hipocresía. La condición íntima del hipócrita es la pérdida de reafirmación del Yo para asumir por el encubrimiento o por la suplantación otra forma de presentarse ante los demás o, en los casos más refinados, de ocultar el verdadero motivo intencional al conocimiento público. Lo único que hay de verdadero es la suplantación de la realidad sustantiva por la representación. Metáfora del comportamiento es en términos generales un mecanismo de ocultamiento libremente asumido y conscientemente actuado que ofrece una imagen in auténtica del sujeto y que una vez descubierta termina en la racionalización o justificación razonada.

Es cierto que en muchas ocasiones reservamos sentimientos, apreciaciones, pensamientos u expresiones afectivas por el simple hecho de la necesidad de preservar la identidad del yo y la intimidad de la conciencia, pero ese mecanismo claramente defensivo es muy diferente cuando montamos un entramado para tratar de engañar a los demás o para encubrir una falta. En ese caso la identidad se escinde en aquellas cosas que a lo interno constituyen nuestro universo valorativo y aquello que queremos hacer creer a los demás. La simulación y la representación se posesionan del sujeto y produce una disgregación que se refleja en sus actos y principalmente en el lenguaje. Por eso es frecuente, y el abuso de la televisión lo pone de manifiesto en las figuras públicas, las disociaciones semánticas, el tartamudeo, el temblor de la voz, las contradicciones proposicionales, la incoherencia en el argumento y la falta de sustentación temática.

Generalmente esa moral de la representación descrita por Moliere no se queda en la simple imagen caricaturizada de un comportamiento, conlleva a un acto deliberadamente encaminado a resolver una situación, se convierte en una actuación que involucra todo un sustento lógico capaz de dar un entorno racionalmente válido que justifique la acción. De allí que ese ocultamiento sintetizado en la hipocresía va acompañado de argumentos creíbles, coherencia lógica, puntos de sustentación y ejemplos generalizadores que en el fondo solo tiene validez para quien los emite, se convierte en una racionalización en la cual la mentira tiene carácter de explicación cínica o pre delirio argumentativo. El emisor termina convenciéndose de su propia mentira y la interioriza para engañar a los demás. Se miente a si mismo en la creencia de que miente al otro. Por eso razón el público, en extremo sensible a estas actuaciones, las caricaturiza y lleva al escarnio como forma de neutralizar el mensaje.

De allí que Tartufo es el personaje icónico que parece estar detrás de las actuaciones de muchos funcionarios que ocultan con el cargo su participación en empresas de suministros; de diputados que organizan fundaciones para recibir beneficios adicionales; autoridades distritales y de corregimientos que monopolizan las bolsas de alimentos; autoridades ministeriales cuyas obras de solución quedan convertidas en pozas sépticas; políticas de austeridad y control en un desenfrenado aumento del gasto público. Pero de todo ese rosario de iniquidades digno de la “Historia universal de la infamia” que Borges nos dejó inconclusa, están las declaraciones de un alto funcionario, suyo sueldo nunca ganaría un catedrático universitario o un médico especialista al servicio del Estado, que absolvió la pregunta sí estaba bien o no que cobrará una “ayuda” del Estado con ese cuantioso salario: “Eso no está bien, concluyó, pero la ley lo permite”, con lo cual cerró de una vez por todas el debate entre la Ley y la Moral que le quemó las neuronas a tantos filósofos del Derecho.

Soy del criterio que para subsanar la carencia de monumentos en los espacios públicos, y se logren los caros objetivos de reforzar la identidad nacional —a pesar de que la grúa implacable derriba el pasado arquitectónico de muchos sitios históricos— se haga un concurso para que nuestros artistas propongan proyectos monumentales con la efigie de Tartufo para colocar en al Asamblea, La Corte Suprema, la Presidencia, alcaldías y parques y carreteras para que de una forma inmediata y visual rescatemos una figuración identitaria que nos represente tal como somos.

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