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Sin conciencia de su ignorancia.|

Por: Dr. José R. Acevedo C.

En este país contamos con un superávit de sabios o exceso de ellos. Los políticos y los profesionales suelen presentarse públicamente como seres sabios, sosteniendo tesis que requieren de un conocimiento científico y qué en cada caso, solo le es dable a los expertos.

Incapaces de tener conciencia de su propia ignorancia, actúan como mesías o profetas, doctos de la verdad, su verdad irrebatible e incuestionable.

En la historia de la humanidad, resaltan y se reconocen en sus tiempos, tres seres humanos cuyos conocimientos han trascendidos todos los tiempos. Confucio en China, Salomón rey de Israel y Sócrates en la Grecia Antigua.

Lo común entre estos tres sabios fue que jamás se jactaban de ello, al contrario, se manifestaban dentro de la más reconocida humildad como seres humanos, sin menospreciar las ideas de los demás, porque aun no siendo correctas, siempre en un argumento existe un punto a considerar dentro de lo aceptable.

Todo parece indicar que no han conocido a Sócrates y si lo leyeron, pasaron por alto deliberadamente sus enseñanzas, ya que su envidia y megalomanía es superior a todo atisbo mínimo de humildad.

En los diálogos de Platón, el más distinguido discípulo de Sócrates, él tiene una conversación con otro de los alumnos del maestro. Este personaje es Querofonte. Cuenta el diálogo que Querofonte fue hasta el oráculo de Delfos y le preguntó así:”¿Es Sócrates un hombre sabio? La pitia, la oráculo le contestó: ”No hay en Atenas, hombre más sabio y justo que Sócrates”.

Ante esta respuesta del oráculo, Querefonte se dirige ante Sócrates y le cuenta lo que la pitia le ha contestado. Sócrates como era de esperarse en él no se ufana ni engrandece. Concibió que el oráculo le estaba enviando un mensaje para que asumiera la búsqueda de la verdad de sí mismo. Entonces decide hablar con los hombres que se dicen ser sabios, preguntándoles sobre la justicia y la felicidad del hombre, entre otras cosas. Cuando habló con los políticos reparó que estos no entendían el verdadero significado de la política, que es mantenerse en el poder para hacer el bien común y mucho menos de la justicia; posteriormente le habló a los poetas, Esopo, Anacreonte, Aristófanes, entre otros, porque escriben tan profundo que, las palabras reflejan la imagen del alma y se encontró que estos, tampoco entendían ni sabían explicar el argumento de sus poemas y finalmente, se entrevistó con los artesanos, hombres expertos en cada una de sus artes y oficios, encontrando que aprendieron no por el desarrollo de la razón, sino por el empirismo o la práctica, la costumbre heredada de generación en generación.

Ante este panorama, Sócrates desarrolla su conciencia de ignorancia, pronunciando las palabras: ”Yo solo sé que nada sé”.

Tal conciencia de ignorancia casi no existe en nuestro país. Tenemos ejércitos de doctos, sabios en todos los temas, pero lamentablemente sin conciencia de su ignorancia.

Esta actitud la observamos a diario, en altos funcionarios justificando errores gubernamentales, pensando que le están hablando a un pueblo inculto, que no razona, más cuando se refieren a pagos atrasados a personal de la salud o en aquellos que salen en defensa de la gestión gubernamental o de la seguridad ciudadana, donde no aceptan errores y al no aceptarlos, los cuales justifican con argumentos políticos, no existe posibilidad de enmendarlos, al carecer del conocimiento de su propia ignorancia.

No hay nada más gratificante para el espíritu que aceptar nuestra propia ignorancia, y tal aceptación se transforma en un acicate, un aliento para buscar la verdadera sabiduría de las cosas y regresar sobre nuestros pasos cuando nos conducen en una dirección equivocada.

Sin conciencia de nuestra propia ignorancia somos seres incapaces de edificar ideas novedosas, aceptables y como expresaba Kant, que se transformen en una verdad universal. Todos somos seres limitados científica y culturalmente, por ende, es sabio no sentirse sabio, teniendo serias deficiencias intelectuales. Humildad ante todo y oídos atentos para saber escuchar y voluntad para enmendar errores, si nos hace sabios.

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