Analizar los problemas de carácter nacional divorciándose de los intereses personales o de grupos vinculantes a los que pertenecemos o con los que somos afines, no es fácil para no decir imposible. Tenemos la particular tendencia de ver las cosas, desde, según y de acuerdo a nuestras preferencias. La imparcialidad es un cliché que ha perdido originalidad. Somos, inclusive, poco veraces y auténticos sin que se carezca de fidelidad, en lo absoluto.
1. Los gobiernos se ganan, hasta con gabela, la medalla de oro en lo de sobreponer los intereses particulares por encima de los asuntos comunes. Bastaría repasar los programas de gobierno que se subastan en campaña, para luego confirmar que, estando en el uso, usufructo y abuso de la cosa pública, reflotan por doquier los intereses particulares y de sectores, y éstos son los que, finalmente, deciden el contenido y la orientación de las políticas de Estado asumiendo que esas acciones alcanzan la dignidad para merecer ese título.
A medida que transcurre el período constitucional, se ensanchan los caminos para el paso desembarazado de los intereses creados mientras se estrechan las vías para atender las legendarias exigencias populares.
En el caso actual, y sin tener que aludir al origen del ungido de Palacio, cuesta asimilar la fatalidad de su gestión.
2. La partidocracia vieja y nueva se dedican a intercambian figuritas luego de cada torneo electoral con el fin exclusivo de acomodar las reglas del Código Electoral a sus caprichos, y lo hacen a espalda a la estructura nacional con la vocería de grupos no partidistas para justificar una caricatura de participación ciudadana. Y no satisfechos con hacer sastrería a su medida con el Código, se aseguran el control del Tribunales Electoral, como frenéticos comilones, designando, en destiempo, a otro político como tercer Magistrado con tal desfachatez y poca sutileza que apenas nos alcanza tiempo para mordernos la lengua para que no se desaten los apelativos que se merecen.
En ese afán sólo buscan blindarse sus íntimos intereses egoístas.
3. Las organizaciones sociales, aludo a las de diferentes tipos y naturalezas, donde abundan héroes, militantes incorruptibles, proclamas, discursos y arengas infladas de ser en representación del pueblo, donde tampoco faltan los excesos de egos, tretas, dobleces, conspiraciones, figuraciones mediáticas, algunos en una carrera calculada para hacer lo contrario a lo que dicen creyendo que el mundo ignora sus pasos, mientras otros construyen Patria de ladrillo en ladrillo, silenciosos, honestos, arriesgados e incansables.
La desgracia del País lo es tanto por los gobiernos y la clase política de quienes sabemos lo que han hecho y hacen, como por la tragicomedia de las organizaciones populares que no terminan de organizarse y vertebrar un freno sólido y consistente para hacerle frente a los gobiernos y a sus beneficiarios finales: la clase política desgastada.
No importa si lo anterior zumba a metáfora o a demagogia ingenua. La ecuación es elemental: dejamos que nos sigan jodiendo el País o se lo arrebatamos ya porque para mañana es tarde.