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La puerta trasera de la verdad.|

“La comunicación en tiempos de crisis”


Por: Pedro Luis Prados S (In Memorian)

A lo largo de su historia el conocimiento se ha nutrido de dos fuentes de información con distintas esferas de acción y radicales defensores a pesar de compartir un origen común. Esa gran caja receptora que es la mente humana, capaz de procesar informaciones, generar ideas, y pensamientos complejos recibe miles de datos que suelen clasificarse en dos universos. Por un lado, aquellos susceptibles a ser procesados por la razón y sometidos a la verificación, los cuales consideramos verdaderos; y los que tienen originen en el campo afectivo y se revelan en la sensibilidad. La primera considerada la fuente del conocimiento científico y la segunda refugio de las emociones, cada una de ellas con una forma distinta de construcción del lenguaje y de transmisión de sus contenidos. En ese plano se confronta el debate teórico entre la verdad y la post verdad.

A pesar que muchos atribuyen al concepto post verdad una acuñación reciente, procedente del periodismo y de la informática ―Steve Tesich (1992), Ralph Keyes (2004), David Roberts (2010)― sus orígenes se remontan al mundo griego y a la distinción que hacía Platón entre doxa y episteme, concediendo a la primera el saber procedente de la opinión, por lo tanto precrítico y emotivo, y al segundo la cualidad de un saber reflexivo y racional. Veinticinco siglos han transcurrido con las sucesivas transformaciones en los paradigmas del conocimiento, en que la lógica y la verificación se erigieron como sustentos metodológicos de las ciencias y en que las exigencias por la verdad son más rigurosas; mientras que la metáfora y la alegoría tomaron asiento en el mundo de la creación y el arte. Esos siglos de revisión y de depuración del lenguaje lógico empeñado en la transmisión de la verdad objetiva y de enriquecimiento del lenguaje metafórico transmisor de emociones y de la conciencia subjetiva, hicieron posible la construcción del pensamiento.

Esa lucha entre doxa y episteme, entre opinión y verdad, fue el motivo de debate durante toda la modernidad y que ha permitido nuestra incursión en un mundo en donde el conocimiento procede de los principios de la ciencia, pero que en su momento costó persecución, hogueras, estigmas y muerte. Esa confrontación pasó del simple plano especulativo de la Filosofía a la persecución político-religiosa hasta que el orden racional de la modernidad puso tregua a la lucha luego de dejar muchas cenizas de las hogueras de la intransigencia.

Durante un largo periodo las ciencias fundadas en la experimentación o el discurso analítico se ocupaban de su verdad; al tiempo que la misión del lenguaje literario fue el devaneo de las emociones descargadas en la poética y otros géneros literarios.

El universo del saber fue segregado en dos grandes ramales excluyentes: Acá, la ciencia, el saber y la verdad y lo objetivo; allá, la literatura, las emociones, las opiniones y lo subjetivo. Lenguaje científico y lenguaje metafórico delimitaron sus feudos. En la frontera entre ambos, con asomos tímidos a un paisaje u otro, los medios de comunicación se ocupaban de lo suyo, de la información, entretenimiento y opinión.

El desarrollo industrial capitalista, el poblamiento de grandes centros urbanos, las redes de transporte y comunicación, el surgimiento de megacorporaciones y la geopolítica belicista dieron otro tratamiento a esa información manejada por los medios y la canalizaron para crear corrientes de opinión que permitieran inclinar las preferencias o tendencias de la población. Aparecen las “mass media” como producto de las grandes corporaciones de la información, aposentadas originalmente en los diarios y luego posesionadas en la radio y la televisión, logran que conflictos económicos, bélicos y políticos no se desarrollen únicamente en sus escenarios tradicionales, sino que se introducen en la mente de la ciudadanía distante de los campos de batalla. A la verdad de los hechos se le suma, no por vías de la metáfora literaria, sino por vías de la manipulación mediática, la verdad a la medida de las intenciones empresariales o gubernamentales, así la banalidad de las emociones prefabricadas termina por allanar los senderos de la razón.

La post verdad no es como la mentira, estructurada con el pleno conocimiento de que su premisa es falsa y es utilizada para engañar a los demás, aunque su emisor tiene conciencia clara de la falsedad de su argumento: tampoco es una racionalización, aquel discurso elaborado lógicamente y secuencialmente convincente sobre supuestos falsos pero creíbles, para justificar una acción y engañar a los demás, de tal manera que su emisor termina por convencerse de su autenticidad y interiorizarlo como una verdad, se miente a sí mismo para engañar a otros; tampoco entra en el campo de las reciprocidades falsas como la ironía, en el cual el emisor hace uso de un argumento que sabe es falso para transmitirlo a un receptor que igualmente sabe que es falso, creando un vínculo de complicidad con la finalidad de afectar a un tercero o en algunos casos al propio receptor; tampoco entra en el campo de la colusión en la cual varios sujetos se hacen partícipes de un argumento falso para crear una situación o generar un hecho encaminado a engañar a terceros por vías de un convencimiento de lo necesario.

La posverdad es: “una información o afirmación en que los datos objetivos tienen menos importancia que las opiniones o emociones que suscitan”, lo que implica que en ese traslado de lo objetivo a la interiorización emotiva hay un proceso de degradación o adulteración del hecho o de la situación fáctica reorientada a establecer un plano perceptivo dominado por la subjetividad. En la medida que requiere un punto de referencia para poder desarrollar un discurso creíble y con núcleo temático que le brinde coherencia requiere de información o acontecimientos que sean verdaderos ―de allí que se denominan enunciados de post verdad o post fácticos― porque a partir de esa verdad conocida o consensuada procede a un sutil engarce de argumentaciones que dirigen la intención de la información hacia los intereses políticos o empresariales deseados.

Es mucho más que el recurso conductista utilizado por Joseph Goebbels de «la mentira repetida una y otra vez se convierte en verdad» o la exultación mercantilista de William Randolph Hearst, «démosle al público lo que quiere» para dar rienda suelta al sensacionalismo y el amarillismo. Es algo mucho más complejo y elaborado porque no solo trata de convencer o encubrir, se trata de moldear y acondicionar formas de pensamiento creando con ellos corrientes de opinión dirigidas al establecimiento de conductas, posiciones o grupos de presión que en determinadas circunstancias pueden servir a una opción política o a una tendencia del mercado. Es un mecanismo que no suprime el pensamiento reflexivo, pero que lo subordina suministrando información manipulada que le impide orientarse claramente en la búsqueda de la verdad que subyace en el contenido informativo.

La posverdad tiene una dinámica de funcionamiento basado en falsas reciprocidades, mediante las cuales se establece un vínculo de aceptación que disipa la incertidumbre forzando la credibilidad. El convencimiento no reflexivo motiva o intimida, según sea el caso, sembrando en la conciencia correlatos semánticos que adquieren legitimidad una vez convertidos en “contenidos de conciencia”, sobreponiendo su argumento sobre todos los demás, papel que en sociedades antiguas y aún en las presentes desempeñó el mito o las simples creencias basadas en principios de autoridad, como el dogma aristotélico de la tierra plana. De esa forma la fina membrana que separa la duda de la incertidumbre permite distinguir aquellos juicios que se fundamentan en lo posible, en lo que se denominaba ser en potencia, para eludir la ambigüedad del acto; por otro lado, despojada de toda certeza que no sea verificable, la duda se niega a aceptar argumentos que no se sustenten en la realidad de lo fáctico.

Un universo de comunicaciones adulteradas, manipuladas, sesgadas por intereses o para el ocultamiento de realidad no favorables, se teje a nuestro alrededor por especialistas del engaño, por falsificadores de imágenes y por psicólogos de la conducta encaminadas a forjar en la mente de la sociedad sistemas de creencias, tendencias de consumo, construcción de figuras o diseño de costumbres. Periódicos, la radio, la televisión, los anuncios publicitarios, las redes sociales, la imagen icónica del ciudadano, el lenguaje cotidiano, todo amenaza ser sacudido y manejado por la posverdad a la cual nos hemos acostumbrado como parte de la vida cotidiana porque, a fin de cuentas, y eso también es un producto mediático, nos evita pensar.

Con un momento de espíritu crítico siéntese frente al televisor o empuñe el celular y podrá percatarse con facilidad de la gran cantidad de insumos que, con la argucia de una proposición lógica, finamente engarzada y hábilmente domesticada, asimilamos discursos políticos, recetas médicas, comentarios de especialistas y comentarios de analistas y luego repetimos, llenos de satisfacción y fundado conocimiento como si fueran verdades, Sólo inténtelo.

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