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La democracia tutelada de hegemonía imperial y de asociados oligárquicos.

Por Enrique Avilés

 

La firma y ratificación de los tratados Torrijos-Carter, implicó para los militares panameños el compromiso de volver al país a la democracia, a más que dichos tratados ya representaban para los Estados Unidos un revés en su política hegemónica latinoamericana, insostenible ante un mundo que no admitía héroes con ínfulas de mesías libertarios, mientras ejercían el colonialismos en el corazón de América Latina, todo claramente  evidenciado luego de la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU en Panamá, donde el repudio del mundo hacia la situación colonialista no se hizo esperar.  Aun así, el coloso imperial no dejaba de utilizar sus últimas cartas a favor para seguir manteniendo dicha hegemonía bajo otro marco contractual, el de una neutralidad permanente que permite la intervención y abre paso a la expresa posibilidad de negociar nuevamente, directa y no solapada, como lo están haciendo, la presencia militar estadounidense en nuestro territorio.

 

Estos motivos estadounidenses son los catalizadores para la operación (Invasión) del 20 de diciembre de 1989. Esa acción no nace de la buena voluntad de llevar paz y democracia a los panameños, sino más bien llevar paz a sus intereses y los de sus aliados criollos en la arena política local. Esto que menciono, para nada defiende a los militares, pues su aferrar al poder y su embriaguez del mismo los convirtió en ciegos que no veían que su momento había pasado y su repliegue era impostergable, el mundo debía cambiar para dar paso a un modelo neoliberal que dejase atrás al antiguo Estado benefactor keynesiano y para ello era necesario el imperio de la democracia tutelada y la vuelta de los aliados oligarcas. Y para probar que andaban en el paso contrario, independientemente de poner a un civil chicago boy en la presidencia, en un torneo donde el fraude siempre quedó en el aire, hicieron lo inadmisible de asesinar enemigos políticos en un país donde en política se dice de todo, pero no se mata. Ante ese panorama se han argumentado toda suerte de teorías para explicar la brutal acción de invasión estadounidense, muchas posibilitando la necesidad hegemónica estadounidense de destruir las fuerzas de defensas, lo que no deja de ser cierto, pero tampoco asume una visión de proceso fracturado donde los Estados Unidos quedaban como los mequetrefes más grandes del mundo al depositar su confianza de democracia en un estamento armado panameño acostumbrado al autoritarismo, en un proceso donde sus aliados en democracia estaban siendo forzados a no poder agenciar a su conveniencia el poder político, pues no se lo permitían los gorilas, y en donde los pactos, de obligatorio cumplimiento a la vista internacional para transferir un canal a manos panameñas no tienen retroceso alguno. Bien escuchaba, hace poco al Dr. Guillermo Castro, decir en una conferencia que la invasión es un golpe de Estado Imperial, que asegura una línea política de subordinación a Estados Unidos, más allá de la transferencia de operaciones del Canal, y concuerdo, en tanto que se aseguraban los sectores dominantes de aprovechar ese modelo de plataforma internacional de servicios acompañado de políticas neoliberales que solo giran la balanza a su favor. La vuelta a la democracia restablece, ante otro escenario, la vuelta al poder oligarca y para ello no importaba que lo pagara con sangre el pueblo, porque demostrado queda que la democracia que volvió es la que genera las inequidades sociales que alimentan a los sectores dominantes y que la dictadura que se fue se arropaba igualmente del hambre de saciarse del poder eternamente. Hoy recuerdo con todo pesar a los que pusieron la sangre entre tanta hambre de poder, igualmente no olvido que las balas que los mataron fueron extranjeras y que quienes justifiquen la muerte por el hambre de poder siempre serán injustos. Aún estamos en gran medida en manos de nuestro verdugo norteño y de sus socios yesman, solo que, en “democracia” es donde las fosas comunes de ese genocidio no han terminado de ser escuchadas porque hacen ruido, porque es una democracia que las ha olvidado malintencionadamente por más de 30 años. Prohibido olvidar.

 

El autor es docente de la Universidad de Panamá e investigador asociado del IIH-UP.  

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