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La casona de Betania (Cuento).|


Por: Hermes Sucre Serrano

 

   Ese día Ana Sofía Robles sentía la taquicardia en la punta del mentón.  Subida en un enclenque sillón, miraba por la ventana para ver si llegaba su esposo José Eulogio “Lolo” Urriola, a quien hacía 5 horas se lo habían llevado en una ambulancia, de esas con destellos multicolores como de chiva parrandera.

Un espeso silencio cubría la calle Costanilla de los Hermanos González, en la hermosa y plácida Betania. Un cielo despejado delataba la ausencia del artero alcotán, un villano alado, terror de los prolíficos talingos.

Faltaba el pregón del canillita para vender los periódicos: “El violador del petate ataca en Betania, esta vez viene con apetito unisex”. ¿Dónde estaba Balbino, el carretillero del trueque de mangos por botellas?

Ni Cupertino Rivas, jubilado frequent shopping de Bingo 2000, salió a su caminata matinal, con un lápiz apretado en la mano para evitar el mareo y una colilla de cigarrillo bailando en los labios.

Ana permanecía en su atalaya del ventanal.  Angustiada, llamó a su hijo unigénito Alberto: “Se llevaron a tu papá al Seguro con síntomas de asfixia y una jaqueca entre sien y sien; ¡temo que sea coronavirus!”. El diálogo terminó con un “chao, voy pallá”.

Betania es una comunidad edénica, llena de paz, abundancia de jardines, diversidad de aves, parques con frondosas veredas, huertas con frutales, avenidas anchas con buen ornato.   Es un oasis en medio del caos urbano.

El nido vacío

El carismático y refitolero Lolo Urriola bajó de la ambulancia con aire triunfalista, contando su hazaña con el hisopado: “Me metieron un pico de garza por la nariz y mastiqué acetaminofén como si fueran bolitas de M&M”.

Frotándose las manos como el que espera en una maternidad, Ana Sofía y Lolo esperaban a Alberto, quien pasaría la cuarentena con ellos, junto con su pizpireta esposa Isabela y sus hijos, Jorge, de 9 años, y Linette, de 7.

Alberto Urriola Robles regresaba a la casona de Betania después de trotar mundos diplomáticos como una antorcha olímpica.

Llegaron en una chiva negra 4 X4, de esas parecidas a las carrozas fúnebres. El exdiplomático apartaba las hojas secas de un almendro con la punta del paraguas y, cegado del sol, usaba la mano derecha como visera para ver las acrobacias de una intensa ardilla.

Isabela, nerviosa, molía pétalos de rosas con las uñas a la espera de que su marido reconectara con sus padres. Yeti, un imponente pastor alemán, sintió amor a primera vista por los niños y, en un periquete, ya corrían por los vericuetos del jardín.

La casa mostraba los rigores del tiempo:  las bases tiznadas y recubiertas de musgos, borrosos grafitis de la época de rebeldía de Alberto, la cerca mostraba la porosa arena del bloque original y en el jardín sobrevivía un cactus pitahaya de flor rojiza y filosas espinas.

Una calle de honor de brillantes girasoles conducía a un árbol de limón lleno de bandejas con naranjas, dátiles y picaduras de papaya para el brunch   de los azulejos, oropéndolas, sangre de toro y capi sucias, esta última de plumaje chocolate sucio, pero de sublime armonía.

­_Madre, -preguntó Alberto- “¿estos son los muebles que te compré en Tropicana Selecta de la Central, cerca de Tica Bus?”.

­_Si, son de caoba y no de cartón comprimido como los de ahora, -respondió la doña-.

Vida de convento

Los días de pandemia, largos como la esperanza de un pobre, eran una ineludible ocasión para reconciliarse con El Quijote de la Mancha, Los Miserables, y películas como El Código Da Vinci, Lo que el viento se llevó,  Kramer vs Kramer y Cleopatra.

A diario armaban equipos de ajedrez, bingo, barajas, tablero y monopolio.  El traqueteo del marfil del dominó era el fondo musical del casino hogareño.

Lolo se pegó de sus nietos: jugaban trompo, baloncesto y cultivaban hortalizas. Mientras, Isabela y su suegra confeccionaban creativas mascarillas con molas y telas de vaqueros.

Cuando la dictadura sanitaria de Francisco Franco aflojó el toque de queda, las motonaves delivery salían como langostas a llevar el santo remedio a los hambrientos.

Una soleada mañana, Alberto observó a Isabela afanada con un enorme lienzo saturado de elementos botánicos del frondoso almendro.

Una paloma colorada, que anidaba en el árbol, solía asustarse con el embarre del improvisado atelier, pero la pintora la calmaba con arroz.

Los niños dormían en una tolda de campaña con Lolo y Yeti de guardianes.  Convivían con la naturaleza, la brisa fresca proveniente de Vial de las Acacias, el canto de aves y ranas nocturnas, el ululato de la lechuza y los cuentos de brujas del abuelo.

Los viejos estaban rejuvenecidos y motivados.  Isabela hizo que su suegra botara un contenedor lleno de ropa para sepelios; le hizo modernos tintes y le pintó las uñas color berenjena. Alberto improvisó un gimnasio y cuarto estudio para su padre.

Diciembre llegó cargado de fiestas: Día de la Madre, Navidad y Año Nuevo. Ante la falta de jamones y pavos, los niños horneaban galletas y los adultos convertían la cocina en un laboratorio para ensayar recetas con huevos y pollo con pollo.

Cuando terminó la cuarentena, Alberto y su prole tenían que regresar a Marbella después de 15 meses en una burbuja familiar que allanó profundos baches sentimentales.

Los viejos sabían de la partida. Ana andaba como santo cuando se le acaba la patronal y Lolo tenía cabanga y mariposeo de pie a cabeza.

A la despedida, en el patio, solo le faltaba la corneta fúnebre. Cuando Lolo desmontaba la carpa, se le acercó la pequeña Linette y le preguntó:  _¿Abuelo, ya no vamos a ver más a la lechuza ni a los pajaritos, ni escuchar los sapitos del jardín?

El viejo, luego de carmenar el nudo de la garganta, respondió:  __Mi amor, en Marbella también habrá lechuzas, conejos y pajaritos; tú los llevas en tu corazón. Si te leen cuentos, se activa todo”.

En tanto, Jorge le metía un palo de escoba a Yeti en el hocico para quitarle un disco de plástico. Como se creía uno de los 4 Fantásticos, lo intimidaba con gritos de yudoca.

Un magma de mutismo taponó el entorno.  La ardilla, que hacía malabares en el tendido eléctrico, pasaba desapercibida.  El comedor de los pájaros quedó íngrimo.  Parecía que la burbuja familiar terminaría como esas cristalinas esferas de jabón que se elevan con el viento y se rompen con el calor del sol.

Padre e hijo tenían la mirada congelada, los segundos parecían horas. Isabela, petrificada, apretaba contra el pecho un ramo de flores de buqué de novia y hortensias regalado por Ana.  Sus hermosos ojos azules se veían grises y lejanos.

De reojo, Alberto vio cuando Yeti, con las orejas como puntas de lanzas, metió su peluda figura entre los niños.  Entonces avanzó hacia su padre, se abrazaron y dejaron de ser dos:  _Papá, monta la carpa de campaña y no botes las mascarillas. ¡Nos quedamos!

Ana se acercó a Isabela y, con la delicadeza con que se carga un recién nacido, tomó las flores y le dijo: “Las voy a poner en agua”.

Unas semanas después, en medio de la parafernalia de la mudanza, Isabela pintaba los niños recostados a la surcada corteza del almendro.

Cuando deslizaba el pincel por la tela virgen escuchó un ruido entre el follaje: una ardillita escudaba sus ojillos negros detrás de una esponjosa cereza china.  Unos pichones de tortolita, de cabecita gris y plumaje rojizo, volaron a los pies de la artista.

_Jorge, dile a tu papá que traiga más arroz, la familia creció.

En un cielo azul, semejante a un mar el revés, el alcotán parecía un pequeño dron negro en busca de algún desprevenido.

La ventolera iba y venía con el grito ¡cambio mangos por botellas!, ¡mangos por botellas! De la apolillada carretilla colgaba un listón negro que tapaba parte del letrero “don Balbino”.

Un mozo rollizo, acholado, levantó dos racimos de mangos y, con los ojos aguatosos, exclamó _”¡estos son zapallos!”.

Entonces en la loma de la Costanilla retumbó el pregón del canillita: _ ¡“Ocho mil muertos!, … ¡descubren nueva cepa en Betania!…”

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