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Entre lo Virginal y lo Ramera

Por: José Dídimo Escobar Samaniego

 

Gaby López de Arango, autora de este cuadro de una escena virginal del campo, donde todos trabajan, se respetan y son solidarios y se aman. Eso se está perdiendo porque avanza el juega vivo y la perversión como ingredientes que trae la boyante corriente de la corrupción.

 

Acabo de venir del interior del país, viendo a mi hermosa madre que, a sus noventa y tres años, ahora es la mitad de lo que siempre fue, y frágil y delgada la abrazo y la beso cada vez que puedo, poque la deuda que tengo con ella por todo el amor y cuidado que tuvo conmigo, no tengo como pagarle. Ella y mi padre me enseñaron a amar la justicia y la verdad y me decían que si yo tenia la razón que nunca me dejara humillar. De visitar a mis hermanos y amigos en la mitad del país, he de concluir que, nuestra nación pendula, entre lo virginal y lo ramera.

Cuando uno se topa con gente sana, casi ingenua, muchas veces ataviadas de una proverbial conformidad, que llega a ver con una candidez impresionante, todo lo que ocurre en la nación, simplemente como un destino al que hay que echarle el hombro y lo hacen con muchos sacrificios, gente que valora hasta el saludo y el estrechar la mano, incluso a alguien que solo lo hace por cumplido, esto simultáneamente se topa en el mismo escenario, con gente bribona, carilimpios empedernidos, dispuestos a cualquier acción para vivir de los demás, para evadir el trabajo constante y tesonero y eso sí, vivir a gusto. Gente que es capaz de organizarse en bandas organizadas para delinquir y luego aparecer bien trajeados, con gabardina y charol, acicalados y con muchos títulos académicos y nobiliarios, como para quitarle el puesto a cualquiera que subió la escalera peldaño a peldaño.

Tienen, estos últimos, cuando aparecen en los medios públicos, una cara de ingenuidad que jamás nadie dudaría de su inocencia, como decía mi padre, «se tragan un lagarto y no lo eructan».

Estamos juntos, en el mismo saco, buenos y malos, decentes y bribones, castos y degenerados, sólo que hacen brillar aquel vil principio de que el que tiene más saliva, traga más harina.

Anteriormente era una rareza encontrar en el campo a vagos y pillos, eso era cosa de la ciudad, hoy todo ha sido contaminado, y aunque la gente sigue siendo en general, buena gente, ahora se han desarrollado conductas delincuenciales que le quitan el sueño y han obligado a la gente decente a convertir en fortalezas de hierro, lo que antes estaba abierto, pero nadie se atrevía a traspasar.

Parece que la conducta perniciosa de los que han dirigido el país últimamente, envueltos en toda clase de corrupción, han abierto las puertas a que cada quien se sienta con el derecho de hacer lo propio, total, nuestra justicia que, es un verdadero trapo de inmundicia, los ha premiado y hasta los ha convertido en un modelo a imitar, como gente hábil y virtuosa, que sabe hacer magia. Convertirse en ricos en un santiamén, sin trabajar, y eso es digno, según ellos, de premiar.

Estamos a tiempo aún, para terminar con el titubeo y volvamos a justipreciar los valores y principios de nuestros padres que, hicieron posible que creciéramos bajo el respeto, la dignidad y la decencia, porque por donde transitamos en estos instantes, ese camino irremediablemente tendrá un solo destino: el descalabro, en el cual llevamos andado varias leguas.

 

iPor un país decente y una patria para todos!

iAsí de sencilla es la cosa!

Fernando Botero, a los 91 años, ese extraordinario pintor, escultor y colombiano universal, dejó de existir en el mundo terrenal.

El artista contaba que, al pintar una mandolina a finales de la década de 1950, descubrió «una nueva dimensión que era como más volumétrica, más monumental, más extravagante, más extrema».

“Si pinto una mujer, un hombre, un perro o un caballo, lo hago con volumen. No es que yo tenga una obsesión con las mujeres gordas”, aseguró en una entrevista al diario español El Mundo en 2014.

Y es que las figuras voluptuosas delinearon su prolífico trabajo —tanto en la pintura como en la escultura— que fue reconocido a nivel mundial.

 

 

 

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