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EL TIGRE NEGRO DEL CERRO “EL MONTOZO”

Cuento escrito por Gonzalo Delgado Quintero, inspirado de la narrativa de su madre Catalina Quintero Regalado

Era oscuro, astuto y fuerte. Bestial en la extensión de su presencia. Con su cabeza voluminosa, hocico poco prominente, pero de mandíbulas sobresalientes, que abría en esporádicos bostezos, enseñando sus perfectos y acuminados dientes y colmillos brillosos, fuertes y acerados. Con su rosada lengua que la movía para mojar el entorno de su boca jadeante.  Su presencia y altivez denotaba una especie de porte guerrero Masái al levantar su mirada.  Musculoso, de ojos chocolates claros, no muy grandes; pero con un atisbo incisivo, fiero y mortal. Orejas cortas, anchas y de márgenes redondeadas. Su elegancia y gran tamaño, contrastaban con su movimiento sigiloso, prudente y ágil que le era posible gracias a sus portentosas extremidades flexibles y fuertes como varas de bambú, con patas en las que escondía filosas garras retráctiles, cubiertas y protegidas por suaves almohadillas de pelos y callosidades, garantizando el silencio al momento de su ataque sorpresivo, más letal y relampagueante que un espadachín samurái.

Había desarrollado, como depredador perfecto, un instinto sobrenatural de conservación. Comprendía sin equivocaciones, quién era su peor enemigo y lo rehuía, así como también esquivaba a los aliados de este formidable rival; pero a la vez, en acecho, los combatía con decisión mortal en los momentos de descuido, que casi siempre terminaban entre desesperados aullidos y alaridos desgarradores.

Este tigre era diferente, no solo por lo negro de su pelambre sino por su astucia. Despistaba a los perros, se deslizaba por caminos y rutas que cambiaba de repente, como si se  tratara de una avanzada o retirada guerrillera. No comía del cebo que le ponían, muchos campesinos de la región decían que era el mismísimo demonio.

Vivía en el cerro “El Montozo”, ese gran macizo que se eleva cual centinela de poblados fundados en los ya lejanos primeros años del siglo pasado, y que poco a poco y con mucho esfuerzo se erigieron al compas de los machetes Collins y Cornetas, bajo el zumbido de hachas braceadas por hombres trabajadores y bravíos que paulatinamente transformaron el paisaje hasta convertirlo en pequeñas praderas alfombradas de pastizales para ganado vacuno que por aquellos tiempos era de manera característica de la raza criolla y que tranquilamente pastaba sobre aquellos  prados.

Estos sitios, de invitación amena a paseos en caballos, estaban rodeados de cerros, colinas y montañas, con árboles frondosos, orquídeas y flores silvestres de todas las clases y colores, extendidas en chaparrales con bejucos muy largos, sarmentosos y trepadores. Riachuelos que caían por todas partes a través de las escarpadas laderas y precipicios, dibujando un paisaje maravilloso, con repentinos y pequeños arcoíris que hipnotizaban con sus bandas luminosas en incomparables presentaciones artísticas naturales de diversos colores provocados por el espectro solar, que se colaba por los espacios de entre la vegetación para proyectarse en las cascadas que desprendían  un menudo rocío que se elevaba agitado por el viento.

El relente se convertía en una traslúcida cortina  imaginaria que se movía y se develaba tras una  especie de ventanal, con claros, desde donde se podían observar extendidos pisos de alfombras verdes de musgo, entrelazados con pequeñas plantas y sus delgados troncos llenos de limo.  Amaneceres nublados que lentamente, develaban el manto de la fría neblina, dando paso a un concierto de cantares de pájaros multicolores. Un paraíso viviente de pechiamarillos, choschoes, sangretoros, bimbines, capisucias, azulejos, carpinteros, titibúas, torcaces,  rabiblancas,  perdices, pavos de monte, guacamayas, loros, pericos, oropéndolas y cuanta ave podría imaginarse.

Este felino, aunque se le veía a cualquier hora, prefería salir de su cubil al atardecer, casi en la prima noche. Una cueva ubicada en lo más espeso y escarpado de la ladera del cerro que daba al poniente, con dos salidas de escape, una hacia el costado del precipicio donde había una roca inmensa amarrada con un frondoso árbol de cedro inclinado de grandes ramas. Ese sitio le brindaba una gran cobertura para protegerse, pero a la vez observar todo lo que le rodeaba. La otra salida daba a la cima del gran peñasco y le permitía el acceso a diferentes senderos para trasladarse a grandes distancias en poco tiempo.

Un día lo veían en los alrededores del poblado de “El Oro” o “El Loro”, otras veces por los lados de El Espaveíto o Bayano de Las Tablas.  De repente daban alertas de que había cazado un ternero cerca de La Miel y ese mismo día lo topaban jadeante, bebiendo en la quebrada de La Palma. Y era el mismo. Por todas partes aparecía. Una sombra que había cobrado vida, y músculos, y garras, y dientes.

Era el atardecer de un día de los últimos de noviembre de 1947 y aún lloviznaba en La Loma, los rayos del sol agónicos, se posaban sobre los picos de las montañas, reflejados en la casa de quincha de Calixto Quintero. Un maravilloso y singular escenario. Los bajareques repentinos soplados por la brisa, refrescaban las tardes. Y desde el portal de aquel humilde hogar campesino, se podían ver las faldas azuladas de los cerros y las extensiones de los valles y angostas llanuras que discurrían entre las sinuosidades de aquellas elevaciones de formas suaves y monticulares, unas con aspectos redondeados y otras puntiagudas y escarpadas.

Ese día, el negro jaguar que regularmente pasaba del cerro El Montozo a los bosques cercanos a los pastizales de Nuario, en uno de sus periplos, acostumbrado a las ventajas geográficas que le daba el terreno abrupto, pero muy cerca de donde vivían Los Quinteros, en esa ocasión se quedó en forma desafiante, merodeando en los patios de las casas de La Loma.

En una de estas viviendas, la de Julián Córdoba, en el patio trasero, donde  se desgranaban manotadas de arroz en un pilón de árbol de Espavé, era común que al terminar, las mujeres agitaran el afrecho, que además de las gallinas, también era atendido por los cerdos que acudían con sus gruñidos característicos para cada ocasión, en este caso, de satisfacción, al percibir y oler la cáscara venteada y desprendida de las bateas de las campesinas piladoras.

Allí mismo, repentino y espectral, como una aparición, con su oscura presencia de obligada clandestinidad, atacó el monstruo. De un zarpazo, con la uña central de su garra izquierda, enganchó una puerca por la trompa.

Julián se llenó de coraje y salió al encuentro del tigre. Mache en mano, con diestra rapidez, le lanzó un machetazo al descomunal felino, pero el enorme gato fue más rápido. De un solo manotazo le arrebató el machete a su encolerizado agresor y saltó, rugiendo en su escape. Fue de tal magnitud el golpe del bestial felino sobre el machete manipulado por Julián, que  días posteriores al peligroso encuentro, se le dificultaba mover el brazo.

El tigre seguía haciendo de las suyas; ahora, arremetía contra el ganado de Carlos y de Inés Quintero, una situación difícil que, de no ser por un toro valiente, de aquellos que le sobresalía un moño melenudo y cuernos grandes, del cruce logrado con el enrace del muy conocido búfalo americano, también referido popularmente como toro criollo, todo habría sido un desastre, pues, en no pocas ocasiones, el bravío torito salvó y defendió el hato con todas sus fuerzas.

Este toro pertenecía a María de Los Santos Hernández, “Mamita Santo”, madre de los hermanos Quintero, quien, al  enviudar, se hizo cargo de la familia con la ayuda de sus hijos mayores, sobre todo, apoyada por Carlos.

Un día, debido a los tantos problemas que estaba causando este jaguar pantera, cansada, “Mamita Santo” dijo: “este tigre, a mi no me come ni una vaca más, y mucho menos un hijo” y entonces, se preparó con sus hijos Carlos e Inés para dar caza al peligroso animal.

El ganado pastoreaba en un lugar llamado “Palo Grueso”, hoy día conocido como “El Cacaíto”, paraje solitario, distante de la gente, propicio para que un tigre hiciera sus antojos. Pero el Tigre Negro del Montozo tenía un rival formidable; el Toro Criollo de Mamita Santos”. Así las cosas, cuando el toro con su olfato y soplado por el viento, le llegaba el tufo del tigre que aguaitaba cerca, de inmediato, procedía presuroso, haciendo un rodeo; luego encaminaba toda la manada hacia un sitio cercano a las viviendas, desde donde bramaba incansablemente, para dar aviso del peligro que se cernía sobre el rebaño.

Muchas veces el Toro Criollo de Mamita Santo, fue asistido por los dueños de la finca y se libraba el peligro; Sin embargo, llegó el momento inevitable y un día crucial, se encontraron el toro y el tigre, cara a cara, en un punto donde se cruzaba del caserío de La Loma al poblado de  Nuario, y en ese preciso instante se produjo una descomunal batalla, en la que tocó retirada el temido gato negro, dejando sólo los rasguños en el árbol de Corotú donde el torito criollo lo obligó a treparse. Después del feroz y salvaje encuentro, el formidable torito criollo dirigió triunfante, todo el ganado completo al corral cercano. El toro tenía dos rasguños notables; uno, desde la frente hasta la nariz  y el otro en la giba que solo era perceptible por la sangre que teñía la gran melena que le tapaba la herida y que le fue curada con preparos de sal, cenizas y otras aplicaciones tradicionales albéitares.

Carlos Quintero, uno de los hijos mayores de “Mamita Santos”, molesto con el dañino  tigre, decidió ir de compras al pueblo de Las Tablas y, entre los artículos que compró, consiguió un veneno para procurar la muerte del escurridizo animal, que mantenía preocupado a los pobladores de los asentamientos cercanos.

Este tigre siempre sorprendía a todos con sus ataques inesperados. Pero la gota que derramó el vaso fue el hecho de que cuando Rufina, hija menor de “Mamita Santos”, se disponía a la búsqueda de agua del pozo distante, a orillas de la quebradita, acompañada de su perro faldero, este aún cachorro, se rezagó haciendo sus necesidades y allí, al instante, se oyó el chillido, el aullido desgarrador del pequeño can. Sin pensar en el peligro, ella corrió al rescate de su pequeño cachorro, sin meditar siquiera, sobre el peligro inminente que también la rodeaba, pero logrando  finalmente el cometido. Rufina se recogió el pollerón, se agachó y rápidamente se echó el perro al hombro, llevándolo a cuestas, de vuelta a casa, para luego dedicarse a curarlo.

Carlos Quintero regresó de Las Tablas con un “macho” cargado, que traía sobre el espinazo una enjalma y en los costados dos zurrones. De estas dos grandes bolsas hechas de cuero rústico de  res, extrajo unos sacos de henequén cargados con sal marina cruda envuelta con hojas en fardos; también, bacalao noruego, sardinas en lata y con especial cuidado, sacó la estricnina que había envuelto especialmente para aislarla del resto de los productos; este era un veneno que debía manipularse con extremo cuidado por su letalidad, además de su volatilidad. Al momento de su manejo, la persona tenía que cubrirse todas las vías respiratorias, las manos y evitar estar sudado para que este químico no le produjera escozor que, cuando sucedía, venía acompañado de un ardor insoportable en la piel.

Y en efecto, este gato negro les cazó un ternero que murió al instante. Sin embargo, fue correteado por el toro, no sin antes haberse producido otra fragorosa pelea que duró varias horas y que dejó molido el pasto donde la escenificaron. Carlos, conocedor de la inteligencia del tigre, sabía que éste regresaría al mismo sitio a buscar a su presa y sin perder el tiempo, procedió a perforar  el cadáver del ternero por todas partes, introduciéndole la estricnina.

Segundo Quintero, el hermano menor de la familia, pensando que el jaguar estaba muerto, se fue adelante. Pero Carlos, intuitivo, presintiendo lo que podía ocurrir, se fue con el rifle “Whinchester” de siete tiros, que había heredado como recadero durante la “Guerra de los Mil Días”, al servicio directo de Belisario Porras.

Carlos, sentía el peligro. Presuroso, guardaba y cumplía exactamente lo que su mente le ordenaba. A duras penas se podían advertir las sinuosidades del accidentado terreno. Además, estaba lleno de maleza entrelazada por enredaderas espinosas y estirados bejucos que trepaban en desesperos, buscando la luz vital, hasta encaramarse en lo más alto de los coposos árboles.

Era temprano, corría una suave brisa norteña que ayudaba a sentir con mayor intensidad el frío que llegaba hasta los huesos, hasta la médula, al tuétano mismo. Y Carlos, hombre fuerte y ceñudo, de pocas palabras y sin titubeos en su proceder, como siempre, luciendo su vestimenta habitual: un sombrero de junco amarillo, unas cutarras de cuero curtido de res, un pantalón caqui, enrollado hasta la parte inferior de la rodilla, una camisa de palito y un rústico capote de caucho; apresuró su paso para alcanzar, infructuoso, a su hermano menor.

Comenzó a correr, el sitio estaba aún, distante y una preocupación sobre lo inminente le recorría, escalofriante, su mente y su cuerpo. Le vinieron una serie de recuerdos que, aunque trataba, no podía apartar de su atribulado pensamiento. Se acordó en ese momento del incidente que había tenido recientemente Julián Córdoba en el patio de su propia casa, el perro de su hermana Rufina aun cojeaba, los reiterados aguaites infructuosos de los Barrios y los Domínguez en Nuario y los topes que habían tenido con la misma fiera, los Castros, los Reyes, los Delgado, los Vargas y los González de los otros poblados que rodeaban las faldas de El Montozo.

Al llegar al sitio la sorpresa fue mayúscula, el tigre estaba vivo, le hacía frente a los perros, pero lo peor es que ya estaba presto al ataque, contra Segundo, quién había quedado arrinconado en un elevado barranco, enredado en la maleza, sin poder escapar de las garras y fauces de la descomunal fiera. Ante la crítica situación, con decisión aplomada, sin titubeos, Carlos “Calixto” Quintero cargó su arma poderosa. Le grito al tigre, que giró de inmediato, dispuesto a lanzarse sobre el recién llegado. El gigantesco gato negro, como presintiendo a su verdadero enemigo, se abalanzó precipitadamente, como un tren sin control, dispuesto a chocar a cuanto estuviera por delante; pero Calixto con diestra y rápida  manipulación  tiró la palanca de su fusil Winchester disparando su carga explosiva, contra  el oscuro jaguar a tan solo cinco metros, por lo que fue imposible evitar que la bestia le cayera encima, siendo derribado al instante. Pero el disparo del calibre 44-40 había hecho su estrago en el animal, lo que provocó que en agonía desespera se precipitara hacia una profunda cañada, desapareciendo para siempre en el trashumante espacio, donde siempre había realizado sus fechorías contra el ganado de los Quinteros.

Jamás encontraron su cuerpo, pero los cazadores celebraron la muerte del felino.  Hay quienes han sentido su presencia, pero no logran verlo. Otros dicen escucharlo en lo profundo del bosque.  Algunos  dicen que aquella bestia se convirtió en un espíritu y que después de haber pasado muchos años aún sigue reclamando venganza. Lo cierto es que  la mayoría de los lugareños de esta remota región tienen las armas preparadas esperando al  “Tigre Negro del Cerro El Montozo”.

 

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