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Despedida del tribuno panameño

Por: Rafael Murgas Torrazza 
Manuel Celestino González (Gonzalito)
Manuel Celestino González, periodista independiente, se valió siempre de una prosa mágica y se especializó en darle a la metáfora precisión gallarda y el encanto de la virtud sugerente. Después de una Nochebuena tranquila en 1953 lanza su proclama de despedida y se hunde en la noche sin auroras, sin la solución de un retorno. Se fue por voluntad propia apagando sus 51 años de errante agitador.
No odió a nadie. Peleó limpiamente todos sus combates. Pero le dolió irse porque sentía que era un soldado que se fugaba cuando la patria más lo necesitaba y porque dejaba inconclusos algunos compromisos. Nada lo detuvo, ni el peso de las amarguras que habían destruido su existencia. Su sentimiento no era de no ser, sino de saber que el pueblo no había alcanzado sus deseos de justicia. Sin duda dudó porque quería seguir quemando su verbo en la lámpara estremecida de su angustia. Nunca traicionó sus principios de fe en la justicia social y le sobró fuerza espiritual para mantener sus convicciones. No sucumbió como otros a la primera propuesta tentadora ni por un elogio o por la promesa de una recompensa. Por eso lo echaban de los periódicos y su columna el pueblo la bautizó Tolda gitana, la más leída que se conoce en la historia del periodismo del istmo. Debió borronear sus escritos de la misma manera que el ateniense Demóstenes practicaba sus discursos: con un cuchillo afilado entre los dientes.
A él le estremecía el fatalismo del moralista cubano Eduardo Chibas y consideró que la inacción era un camino exclusivista y negativo. Entendió, con todas sus implicaciones, que para los revolucionarios es difícil transitar con éxito los recovecos pantanosos que fijan las fuerzas de las castas oligárquicas. Su lema “Orden y Disciplina” lo caracterizaba sosteniendo que la “Revolución es la palabra que ilumina, el brazo que destruye y la voluntad creadora que edifica”.
Señaló que para dirigir la opinión pública había que ser como Martí, entrar a la caballería y morir, si es el caso, para ser respetado por los que saben morir. Alcanzó a profetizar su partida al decir que las sentencias de la historia terminan siendo siempre favorables para los que tienen el valor de cortar el hilo de la vida , si es que esa vida ha perdido su objetivo.
Y es que la muerte fue una constante en quien masculinizó el nombre de su madre: Fidedigno Díaz Caballero. El Gitano perdió una pierna en el apogeo de una batalla política. Álvaro Menéndez Franco sabía que Gonzalito había muerto hacía tiempo desde el momento en que perdió la fe y se le trituraron las esperanzas. Y agregó Álvaro que si la rebeldía era su pan diario cuando llegue al cielo de seguro “como todo gitano desplegará su tolda, afilará su pluma y combatirá hasta el mismo Dios”. Admiraba la sencillez de la palabra utilizada por Cambronne en Waterloo: “mierda” porque este se inmortalizó al sellar con su vida el sacrificio de su vida.
Tenía de la plebe su coraje y su gran inteligencia sin cultura. Para la casta dominante, ladrona y bandolera, el proletariado que construye vale menos que un galgo, que un perguero o que un Lulú. Era por naturaleza contestatario. Un periodista infortunado consignó que “los cholos” eran inútiles y flojos a lo que el Gitano replicó, con encono, que los inútiles somos nosotros porque no sabemos manejar el machete ni sabemos hacer de la pluma un instrumento de justicia.
Su compañero de lucha Rafael Pito Murgas con viva emoción escribió que los funerales de Manuelito, “como los del divino maestro de Galilea, no tuvieron la pompa del templo”. Y como Arimatea, el pueblo recogió en blanco lienzos de la cruz del sacrificio sus despojos para colocarlos en “una losa sencilla donde no hay imágenes fulgurantes ni deslumbrantes epitafios.”
A la orilla de su partida el irreductible combatiente lideró su última jornada con la huelga veragüense de 1952 aireando la bandera de salvar la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena justo cuando el coronel Remón quería cercenarla, lo que hizo por 14 días memorables. Ese hecho histórico fue y sigue siendo trascendente para Panamá y Veraguas, justamente apreciado con las palabras rimadas del paisano Changmarín y con el verbo endurecido de Efebo Díaz Herrera en su obra Las insurrecciones del arcoíris.
Como poeta que fue es posible que dijera: para justificar su desesperada decisión, lo que en su momento alcanzó a decir el francés Gerard de Nerval: “Me da vergüenza que Dios me vea”.
El autor es abogado
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