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De alianzas y aliados.|


Por: Pedro Luis Prados S. (In Memorian)

En términos políticos y militares la concertación de una alianza está motivada por la similitud de objetivos, afinidad de principios, defensa de una posición o comunidad de intereses.  El primitivo concepto de alianza entre hordas destinadas a campañas para capturar prisioneros y saquear a sus adversarios cedió paso a la homogeneidad de motivos mediante declaraciones de principios, sustentos religiosos o ideológicos y defensa compartida. Al momento que los fines de una asociación se alejan de este marco que define su funcionalidad ya no se trata de una alianza, es sencillamente colusión. Cuando en  1931,  Lucky Luciano  —junto con Meyer Lansky, Frank Costello, Vito Genovese y Bugs Spigel— deciden eliminar al “Capo di tutti i capi”  como personaje que concentra el poder y proceden a crear una “Corporación” de conformidad a las modernos conceptos empresariales, coligando las familias mafiosas que controlaban las actividades delictivas, no estaba pensando en una alianza, su finalidad era crear una asociación ilícita para delinquir de manera eficiente y con ciertas garantías de impunidad.

Estas digresiones sobre la naturaleza de agrupaciones con fines prestablecidos son motivadas por la curiosidad que despierta la “alianza” para llevar a la presidencia de la Asamblea a un conspicuo miembro del partido gobernante. Considerando los excesos y desmanes que los miembros de los “partidos aliados” han cometido en pasadas y en la actual administración, el uso de mecanismos dudosos para lograr la  impunidad en sonados casos de corrupción, la manipulación de procedimientos para obtener prebendas, el uso indebido de los recursos del Estado, la ausencia de transparencia en  el manejo de fondos, las maniobras dolosas para desviar fondos públicos, las abultadas planillas para mantener su clientela,  las torceduras de los proyectos de ley para adecuarlos a exigencias particulares y el naufragio de un sistema desprestigiado, deja entre la ciudadanía cierto tufillo de podredumbre que no puede pasar desapercibido.

Un aliento de incredulidad gravita sobre la opinión pública cuando de la Asamblea Nacional se trata, no por esa duda racional encaminada al saber y a la verdad, sino por un acondicionamiento colectivo producto de una larga cadena de bochornosos eventos acumulados por décadas y la carencia total de escrúpulos para manejar sus negocios y los conciliábulos para el uso del poder. De espaldas a la opinión pública, como si se tratara de un cargo otorgado por derecho divino, acuerdan, conceden, nombran, distribuyen y conspiran para imponer sus intereses o de sus patrocinadores con una total pérdida de la realidad, no sólo ajenos a los más elementales principios de moralidad, sino también con una perversión de la lógica, dando motivo a la generalización de apodos, ironías y representaciones figurativas en el imaginario colectivo.

No se trata de las dudas que se ciernen sobre el precandidato en cuestión, ni de sus recientes excesos que unificó a los gremios de la salud pública, ni el retiro del visado del gobierno norteamericano y no precisamente por ser enemigo del capitalismo. Se trata de un andamiaje colapsado, de la corrosión del todo y de cada una de sus partes, de un desplome absoluto de sus fines institucionales y de su rol de contrapeso en el equilibrio democrático. Sin muestras de humanitarismo y menos de hidalguía, se sirvieron de la pandemia que pesa sobre sus propios electores para darle la vuelta a la investigación sobre las planillas, eludir la contención del gasto, realizar nuevos nombramientos, aumentar salarios, prodigar viáticos, alquilar autos, sufragar viajes y remodelar sus recintos. Ajenos a la realidad se solazan festivos en su castillo, como el príncipe Próspero —ese personaje libertino de Edgar Allan Poe—convencido de que la peste que aniquila a su pueblo no lo alcanzara.

Salvo algunos, muy pocos por cierto, la gran mayoría de sus miembros ha adquirido la inmunidad de rebaño ante las críticas, las protestas y la vergüenza..  Amparados por partidos que han devenido en cascarones en donde el clientelismo y la cohecho son cartas constitutivas, sus actuaciones son reflejos de quereres distantes y de intereses foráneos, muchas veces en abierta contradicción con los intereses nacionales. Como un gran peso muerto se han constituido en un mal necesario para mantener la mascarada de país democrático con el cual queremos se nos reconozca. No obstante. debe ser motivo de preocupación no sólo el perfil del candidato, sino también la composición de esa “alianza” en momentos en que el país confronta temas de capital importancia para su sobrevivencia y autosostenibilidad.

Es responsabilidad de la ciudadanía velar porque temas como las reformas al Código Electoral; los mecanismos para aprobar una nueva Constitución; los ajustes estructurales al Estado para enfrentar la abrumadora deuda pública; enfrentar con criterios científicos y responsabilidad social los problemas que la pandemia ha magnificado como el desempleo, la educación y vivienda; regular con equidad y buena voluntad la deuda acumulada por el pueblo panameño con el sistema bancario; dirimir objetivamente los conflictos entre trabajadores y empresas sobre los salarios dejados de percibir; diseñar estrategias de participación de las comunidades indígenas en las decisiones que atañen a sus intereses y velar porque los contratos portuarios, mineros e hidroeléctricos existentes y los que posiblemente se avecinen sean llevados de la mano en atención a los interese mas caros del país. Que no se repita una vez más aquella ominosa votación de la tarde del 18 de noviembre de 1903, cuando la Asamblea Nacional aprobó, sin siquiera leerlo, el Tratado Hay Bunau-Varilla.

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