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Cuento de la pesada de nance… ¡con queso Dora!

De: Aristides Ureña Ramos

Totuma de calabaza para recoger nances.

A paso veloz, con el peso de las bolsas del mercado, caminaba Epifanía, subiendo la salida del “salsipuedes” del Mercado de Santiago. En su rostro se dibujaba la fatiga de una vida: La digna resignación que acompaña a las silenciosas y laboriosas madres del interior.

Era muy de mañanita y el paso apurado hacia desaparecer a la diminuta mujer en la placita del pueblo, camino al Chichemito.

Epifanía, de nombre y así llamada por todo el pueblo… Inmaculada Concepción de Reyes, para el Censo Nacional, nacida en Santiago de Veraguas; mujer trabajadora y hogareña, que 40 años atrás conoció a Antonio Reyes Madrid, diez años menor, con el cual obtuvo matrimonio por fuga. De esta feliz unión nacen cinco hijos: Tres mujeres y dos varones ya adultos, casados y con niños.

Fue así que Epifanía y Antonio, prematuramente, se encontraron siendo abuelos y patriarcas responsables de una familia numerosa. Es en el seno de esta familia que sucedieron los episodios que aquí narraré, todo culpa de la Pesada de Nance en periodo de Semana Santa.

La mujer agotada llega a su casa y coloca su carga de bolsas en la mesa de la cocina; allí sentado, con la radio pegada al oído, se encontraba Antonio, su marido, que con su otra mano sostenía una taza de café caliente.

Antonio se había conservado muy bien a través de los años, parecía que el tiempo no hubiese pasado por él… por eso, Epifanía, cada vez que podía, le decía cariñosamente que “había hecho pacto con el diablo, para mantenerse jovencito”, aunque la diferencia de edad entre ellos no era tema de tratar o de llamar a la razón.

Epifanía apenas recupera un poquito de energía, se dirige a Antonio y le pregunta:

—«¿Y qué?.. ¿no me ayudas? ¿No me das una mano?».—

Antonio seguía en su inmutado silencio y, como estatua viviente, miraba con indiferencia a Epifanía que, con gestos veloces, sacaba las cosas de las bolsas, colocándolas en la despensa; una y otra vez regresaba con sus peticiones y así continuó hablando:

—«No sirves para nada, no ayudas en nada, siempre ausente de todo, de cada cosa de esta familia y sin importarte los favores que yo te pida… estoy cansada de soportarte. ¡Maldito el día en que te conocí!—

Antonio, con gesto indiferente, se alzaba de la mesa y con voz burlona contestaba:

—«No sirves para nada, no ayudas a la familia. ¡Maldito el día en que nos casamos!».—

Repitiendo en forma sarcástica lo dicho por su mujer, imitándole el tono de la voz… porque de las cualidades que Dios había obsequiado a Antonio la más importante era el poder de la imitación vocal y el don del buen ventrílocuo, cosa que hacía con genial resultado.

Él no perdía ocasión alguna en burlarse de su esposa, desviar las peleas que cotidianamente se repetían y no tener que dar respuesta a las preguntas que asiduamente Epifanía trataba de hacerle.

El arma que usaba para humillarla era imitar las voces de los demás, provocando en ella una gran rabia interna… una rabia no expresada que como mala hierba envenena el corazón y derrumba lo bueno que existe en lo más profundo de las buenas almas.

No se sabe cuándo fue el momento en que se superaron los límites del recíproco respeto; la relación entre ellos dos se había deteriorado, sin saber el momento preciso de la perdida de amor que experimentaban.

La discordia, como cáncer silencioso, estaba devorando a ambos y, en consecuencia, naufragaba la paz familiar.
Pero las cosas no eran y no fueron siempre así, tan áridas y desoladas, esta tempestad era reciente, algo extraño había sucedido: La causa de toda esta soledad era incomprensible, como inexistente el diálogo entre los dos.

Se acercaba la Semana Santa y era domingo, es así que Epifanía se reúne con toda la familia -hijos, yernos y nietos- en la misa dominical.
Quienes los conocían, no pasaban por alto que Antonio y Epifanía se sentaban uno lejos del otro, llevando consecuentemente sus recíprocos resentimientos al interior del templo santo.
Desde el altar, el sacerdote, mientras decía la Santa Misa, pedía dentro de la homilía, la colaboración de los peregrinos para el arreglo y embellecimiento de la Iglesia, en vista de que se aproximaba la Semana Santa; fue así que toda la familia se puso a la disposición de tal evento.

Antonio, al ser albañil y carpintero, se ofreció a pintar las paredes de la iglesia, y cada miembro de la familia ayudaba en lo que podía.

Entonces, llegó el martes de Semana Santa, y los peregrinos santiagueños que colaboraban con tal iniciativa se encontraban trabajando en los preparativos del templo santo.

Antonio estaba pintando las paredes de la fachada de la Iglesia de Santiago. Suspendido en los andamios, pintaba el campanario; desde arriba, su vista sobre la avenida Central era completa y clara, miraba insistentemente hacia allí, esperando encontrar una persona familiar.
Así, desde lejos, logra ve la figura de su esposa, que se acercaba a la iglesia, caminando con paso apurado y veloz, mientras llegaba se le ocurre la brillante idea de hacerle una broma, de tomarle el pelo, de jugarle una burla de esas que no se olvidan nunca.

Es así que baja rápidamente del andamio y entra en el templo, escondiéndose clandestinamente en el confesionario de la iglesia.

Eran tantas las tareas y el ajetreo que llevar adelante una casa y una familia, que Epifanía tenía que hacer saltos mortales para encontrar tiempo para venirse a confesar, por eso había decidido venir a hacerlo esa tardecita del martes de Semana Santa, robando tiempo a sus empeños familiares; y Antonio era conocedor de esta decisión.

Epifanía entra en la Iglesia y, secándose el sudor con su pañuelito, se dirige al confesonario, se arrodilla ante la ventanilla y pide ser confesada, Antonio se encontraba sentado en el puesto del sacerdote e imitando la voz del cura, da inicio a la confesión.

Antonio no aguanta las ganas de reírse, la picardía y la diversión lo llenaban de alegría, en su mente solo viajaba la idea pérfida de saber los secretos más profundos de su odiada esposa, las cosas escondidas y nunca dichas, los pensamientos y obras traicioneras de amantes ocultos, de odios, de resentimientos guardados, de espíritus vengativos; buscaba escuchar sobre la verdadera razón del hastío profundo que sentía por su esposa.

Imitando la voz del cura podía saber lo que quería, porque, para su esposa, era imposible descubrir su engaño y Antonio conocía muy bien las técnicas de las mentiras y los subterfugios, porque no era la primera vez que engañaba a su esposa… y así comienza a preguntar:

—«Dime, hija mía, cuéntame tus pecados».—

Epifanía con un tono de voz bajo y cansado, le dice:

—«Padre, me faltan las energías para ayudar a mi familia, a veces quisiera morir, porque no doy abasto a tantas preocupaciones».—

Antonio no se esperaba una respuesta de este tipo y se queda en silencio… Epifanía continua.

—«Sé que una buena madre lo da todo por su hijos, por sus nietos y por toda la familia; yo muchas veces no me siento en capacidad de llevar esta cruz, pues los empeños son mayores a mis posibilidades y me siento cansada, muy cansada para continuar… y ese mal pensamiento me mortifica, porque hace de mí una persona débil, sin posibilidad de dar ayuda convenientemente a toda mi familia».—

Antonio, en silencio, al escuchar esto, se siente tocado, porque hablan de sus hijos y de sus nietos… Epifanía extrañada del silencio del cura pregunta:

—«Padre, Padre, ¿me escucha?, ¿me está escuchando?».—

A lo que Antonio, imitando al cura, responde:

—«Sí, la estoy siguiendo, hija mía, no tenga miedo, que Usted ha sido siempre una buena madre,.. pero hábleme de su vida privada, del amor de su vida».—

Epifanía responde:

—«¿De los amores de mi vida, padre? Yo los tengo en mi corazón… bien guardados».—

Antonio saltó del banco, cuando el corazón comienza a latirle fuertemente. De inmediato se lanza en el interrogatorio.

—«Hija mía, muchas veces la soledad y el abandono nos llevan a tomar decisiones que llenen de felicidad nuestras necesidades… a ver, dígame algo más de todos esos amores clandestinos».—

Y entonces, Epifanía replica de una vez:

—«¿Cuáles amores clandestinos? Mis amores no son clandestinos, mis amores son a la luz del mediodía y ellos son mis hijos, mis nietos y mi Padre Jesús de Nazareth: ¡Ésas son las razones de mi vida!».—

Antonio con rapidez continua con sus preguntas:

—«Pero, a veces hay momentos de debilidad moral y emotiva, éstos son los momentos en los que cometemos las locuras, eso no es pecado y, mucho menos, pecado mortal… ¿Le ha sucedido alguna vez el haberse encontrado en esa situación, de ser débil y ceder a las tentaciones del demonio?».—

Epifanía responde:

—«¡Nunca!.. No he tenido tiempo, no me alcanza el tiempo para pensar en esas cosas complicadas».—

Antonio casi estaba satisfecho de la respuesta, pero insiste en continuar adelante con su pedante broma y pregunta:

—«Veo que no menciona nunca a su esposo… ¿qué me dice de su marido?».—

Epifanía, después de un momento de silencio, responde:

—«Bueno, con mi esposo las cosas van como las mareas altas: A veces bien y a veces mal, pero prefiero no hablar de eso».—

Antonio trata de saber qué cosa piensa su esposa de él y cambia la forma de la pregunta:

—«Hija mía, se acerca la Semana Santa y éste es momento de reconciliaciones familiares… muchas veces son las mujeres, que como serpientes venenosas, siguen acusando a sus maridos, responsabilizándolos por las cosas banales de la vida, angustiando a sus esposos con falsos problemas… por esos motivos ellos se alejan de ustedes, porque no hay mucha comprensión de parte de ustedes, las esposas».—

Epifanía no reponde y sigue las palabras del sacerdote en silencio, Antonio, entonces, continua:

—«Muchas veces, son las mujeres la causa de la destrucción de un hogar, porque abruman a los hombres, pidiéndoles cosas imposibles y no demostrándoles amor y cariño hacia ellos, que con gran sacrificio traen el pan cotidiano a casa… Y mire, hija mía, bien recuerdo que muchas años atrás, para la llegada de la Semana Santa, usted preparaba una exquisita pesada de nance, porque era éste el dulce que su suegra le enseñó a hacer, el dulce que le gusta tanto a su marido, el dulce con el cual Usted conquistó la primera vez a su esposo y que Usted ha dejado de prepar para toda su familia desde hace tres años, todo esto sin alguna razón».—

Epifanía saltó del confesionario, como poseída por el demonio, se acerca a la ventanilla, y dice con voz firme y llena de rabia, gritándole al cura:

—«Sí, Padre, es verdad, la culpa de toda esta soledad y amargura que llevo adentro es a causa de esa bendita pesada de nance, la que tanto le gusta a mi marido, la que todas las Semanas Santas nos reunía… y todo por culpa de una maldita mujer, tanta es la amargura que llevo dentro, que odio todas las Semanas Santas».—

Antonio, viendo la inesperada reacción, trata de calmar su esposa, invitándola a la calma y, hablando siempre bajo la voz del sacerdote, le pregunta.

—«¿Otra mujer?… Epifanía, hija mía, siéntese y háblame de eso, no entiendo nada. ¿Qué tiene que ver la pesada de nance con otra mujer?.. Eso no lo logro a enteder».—

En verdad, Antonio se quedó sorprendido, porque no sabía nada de esa mujer… Antonio era más joven que Epifanía, además era buen mozo, hombre de buen aspecto; pero a pesar de sus travesuras, del momento de crisis por el cual pasaba su matrimonio, siempre amó a su esposa; así que esperaba la respuesta, para poder comprender lo que estaba pasando entre él y su esposa. Y así continua Epifanía:

—«Mire, Padre, al acercarse la Semana Santa toda la familia se reunía con totumas de calabaza y nos íbamos a los potreros de don Luis Fábrega, por los lados de Las Lajitas, a recoger nances para hacer pesada… allá nacían los nances más gorditos y amarillos que existieran en Santiago.

Recogíamos los nances más bonitos, que tuvieran los tres pelitos en el culito, como nos había enseñado la madre de mi esposo… ese rito se repetía desde que conocí a Antonio, desde hace añales en el seno de nuestra familia… así aprendieron mis hijos, y así enseñamos a nuestros nietos a recoger, con mucho amor, los nances para hacer la pesada de nance para la Semana Santa; la más buena y suculenta que se hacía en Santiago, porque tenía el secreto que mi suegra me había confiado.
Ése era el momento en que yo podía demostrar a Antonio todo el amor que sentía hacia él, en cada nance recogido existían todas las cosas más bellas del mundo, para Antonio y para mis hijos, y él, mi marido, el domingo de Semana Santa, le decía a todo el mundo que mi pesada de nance era la más buena del mundo.

Fue la llegada de una chiricana, una mujer divorciada con dos hijos, muy guapa, que alquiló la casa al lado de la nuestra, para desestabilizar las cosas… Mi esposo, como todos los hombres del vecindario, al ver semejante hembra, se prodigaba en piropos y amables palabras con la chiricana.
La cosa no me perturbaba, porque mi esposo fue siempre un picaflor, pero que tenía su nido bien conservado… pero, una vez lo vi en el patio de la casa, mientras intercambiaba conversación con la hermosa vecina chiricana y ella le hacía probar, con una cuchara, una pesada de nance, hecha por ella, con nances provenientes de Chiriquí… y mi esposo, como hipnotizado, hacía los comentarios siguientes: “¡Ésta es la mejor pesada de nance que yo haya comido en mi vida!”… a lo que yo, de una vez, me presento frente a los dos desgraciados y le pregunto a mi esposo, qué le pasaba, y él, delante de la chiricana, me dijo que esa pesada chiricana era la más gustosa, la mejor pesada de nance que había probado en su vida.

 

No podía creer las palabras que salían de la boca de mi marido y, sobre todo, delante de esa mujer… el mundo desde ese momento cambió… no podía creer a mis oídos… toda mi vida derrumbada por una mujer cualquiera.

 

Yo que, con gran amor, me dedicaba a recoger los mejores nances de Santiago, para demostrar el amor que tenía hacia aquella persona y que me abandonaba al primer sonar de sirenas».—

—«No Padre, yo no creo en la Semana Santa ni en los hombres, porque los hombres no comprenden qué cosa es el amor y son ciegos para entender los mensajes del verdadero amor.

Nosotras, que les lavamos la ropa, les cocinamos, los esperamos todas las noches… en cada gesto cotidiano hay amor verdadero… en la atención.

Sin nunca lamentarnos por nada, porque Usted bien sabe que el amor carnal nace en la juventud y se alimenta en las cosas diarias, con simples renuncias, con simples mensajes, en la atención y en la educación de mis hijos, en el cuidado de la casa; en cada cosa hay un gesto de amor… desde ese entonces yo no me siento con ánimo de hacerle la pesada de nance a un hombre que es ciego y mezquino, y jamás en mi vida regresaré a hacerle la pesada de nance a mi marido».—

Antonio, oyendo todo esto, se había emocionado y las lágrimas le brotaban de los ojos como manantiales incontrolados. Se llevó las manos a la cara, se sentía un hombre malvado. Él, que quería burlarse de su esposa, se encontraba frente a una verdad que nunca hubiese descubierto… y trata de terminar allí las cosas, de mandarla a casa, de que se fuera, porque no aguantaba más el llanto… y le dice:

—«Hija mía, regresa a casa… que Dios te bendiga».—

Epifanía, también estaba mal, pues, después de ese desahogo, se sentía vacía, como si le hubieran quitado un peso de adentro… y pregunta al cura:

—«Padre, no entendí cuántas Avemarías y cuántos Padrenuestros… ¿cuál es la penitencia que tengo que hacer?».—

Antonio, que lloraba en silencio, le responde secamente y apurado, siempre imitando al cura:

—«¿Penitencias? ¿Cuáles penitencias?.. ¿Cuál Padrenuestro?, ¿cuál Avemaría?.. váyase tranquila para la casa, que Usted es una Santa».—

Antonio se quedó en el confesonario por muchas horas, llorando y pensando en toda su vida… hasta que llegó el verdadero sacerdote y lo encontró allí sentado… fue así que Antonio, despues de tres años, se volvió a confesar.


Llegó el domingo de Semana Santa y la Iglesia de Santiago estaba llena de peregrinos para la celebración de la Santa Misa… en la primera fila de los bancos de la iglesia se encontraba Antonio junto a Epifanía, y todo el mundo veía, con gran sorpresa y admiración que Antonio se estaba al lado de su esposa, además le apretaba, con un gran gesto de amor, la mano. Todos los hijos y nietos, en torno a ellos, acompañaban la felicidad que Antonio demostraba a su esposa.

Había sucedido que Antonio había llevado a toda la familia a recoger nances, en los potreros de don Luis Fábrega, y que Epifanía no los acompañó en tal faena… fue Antonio quien hizo la pesada de nance, porque Epifanía no quiso prepararla, esperando que Antonio le pidiera perdón. Sin embargo, toda la familia sabía que faltaba un ingrediente a la pesada, y que ese secreto solo lo conocía Epifanía.

Fue así, que en medio de la misa, al momento de hacer las ofrendas, los agradecimientos y las peticiones, el sacerdote llama a Antonio a hacer su ofrenda, éste se levanta, se coloca en el púlpito y dice, frente al micrófono, lo siguiente:

—«Pido a Dios por la unidad de mi familia y las familias de todos los santiagueños, pido perdón a mi esposa por todos los engaños que le he hecho; además, les digo a todos Ustedes que la mejor PESADA DE NANCE que se hace en toda la República de Panamá es la que se hace en Santiago de Veraguas, con los nances recogidos por mi familia, en los potreros de don Luis Fábrega y con la totuma de calabaza que me dejó mi madre… Ni los chiricanos, ni los herreranos, ni los santeños pueden hacer una pesada tan rica y sabrosa como la de los santiagueños, porque les falta un ingrediente, que pocos conocen y ese secreto solo lo saben nuestras mujeres, porque se ha trasmitido entre ellas, a través de muchos años».—

Epifanía lloraba de alegría, se secaba las lágrimas que le corrían por las mejillas y, apretando el pañuelo entre sus manos, con un hilo de voz, que apenas se podía escuchar, repetía, repetía, repetía y repetía:

—«Con queso Dora, con queso Dora, con queso Dora».—
Aristides Ureña Ramos
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