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La tertulia de un agnóstico y un ateo.

Dr. José R. Acevedo C.

Coincidieron en una posada, un agnóstico y un ateo, mientras esperan que cese la inclemente lluvia diluviana, que crea ríos incluso en la arena.

Viajan con destinos diferentes, pero ninguno pudo contener la fuerza de la naturaleza, aun cuando la pudieron prever al visualizar grandes nubes, azules, pesadas y oscuras, como sus ocultos secretos.

El agnóstico, salió con prisa, dejando esposa e hijos, porque sedujo a una menor y la embarazó. Lo más grave es que era casi una hija, al crearla desde muy pequeña, al morir trágicamente una hermana. Sabía, que pronto la Ley, le sería aplicada.

El ateo huía también. Quedó mal con una organización mafiosa, al extraerles sustanciosas sumas de dinero, que él ocultaba o lavaba, a través de un dilema de sociedades, desconectadas entre sí sólo en apariencia. Su vida pendía de un hilo.

Entraron prácticamente juntos. Tenían hambre, sed y estaban cansados. Solo quedaba una mesa desocupada, porque el resto estaban ocupadas por espíritus de hombres como ellos, no podían oír ni hablar. Ninguno notó el silencio sepulcral y la ausencia de movimiento de aquellas siluetas que ilusionaban personas.

No tuvieron más opción que compartir la misma mesa.

Se les acercó el mesero, quien lleva un crucifijo visible, en el delantal.

Preguntó¿ desean comer o tomar algo?
Contestó el agnóstico.–Sí, mientras trae el menú traiga una botella del mejor vino tinto.

El ateo.–Señor, a mi también me trae otra botella del mejor vino y me reserva una habitación para descansar.

El mesero. –Enseguida traigo las copas y la botella. ¿ Señor, refiriéndose al agnóstico, usted también desea una habitación?
El agnóstico.,— Sí, por favor. Ha sido un largo camino hasta aquí.

Pronto regresa el mesero con dos copas y dos botellas de vino descorchadas y sirve la primera copa.

Se habían tomado tres copas cada uno y reinaba entre ellos, el silencio propio de las almas que dejaron el cuerpo mortal.

Se acercó el mesero y les informa.–En unos minutos traigo sus pedidos.

El agnóstico pensando que estaba solo, dijo.—Pobre mesero, ese crucifijo no es evidencia que existe Dios. Es la razón, la que explica todas las cosas y nos permite conocer, disentir, aprender, estar conectados con la realidad. A mí nadie me ha traído prueba de la existencia de Dios, por lo tanto, no puedo sostener que existe.

El ateo, no logra contenerse ante el desconocido y dice.—Dios no existe. No ha existido ni existe ningún Dios. Somos los hombres quienes labramos nuestros caminos. Las religiones, solo han servido para mantenernos esclavos de creencias sancionadoras, si dejamos de cumplir una regla moral. Han mutilado nuestras mentes, les han impedido crecer y nos hacen vivir en absoluta sumisión.

Tu lo has dicho, es la razón la explicación única que tenemos de las cosas. Aunque nos equivoquemos después podemos pensar mejor y probar cada una de las tesis.

El agnóstico.—No digo que la razón impida afirmar la existencia de Dios. Solo afirmo que hasta el momento no tengo pruebas que exista.

El ateo.—Dios no existe. Nosotros somos la razón de todo y podemos darnos nuestras propias reglas.

En el interín se acerca el mesero con los pedidos. Los deja en la mesa y regresa a la barra.

La tertulia fue interrumpida. Ambos empezaron a comer. Al terminar, llaman al mesero para pagar las cuentas.

El mesero.—Señor su cuenta son cincuenta dólares y la suya, es de sesenta y seis dólares.

El mesero recibe un billete de cien dólares de cada uno. Dice—-Enseguida traigo sus cambios.

En ese momento, entró un hombre enmascarado, portando una pistola y pide las pertenencias que tiene en las manos el mesero, quien intenta retroceder para cerrar la caja. En el instante el desconocido hace seis disparos al mesero, que impactan en el crucifijo del mesero y este cae. El desconocido toma los billetes de la mano del mesero y huye del lugar.

Agnóstico y ateo, se acercan al mesero, le dan vuelta y observan que el crucifijo sangra y el mesero está intacto.

El mesero se arrodilla y dijo.—Gracias señor por ponerte de escudo ante las balas. Tú no has querido, señor Jesús que este siervo, te sirva en otro lugar.

Se levanta, va a la caja, saca el vuelto que debe dar a los dos comenzales. Les dijo-‘–Pueden leer lo que dice en la franja superior.

El agnóstico.—En Dios confiamos.

El ateo.—En Dios confiamos.

El mesero.—¿ Creen ustedes que he sido salvado por la razón o por la fe?
Ambos, permanecieron esta vez callados.

Al día siguiente, ambos emprendieron su andar por el mismo camino. Este tenía al fondo una bifurcación. El agnóstico tomará el de la derecha y el ateo, el izquierdo. Antes de despedirse, el agnóstico dice al ateo.—Sobre lo que le sucedió al mesero, no he encontrado un argumento de razón que lo explique.

El ateo.—Y no quedó herido y el sangrado de la imagen. No se que decirte.

En eso al agnóstico se le cae un billete de veinte dólares y lee.—En Dios confiamos.

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