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La seguridad nacional en medio de la Pandemia |

La seguridad nacional es un asunto de todos que debe garantizar la tranquilidad de los panameños, pero solo puede asumirse esa responsabilidad colectiva con eficacia, en la medida que lo que tengamos que preservar nos pertenezca a todos. Por tanto, debemos estar claros en que el uso de la fuerza debe ser únicamente para enfrentar a los que atentan contra la seguridad nacional, pero nunca, como se ha hecho en los regímenes que acaban de pasar, contra nuestros propios ciudadanos y personas que son los propietarios del país. Como dijo Simón Bolívar: “El soldado que apunta su arma contra su pueblo es maldito”.

El pueblo no es enemigo de la Fuerza Pública. La Fuerza Pública no está para hacerle o aplicarle la guerra al pueblo, ni está para recuperar la confianza en acciones o labores de acción cívica que deben hacer otras instituciones. Ella está para cumplir con mucha responsabilidad su función de proteger y servir y no para agredir a nuestra gente sencilla y trabajadora, por muy humilde que sea. Ahora nos enteramos con pelos y señales que quienes durante una década nos debieron dar seguridad, verdaderamente nos expusieron al vilipendio, al escarnio, a la deshonra y a la vergüenza, pues ocupaban los altos cargos, patrocinados por sus jefes políticos, para seguir el ejemplo de corrupción de sus jefes y cometer toda clase de delitos. Es decir que nos toca cuidarnos imperativamente de los que nos cuidan.

Omar Torrijos en una carta que dirigió en mayo de 1972 AL Senador Edward Kennedy, le escribía: “El gobierno era un matrimonio entre fuerzas armadas, oligarquía y malos curas, y como los matrimonios eclesiásticos no admiten divorcio, aquella trilogía de antipatriotas parecía indisoluble. El oligarca explotaba los sentimientos de vanidad y lucro de ciertos militares, incluyéndolos en sus círculos sociales, e incluyéndolos también en las participaciones de sus empresas. El militar prestaba su fusil para silenciar al pueblo y no permitir que la clase gobernante fuera “irrespetada” por la chusma frenética, como llamaban al pueblo, y los malos apóstoles de la Iglesia bendecían este matrimonio, para sentarse a la mesa como invitados y poder disfrutar de los beneficios del poder.

Desde que salí de la Academia como segundo teniente, a los 22 años, fui demasiado utilizado para comandar pelotones de fusileros que estaban prestos a silenciar estudiantes, obreros y campesinos. En más de una ocasión, se me despidió, antes de salir para el escenario de los disturbios, con las siguientes expresiones:
“Aplasta a esos subversivos, que pretenden desquiciar la economía no pagando el alquiler de sus casas”.

“Extermina a esos huelguistas, Torrijos, a quienes hemos hecho el favor de dar un trabajo y ahora vienen con las exigencias de un aumento de salario; después que les hicimos tal favor y les dimos de comer, hasta techo quieren para sus hijos”.

“Estudiantes estúpidos, ¿cómo se les ocurre bloquear las calles e incendiar vehículos, sólo porque les faltan unos profesores? En nuestros tiempos, cuando mirábamos mal al director, nos expulsaban”.

Fui creciendo, cronológica, mental y jerárquicamente, llegando a ocupar posiciones de alto relieve en el engranaje de las Fuerzas Armadas. Siendo jefe militar en una zona de grandes desigualdades sociales y económicas, recibí la siguiente orden de parte de uno de los altos oficiales que me comandaban y que posiblemente hablaba por teléfono desde la mesa de accionistas a la cual me referí antes, invitado por la oligarquía:

“Dígale a los campesinos que encierren sus parcelas, que el ganadero, por falta de pastos, tendrá que soltar su ganado”.

No recuerdo, hasta hoy, un solo incidente, en los tiempos en que comandaba tropas especializadas en orden público, en que la razón no estuviera de parte del grupo hacia donde apuntaban nuestras bayonetas. Cuando era capitán, sofoqué un levantamiento guerrillero dirigido por jóvenes estudiantes y orientado por una causa justa. Fui herido. El más herido de mi grupo y también el más convencido de que esos jóvenes guerrilleros caídos no representaban ni el cadáver ni el entierro de las causas de descontento que los había llevado a protestar mediante una insurrección armada. Pensé también, al leer su proclama, que, de no haber tenido el uniforme, yo hubiera compartido sus trincheras. Aquí fue donde surgió mi determinación de que, si algún día podía orientar la suerte de nuestras Fuerzas Armadas, la matrimoniaría en segundas nupcias con los mejores intereses de la patria”. Esto era lo que escribía un militar comprometido, no con la oligarquía, sino con su pueblo.

Los ex jefes de nuestra seguridad nacional, son partes de un proceso penal, vinculados al delito de tráfico de armas y a asociación ilícita para delinquir, por lo que han deshonrado a nuestras instituciones, la confianza que la ciudadanía les otorgó, y esto es el resultado de la concesiones y permisibilidad que los responsables políticos civiles les otorgaron, tal vez, para que, en tanto que también participaban de privilegios y de la piñata pública, no advirtieran el desenfreno de la corrupción que se daba.

Los orígenes del delito no se encuentran por fuera de la sociedad y de la dinámica que la constituye, «la delincuencia» no es una fuerza externa a ella que la amenaza y ataca, las conductas delictuales son ejecutadas por actores sociales, que de esa manera responden en forma inaceptable para los valores y normas de la sociedad a las demandas que ella misma les impone.

Ahora recientemente nos enteramos, que el delito está tan por dentro de nuestra sociedad, que se apropió de los mandos de todas las organizaciones que el Estado le adscribe la responsabilidad de nuestra seguridad.

Debemos cuidar con extraordinario celo, nuestra seguridad, la que nos da estabilidad y la tranquilidad que requiere nuestra sociedad para poder salir del marasmo en el que estamos.

¡Así de sencilla es la cosa!

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