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La Moral del Gallote |


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Se acerca a su presa, una carroña, con olor nauseabundo, la picotea y arranca un pedazo de la carne putrefacta y se la engulle. Un momento después, se limpia el pico profusamente de lado y lado y como si fuera poco, extiende sus grandes alas, en señal de orgullo y satisfacción.

Así es la moral de algunos que, involucrados en toda clase de chanchullos, creen que con hacer un acto caritativo y publicitarlo hasta congestionar y aturdir nuestros ojos y oídos, ello, engrandecido, borraría nuestra memoria de sus fechoría y desmanes y pretenden además, que les elevemos al altar de la aceptación y del reconocimiento público, del que requieren, porque sus obras benéficas son como la limpieza del pico de los gallotes, después de haberse tragado la morrina, es decir, cosa muerta, generalmente animal al que no se ha dado entierro aún, y como está a la intemperie, se llena de moscas, se descompone y se revienta y hiede en extremo.

Y es que extienden también sus alas, tal como los gallotes y se sienten orgullosos de estafarnos, asaltarnos y de empobrecernos.

Una de las formas que utilizan para comerse el cadáver del Estado Moribundo, es convirtiéndose en financiadores de las campañas y luego del triunfo, como si fuera un pacto satánico, el alma de la persona que financiaron, no le pertenece, sino al que lo financió, y el que fue electo no viene, sino a hacer la voluntad del financista, su amanuense, por lo cual el voto popular se difumina y se diluye en la nada, y ello explica las razones del por qué, después de electo, el gobierno no es fiel al pueblo que lo eligió y desnuda también nuestro proceso electoral, que deviene en una gran farsa y un gran zarpazo al erario público.

Como el Estado es moribundo, llevado a esa condición deliberadamente por el poder fáctico, que prefiere su inexistencia, a fin de no tener objeción alguna a sus tropelías, y como si fuera poco de las jaurías de las hienas locales, nuestro Estado le entregó y le sigue entregando a supuestos inversionistas extranjeros, en contrato leoninos e impresentables, nuestras minas, nuestros mejores negocios, la generación eléctrica, su distribución, los puertos, el ferrocarril, las fruteras, el oleoducto, las comunicaciones, las construcciones de mega obras, a cambio de coimas a los que han gobernado, en desmedro de nuestros ciudadanos y de lo cual existen pruebas irrefutables que nuestra justicia ha preferido ignorar perversamente, no obstante en otras latitudes, han sido investigados y encontradas toda clase de evidencias y para enrostrarnos nuestra dramática condición, lejos de sancionarlos, los siguen contratando, aquellos de subvirtieron el orden jurídico, la moral y envilecieron todo, para nadar en sus propias aguas, porque aquí se premia a los delincuentes confesos.

Da mucha vergüenza y pena, sentirnos tan desamparados de un sistema judicial, que privilegia a los grandes maleantes, pero que, se vuelve perseguidor implacable del que se roba una gallina o llega a casar tres iguanas, y dentro de su código moral, pretenden que los reconozcamos, a pesar de su grande ineficacia, como útiles, a pesar de que representan, solo en funcionamiento, más de 160 millones de balboas anuales del presupuesto nacional.

La moral, sin respeto a Dios, es simplemente una palabra hermosa sin contenido, vacía. El saber que tarde o temprano tenemos que rendir cuentas de todos nuestros actos, y que seamos sabedores de que quien desde su corazón se proponga hacer el bien y no procurara el daño a nada, ni a nadie, que haga lo correcto, lo miren o no, es lo que, terminará teniendo una diferencia entre la moral auténtica o la moral del gallote, aquella que abrazaron como su religión, los que han vuelto morrina al cadáver de la patria.

¡Así de sencilla es la cosa!

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