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Escandalosa Indolencia.|

 


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Hace casi dos años atrás, tuvimos noticia de la situación de eventual pandemia que podría afectar a nuestro país y a los panameños. Pero, como casi siempre, pocos lo tomaron en serio, a pesar de las advertencias que algunos señalaban sobre la conducta licenciosa de algunos que incluso desafiaban con su irresponsabilidad la peste que se aproximaba.

Como si tuviéramos un caparazón que nos cubriera de seguridad infinita, recuerdo que algunas voces advertimos de la imprudencia de celebrar carnavales, pero muchos pensaron que tal situación que se vivía en China, no pasaría de ese confinamiento. Después las investigaciones arrojarían resultados que demuestran que el coronavirus que produce el COVID-19 estaba presente en las aguas residuales en Italia desde antes del mes de octubre de 2019.

Después, vino el caso del Director del Colegio de Alcalde Díaz, Norato González, quien murió el lunes 9 de marzo de COVID, sin saberlo, porque su diagnóstico fue de una fuerte pulmonía, lo cual indica la falta de alerta para poder reconocer la peste y se sabe que fue víctima de un contagio importado de un colega que hizo por esos días un recorrido por varios países europeos, pero algunos sostienen que ya el virus estaba aquí, incubando entre muchas personas, sin saberlo.

Después de otros casos, se aprueban protocolos y se inicia la realización de pruebas de detección en el Instituto Conmemorativo Gorgas. Se adoptan medidas cuarentenarias por parte del gobierno, pero se mantiene abierto el aeropuerto, fuente principal de la importación de la contaminación por demasiado tiempo, porque no fue sino, hasta el 22 de marzo cuando se toma la decisión del cierre del principal aeropuerto internacional de pasajeros, aunque la principal empresa de aviación se resistía a tales medidas, porque privilegiaba la permanencia de su negocio.

A casi un año y diez meses de tales decisiones en las que faltó disciplina, firmeza, coherencia, tanto del gobierno como de la población, y en el que el país ha funcionado a punta de deuda externa y de emisión de bonos, que el gobierno ha informado a la población, consiste en más de 42 mil millones de balboas, cuando asumió la gestión el 1 de julio de 2019, comprometidos más de 20 mil millones por las dos últimas administraciones, habiendo dejado deudas por pagar por más de 5,308 millones de balboas, además de un déficit fiscal de casi 2,000 millones de balboas, y comprometidos por la actual administración, préstamos en los últimos 18 meses, por 14,776 millones de balboas de recursos de crédito externo. Es decir, que, rondamos la totalidad de la deuda pública externa en 42 mil millones de balboas, lo cual excede ampliamente el 70% del PIB y nos arrima a una orilla peligrosa, sin embargo, ante tal drama majestuoso, no hemos visto una conducta mínima de disciplina fiscal, financiera y de auténtica solidaridad humana que, se corresponda con la situación sobrecogedora que vivimos.

Los préstamos que se han solicitado en esta administración, no han sido para desarrollar obras, sino deudas nuevas para pagar deuda pública vieja, mucha de la cual fue objeto de rapiña, malversación y la más amplia corrupción. Decía al respecto William Taft (el cual no es santo de mi devoción), con motivo de desentrañar la obligación de Costa Rica para pagar la deuda oscura contraída por Tinoco en 1917 con un Banco inglés, que: «El banco debe demostrar que el dinero se prestó al Gobierno para usos legítimos». Es evidente que los acreedores que concedieron préstamos a los dos últimos gobiernos panameños, saben perfectamente y son incapaces de demostrar «que el dinero se prestó al Gobierno para usos legítimos», porque el dinero sirvió principalmente para la danza de millones en muchas obras super sobre preciadas, y tal como ha sido evidenciado en muchas latitudes en donde se ha investigados la corrupción panameña, (Brasil, España, Andorra, Suiza, Italia y Otros), porque aquí el poder real no ha permitido una prístina investigación hasta ahora, lo cual ha configurado un trágico y vergonzoso encubrimiento, que ha terminado por proteger las coimas que fueron multimillonarias y facilitado reembolsar a los bancos extranjeros de los principales países prestamistas, que son también responsables de semejantes hechos contra nuestra economía nacional, porque esa deuda se concedió con la condición de implantar políticas contrarias a los intereses del país y por tanto la misma es ilegítima. Es más, gran parte del dinero prestado, ni siquiera ha llegado físicamente al país, sino que fue transferido directamente a nuestros “acreedores”, para pagar interés sobre intereses, lo cual impide la pretendida reactivación económica que nos es imperiosamente necesaria.

Por otra parte, mientras que la empresa privada, supuesta a reactivar la economía nacional, redujo personal por la suspensión de más de 400 mil contratos de trabajo. La mayoría de las empresas laboran con medias jornadas o intercaladas en la semana que reducen el salario de los trabajadores al 50%, no obstante las obligaciones con el seguro social y acreedores no son proporcionales al salario, sino al monto total de obligaciones mensuales, como si el salario alcanzará el 100% lo que significa una disminución sustancial para poder sostener a sus familias, y entre tanto tengan el contrato activado, aunque sea en esas condiciones, no califican para ningún apoyo del gobierno. Pero resulta que, en el Estado, como si el río de los recursos estuviera boyante, nadie de los altos funcionarios que gana más de 3,500 balboas mensuales se ha sensibilizado ante el drama financiero del Estado y del tétrico drama que vive la mayoría de los panameños. Así la mayoría de los funcionarios públicos, especialmente los que ganan más, lejos de solidarizarse con sus hermanos, sin trabajar, han cobrado durante un año y diez meses, sin trabajar, y sin que de ellos salga algún gesto de compasión, piedad o solidaridad con los que llevan la peor parte de este drama.

Esta crisis sanitaria vino a exponer de cuerpo entero la indolencia absoluta, la falta de humanidad y nos deja claro hasta dónde está diseminada, profusa y profundamente en cada uno de nosotros, la avaricia, la ambición desmedida, la mezquindad y la falta de fraternidad y humanidad, en momentos en que nos acercamos a la trágica cifra de 7,500 compatriotas, víctimas del COVID-19, que ha resultado, con todas sus consecuencias, quizás menos perverso que, lo que anida dentro de nuestros corazones.

Todavía estamos a tiempo de arrepentirnos y buscar con la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, el sendero de los valores y podamos rescatar los principios del amor que le dan la única justificación válida, a nuestra existencia, antes de dejarles a nuestros hijos y nietos, una impresentable herencia de inmerecidas obligaciones y esclavitud.

¡Así de sencilla es la cosa!

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