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El discurso y el método

Pedro Luis Prados S.

Con un magistral dominio de los recursos del lenguaje, el desaparecido filólogo Umberto Eco demostró la capacidad que tienen las listas para simplificar o suplantar los recursos descriptivos o narrativos en la comunicación. “El libro de las listas” es el ejemplo de cómo la enumeración y reiteración de eventos, cualidades o caracteres pueden conformar con ideas diversas una noción aparentemente homogénea de una situación compleja. El presidente Laurentino Cortizo, tal vez contra su voluntad, practicó ese peligroso ejercicio ensayado por Eco de fragmentar los eventos para recomponer la realidad. Podría pensarse que el discurso que serviría como prólogo al tercer año de mandato del actual presidente equivaldría a una declaración de principios que iluminaría un camino de correcciones, propuestas concretas y necesarias reivindicaciones. Para la sorpresa de pocos y para divertimento de muchos los pliegos jaculatorios no tenían nada que ofrecer y mucho menos apetecer, porque en el fondo no ha hecho más que reiterar lo que sus ministros y equipos de publicidad han venido repitiendo durante dos años de nebulosa gestión.

Para los que creyeron de buena fe que esta sería la ocasión para recoger el cúmulo de experiencias catastróficas de los primeros dos años; de depurar el personal allegado que ha empañado de forma escandalosa la administración; de fortalecer la institucionalidad administrativa, judicial y constitucional; de enunciar políticas públicas viables en materias sensibles como educación, salud y trabajo capaces de reubicarnos sobre los rieles de una recuperación en aquellos aspectos más sensibles de la vida colectiva y de otras tantas falencias que igual podríamos poner en una lista, su discurso ha tenido como ejes transversales un informe sobre la pandemia; los avances y alcances del programa Panamá Solidario; una larga lista de infraestructuras educativas y viales en proceso o por ser realizadas; un Plan de Reactivación Económica sufragado por la inversión extranjera y la colaboración pública-privada y la justificación y beneficios del contrato con Panama Ports. Obviamente, quedó por fuera lo que miles de panameños esperaban, temas como el apadrinamiento de las operaciones dudosas realizadas por sus allegados; la explicación del descomunal endeudamiento y la carencia de informes transparentes sobre su uso; la enajenación de los bienes estatales como solución a los problemas y la apología de las concesiones y privatizaciones como motor de desarrollo.

Entendemos que llegar a la Presidencia de la República es un gran honor y un enorme desafío; que los problemas son muchos y los recursos para solucionar son pocos; que las contradicciones afloran a cada paso y los opositores abundan. También entendemos que no todos pueden lucir la distinción de “Estadista” que iluminó gestiones como las de Belisario Porras, Harmodio Arias y Ernesto De la Guardia o de “Gran Dirigente” como la ostenta Omar Torrijos. Lo que sí sabemos es que la representación que los ciudadanos colocaron sobre la cabeza del elegido no puede ser transferida, delegada o sustituida al antojo de quien acepto la responsabilidad. Ese ausentismo que ha caracterizado los dos años de gobierno se refleja también en el gran ausentismo conceptual del discurso que sobrevuela sobre un hipotético deber ser y no concreta en los imperativos de una realidad acuciante.

Peligrosamente situado entre el irracional festín carnavalesco y de despilfarro de la administración Martinelli y la actitud de adolescente irresponsable y obsecuente de Varela, el gobierno Cortizo no ha podido sustraerse a las vicios acumulados y de las prácticas establecidas, replicando los mismos males y provocando la igual actitud de escepticismo e ironía de la ciudadanía, con el agravante que su electorado, aunque no caudaloso, esperaba la vuelta a los grandes proyectos de integración y bienestar social gestados por el General Torrijos. Por eso en esta ocasión las expectativas giraban en torno a un discurso que anunciara un proyecto de reconstrucción nacional sobre la base de un compromiso capaz de darle un nuevo rumbo a su gestión en los próximos tres años y sustraerse del remolino de desprestigio que envuelve las dos anteriores. En cambio, la nota destacada para el cierre fue la enumeración de los indicadores económicos estimados por los Organismos Financieros Internacionales sobre el crecimiento económica, a sabiendas —y eso es mala fe— que el crecimiento económico no es garantía de igualdad ni de desarrollo social.

Insustancial y fragmentario el documento refleja las carencias de políticas públicas planificadas y consensuadas que permitan un avance cuantitativo y cualitativo para superar la crisis heredada de gestiones precedentes; por el contrario, evidencia acciones aisladas encaminadas a apagar incendios por la combustión interna acumulada. Los logros reales obtenidos por el programa de vacunación y la lucha contra la pandemia, fue opacado por el afán de exaltar los logros de una política económica que a fin de cuentas ha revertido muy poco en los sectores populares.

Entretenido y fantasioso, pero sin llenar expectativas, el discurso presidencial cumplió su cometido de “informar”, pero no llegó a los niveles necesarios de una autocrítica y de un programa de reformulación de lineamientos encaminados a lograr los cambios que demanda la sociedad. René Descartes, el padre del pensamiento moderno, trazó en su breve obra “El discurso del método” un procedimiento para alcanzar la verdad científica de manera clara y transparente; todo lo contrario, a nuestros políticos que parecen haber diseñado un discurso para confundir el método y con ello la verdad.

La solemnidad de un discurso presidencial es, y así es considerado por politólogos de renombre, un documento que constituye una declaración de principios, lineamientos para una acción de envergadura o de políticas públicas, Cada supuesto o afirmación cuenta como un plan a seguir o trayectoria que tomar. De su claridad y precisión depende el rumbo que tomen las decisiones gubernamentales y la actuación de la ciudadanía. No se trata de allanar un compromiso ni enlistar acciones pasadas, para eso están los informes administrativos. No es asunto de acusaciones y recusaciones, de dime y diretes como fue la tónica en las pasadas administraciones. Es un documento que debe definir el rumbo que debe seguir el país, de explicar a la ciudadanía el camino a seguir para lograr el mayor bienestar posible y garantizar que aquello que se hace o hará, es una decisión producto de la reflexión tomando en consideración los mejores intereses colectivos. Con ese sabor popular que sabía darles el General Torrijos a sus expresiones, es bueno decir las cosas sin grandes retahílas, porque el pueblo que en el fondo es malicioso y todo lo sabe prefiere el: “¡díganme lo malo, porque lo bueno ya lo sé!”

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