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El casimir azul marino.|

 

Por: David Carrasco

En 1968, yo había recorrido todos los almacenes, bazares y tiendas en la Avenida Central y en la bajada de Salsipuedes, en la ciudad de Panamá, en busca de un pantalón azul marino, pieza fundamental del uniforme del Instituto Nacional. Sin embargo, los esfuerzos para hallarlo fueron inútiles. Simplemente, se habían agotado en los inventarios.

Ninguno de los sastres conocidos (Sullivan, Barría, Corro y un cojo revolucionario que tenía su refugio en el populoso barrio de Calidonia) pudieron ayudarme. Aquel cojo, quien solía levantar sus muletas contra el oprobio, me desanimó en la búsqueda emprendida.

Entonces, acudí a uno de los mejores sastres de Panamá, el maestro Silvio Repetto, quien tenía su sastrería a un costado del desaparecido Cine Bella Vista. Yo conocía a su hija Inés y me atreví a solicitar su apoyo urgente para completar el uniforme, sin el cual el rector Arturo Wolfschoon no me habría permitido ingresar al centro educativo.

El sastre respondió:

— Tienes suerte. Me queda un retazo de un casimir con ese color, que en la actualidad no tiene tanta demanda.

Don Silvio subió el primer peldaño de una pequeña escalera y retiró una caja de cartón que estaba sobre un estante. Con destreza italiana, extrajo el último tramo de un rollo de tela. En la caja de cartón que resguardaba el contenido, se leía claramente el lema Made in India, aunque era una mercancía importada por una empresa británica.

Con su cinta métrica, el sastre tomó las medidas correspondientes y en un plazo de dos días estuvo lista esa valiosa pieza del uniforme, que empecé a lucir cuando se abrieron las puertas del plantel en un período de gran turbulencia política y social.

Una profesora presumida que no mantenía una comunicación armoniosa con la mayoría de los alumnos rebeldes, me observó con una mirada escrutadora y comentó con aire burlesco:

-¡Qué tela tan rara! Parece una cortina de cine de barrio.

Comprendí el trasfondo de sus palabras y mi dirigí a ella con respeto:

— Es un casimir legítimo. Proviene de la lejana Cachemira. Es la misma fibra textil con la que confeccionaron los pantalones utilizados por Jawaharlal Nehru cuando proclamó la Independencia de la India en 1947.

La docente siguió su camino con un gesto de menosprecio por los valores estéticos orientales. Debido a que la tela azul marino era diferente a todas las demás, algunos compañeros de clases dotados de un excelente buen humor me bautizaron con el remoquete del “hombre del casimir”.

La resistencia a los rigores del tiempo de aquel tejido importado fue puesta a prueba en octubre de ese año, tras el golpe de Estado. En una refriega, en los predios del plantel, un policía a quien otro estudiante le lanzó una piedra que rozó su hombro, cargó su carabina M1 Garand y empezó a dispararme mientras yo corría hacia la entrada del Instituto. Otro agente vestido de civil me disparó una ráfaga con una ametralladora Thompson.

La mayoría de los proyectiles arrancaron fragmentos de las paredes exteriores del Instituto y me llenaron los ojos de arenilla. Tropecé y caí a tierra, cerca de unas plantas ornamentales. Tendido boca abajo sobre el suelo, escuché la voz de un institutor asomado a la ventana superior. El chico gritaba:

— ¡Mataron al compañero del casimir! ¡Lo han matado!

Luego, oí la voz del condiscípulo Luis “Lucho” Arias, quien suponía que yo estaba gravemente herido o muerto cerca de las esfinges de bronce.

Un grupo juvenil acudió a mi rescate y todos empezaron a revisarme. Increíblemente, no tenía heridas visibles y el casimir estaba intacto. Una alumna cuyo rostro yo no podía ver con claridad, me llevó al baño para lavarme la cara, mientras proseguían los enfrentamientos en las calles.

Dos días después fui detenido por agentes vestidos de paisanos. Uno de ellos me sujetó fuertemente por la parte inferior del pantalón, y le dije:

— No podrá romperlo, porque es un casimir. ¡Sépalo de una vez!

Con ese uniforme, participé en 1970 en los diálogos con el general Torrijos, para la liberación de los presos políticos en Panamá y trazar la ruta de liberación nacional. La tela jamás se rompió, ni siquiera cuando los institutores fuimos capturados ese año en la base de Río Hato por soldados estadounidenses que custodiaban esas instalaciones militares.

La madrugada del 1 de octubre de 1979, yo estaba en el Puente de las Américas, para transmitir en directo desde una unidad móvil de la radioemisora estatal Radio Libertad el momento en que el Ministerio de Obras Públicas (MOP) asumía el control de esa estructura, en cumplimiento de los Tratados del Canal “Torrijos Carter”, de 1977.

No obstante, la memorable ceremonia se demoró debido a que un trabajador asignado para desmontar en la cúspide la bandera de Estados Unidos, empezó a titubear en el cumplimiento de la misión encomendada. Temía que un racista “zonian” (residente en la antigua Zona del Canal) le disparara con un fusil de alta potencia con mira telescópica incorporada.

Me acerqué a ese hombre temeroso, y le hablé al oído:

— Comprendo lo que sucede: usted no tiene los pantalones correctos. Le falta un casimir azul marino. Si no sube a lo más alto del puente ahora, todos sabrán que hay un cobarde aquí. Es mejor que ascienda y evite una vergüenza. Finalmente, el individuo se calmó y retiró el emblema extranjero.

Ese día, en el que fue recordada la tela irrompible, marcó un hito en la historia. Por primera vez, la bandera tricolor panameña ondeó en solitario sobre el Puente de las Américas, y había allí varios institutores como testigos del fruto de la lucha soberana y el coraje de todo el pueblo.

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