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De la sencillez a la complejidad.|


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Cuando aún era un niño, en mi casa en la Atalayita de la Colorada, en Los Santos, ocurría en este tiempo, que teníamos en el sitio de la casa, como veinte árboles inmensos, llenos de diferentes variedades de mango, entre ellos de Calidad, Torcazo, Papaya, Capurí y Morado, algunos de los cuales aún permanecen, después de casi 60 años. Había también, tres árboles grandes de mamones, guanábanas, ciruelas micoyas, traqueadoras, tamarindos, palmas de coco, pixbaes, plátanos, guineos manzanos, patriotas, y hasta guineos chinos y morado, pitaya, achiote, marañones, nance y plantas de adorno, entre ellas, clavellinas, margaritas, papos rellenos, bouquet de novia, dalia, jazmín, rosas y bandera española y debajo de los árboles se asentaba un trapiche de dos bolos y un fondo grande, donde se cocinaba la miel que se vendía y para el consumo nuestro.

En la inocencia del campo, floreció la exuberante belleza del vergel. Los pájaros de distintas clases alegraban con su trino el silencio inexpugnable de la naturaleza. Se escuchaba el relincho de los caballos en el potrero y el bramido del ganado cuando quería sal y encerrábamos los terneros para ordeñarlos al día siguiente, muy temprano.

Las gallinas, correteadas por el gallo y cuando ponían un huevo en el nido o los pollitos piando detrás de la gallina en el corral o el potrero, eran los melodiosos sonidos que, junto a un radio, el primero en aquel entonces que existía en esa región, que solo recibía la señal de amplitud modulada, y que cuando estaba por llover se escuchaba un cucarachero que interrumpía la emisión por causa de las tormentas eléctricas y los truenos.

Camino a la escuela de Chupá, con siete años de existencia, cuando regresábamos a casa, nos topábamos con algún árbol de mango y lucía alguno maduro que se veía desde lejos, con un color que aceleraba las glándulas del gusto y excitaba al paladar. Y alguien decía aquel mango, yo lo ví primero, y luego yo en silencio buscaba un buen garrote y lo tumbaba, pues tenía, buena puntería, y cuando corría a cogerlo, me gritaba la persona, ese mango es mío, y yo le preguntaba por qué, si yo fui el que lo tumbé, y la persona me increpaba que, él lo había visto primero. Eso pasó algunas veces, hasta que me costó encarar lo que me parecía una perfecta injusticia y no hay duda que eso lo usó Dios para forjar mi carácter.

Mientras la humanidad entera, se enfrenta a Coronavirus, que ha infectado a más de 220 millones de personas en todo el mundo, mientras que el número de muertes supera los 4 millones y medio. La Agencia Espacial Norteamericana, NASA, hace un año atrás, ha presentado los Acuerdos de Artemis, un conjunto de normas y reglas para la exploración de la Luna. La agencia espacial de EE.UU. espera que otros países aprueben el documento y exploren el satélite de la Tierra bajo las mismas condiciones, es decir, nos someten a todos a unas reglas en donde ellos se aseguran y preservan sus intereses en menoscabo nuestro.

Los acuerdos, establecen a raja tabla un reparto de la luna y del espacio sideral, y estipulan también, la extracción de recursos, la creación de bases y la protección de los lugares de aterrizaje de las misiones Apolo. En total, el documento establece 10 principios básicos para la exploración de la Luna, en los que, al resto de países, sumergidos en la angustia por la virulencia, son absolutamente desconocidos, ante la privatización de espacio extraterrestre.

Tenía yo 20 días de nacido, en aquel campo de la sencillez, cuando el 4 de octubre la antigua Unión Soviética, venciendo todo obstáculo, abrió para la humanidad la posibilidad de la conquista del espacio para fines pacíficos de la humanidad. Un mes después, el 3 de noviembre de 1957, fue una perra espacial soviética, Laica, que se convirtió en el primer ser vivo terrestre en orbitar la Tierra y tres años y medio después, el 12 de abril de 1961, ocurrió la hazaña en la que el primer ser humano, Yuri Gagarin, le dio una órbita entera a la tierra y regresó, habiendo resuelto el hombre el gran desafío de habitar un lugar donde no había ni oxígeno ni gravedad alguna, aterrizando al sureste de Moscú en un lugar llamado Saratov.

Pareciera que la crisis actual no amilana a los que están repartiéndose los despojos del mundo entero. Es alucinante, los grados de locura a los que hemos arribado como sociedad. Y tal como me ocurría cuando era un aún un niño, absurdamente hay quienes dicen que quienes han visto alguna fruta, en este caso los recursos del espacio sideral, ellos son los dueños.

Cualquier conocimiento o riqueza que pudiera derivarse de la conquista espacial, no puede ser objeto de un macabro y cruel reparto entre los montes, por causa de la avaricia y amor por el dinero, sino que debe ser la ocasión para hacer justicia en la tierra y reconocer, que ninguna seguridad aislada es posible, como vivir eternamente en una burbuja, sino que tendremos que convivir, y esa convivencia solo es posible en la medida en que exista igualdad y dignidad humana garantizada para todos.

¡Así de sencilla es la cosa!

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