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Vivencia y testimonio sobre Dora Alexandra en y desde Panamá.

Por: Julio Yao Villalaz

 

Dora Alexandra, la más importante declamadora de Colombia, llegó a Panamá a fines de 1972, con referencias excelentes del primer poeta negro y marino del hermano país, Jorge Artel, mi hermano espiritual y maestro de poesía, que había llegado a Panamá por segunda vez en la década de 1950, cuando yo recién salía de la secundaria y ya tenía un ramillete de poesías.  A Jorge Artel se le mencionaba a la par de los cubanos Nicolás Guillén y Regino Pedroso.  Estamos, pues, ante tres poetas descendientes de negros.

No había escuchado declamar a Dora, pero no dudaba un segundo de su calidad interpretativa.   Yo era Asesor personal del Canciller y jefe de las negociaciones para un nuevo tratado del Canal, Juan Antonio Tack, en el gobierno del General Omar Torrijos.

El Ministerio de Relaciones Exteriores organizó un recital de Dora en el Paraninfo Universitario entre septiembre y octubre de 1972.  El gobierno de Panamá   ya había definido un rumbo nacionalista rumbo al Tercer Mundo.

Dora, que sabía por Jorge Artel que yo escribía y tenía publicada una obra, El Canal de Panamá, Calvario de un Pueblo, leyó mis versos y encontró mi Epitafio a Camilo Torres, el sacerdote guerrillero de Colombia, consistente en sólo diez versos octosílabos, escrito tan pronto lo mataron en combate en 1966.   A Dora le llamó mucho la atención mi Epitafio a Camilo y me preguntó si lo podía desarrollar.  Así hice, y escribí cinco estrofas adicionales, para un total de 60 versos en décimas para ser cantadas.  Dora Alexandra estaba feliz con la poesía porque le quedaba muy bien a su estilo y a su sensibilidad social.

La noche del recital fue apoteósico y de un delirio patriótico como nunca se había visto en Panamá.  Declamó poesías de los poetas panameños Gaspar Octavio Hernández, Demetrio Herrera Sevillano, Demetrio Korsi y Rogelio Sinán.  De los colombianos Jorge Artel, Porfirio Barba Jacob, José Asunción Silva.  De Alfonsina Storni de Uruguay.

Sobre todo, me hizo un homenaje y me presentó como poeta por primera vez al declamar mis poesías: “Lloras, Panamá Querida”, “Manos que Amasan el Día”, “Desnudo en hambriento Llano”, “¡Llegaron los Carnavales!” y “Canto a Camilo”, basadas mayormente en la matanza del 9 de enero de 1964 por el ejército de Estados Unidos.

Fue algo de admirar que un gobierno de origen militar aplaudiera especialmente el Canto a Camilo, que era un canto a la lucha armada, una poesía “subversiva”.

Esa noche, el Canciller Tack, sumamente emocionado y agradecido por su desempeño, le ofreció a Dora Alexandra la nacionalidad panameña y le pidió que fuese embajadora cultural de Panamá donde se presentase.

Cuando Dora llevó este poema a Colombia, gustó tanto que el M19 lo hizo su himno y a mí me incluyeron en antologías de poetas colombianos.  Allá decían que esa poesía no podía ser escrita sino por un poeta de Colombia.  En Panamá, en cambio, pocos saben que escribo poesías.  Nadie es profeta en su tierra.

En 1975, en Bogotá se celebró un certamen internacional de declamación de países hispanoparlantes, y allí se presentó Dora Alexandra.   El concurso atrajo a competidores de Latinoamérica, Europa, África y Asia, y duró varios meses, siendo televisado.   Estando en Panamá, recibí una llamada inesperada de Dora Alexandra en la que me contaba que acababa de declamar su última poesía para deslindar si era ella o la concursante de México la ganadora, entre cientos de declamadores.

A Dora Alexandra le dieron el segundo puesto en medio de una gran protesta del público, que la sentía como la verdadera ganadora. Pero Dora se sintió que había ganado. Después supe que, en esa época en Colombia, una poesía como el Canto a Camilo tenía que ser vetada como subversiva o terrorista.

Dora me relató que, estando ella de gira en Venezuela, donde era docente universitaria, asistió en compañía de sus alumnas a un recital que ofrecía la eximia declamadora argentina Berta Singermann.  De pronto se levantó un murmullo de entre el público que asistía al Hotel Caracas Hilton, que pedía que Dora declamara.  Ella no quería, pero lo hizo ante tanta insistencia.

Conmovió tanto su presentación que la propia Berta Singermann exclamó, ¡ya puedo morir en paz!, declarándola como su heredera.  La argentina de origen alemán le dedicó su Repertorio, y yo pude ver la dedicatoria que le hizo.

 

 

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