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 Una Industria en Crisis

Por Pedro Luis Prados S. in memorian

Humberto Eco.

 

El lenguaje es una construcción humana que se transforma, flexibiliza y adecua a las necesidades comunicativas de cada época, cultura y sociedad. Maleable y cambiante adquiere significados de acuerdo al contexto y a cada situación, lo cual permite su uso para desvelar la verdad, pero también para encubrir la mentira. Umberto Eco hurgó en esas posibilidades haciendo uso de la polémica medieval sobre lo que se llamó «los universales», argumentos que sostenían por un lado que las cosas eran reales porque las designaba el lenguaje (nominalistas) o que el lenguaje era verdadero porque describía la realidad (realistas).

Hago esta disgresión porque en ocasiones me han preguntado sobre el significado oculto que el escritor italiano da al título de su novela El nombre de la rosa, esa extraordinaria obra que a Borges le hubiera gustado escribir, ya que esa novela ahíta de fanatismo religioso, persecución, crimen y muerte lo que menos tiene son flores y jardines. En uno de esos juegos semánticos el autor nos remite al padre de las letras inglesas, quien en un pasaje de Romeo y Julleta juega con esa divergencia conceptual que separaba a los filósofos del medievo:

«Mi único enemigo es tu nombre

Tú eres tú, aunque no Montesco

¡Qué es Montesco? Ni mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni

ninguna otra parte que te corresponda como hombre

¿Qué está tras un nombre? Lo que llamamos una rosa por

cualquier otro nombre olería tan dulce. »

Con esa sencilla expresión de la amada, Shakespeare elabora todo un discurso sobre la ubicuidad del lenguaje que luego Eco utiliza para armar una trama sobre la lucha entre el escolasticismo y el empirismo en la Europa del siglo XIV. En nuestros días, con el desarrollo tecnológico expandiéndose sobre las formas de comunicación, es frecuente el uso de esa ambivalencia de las palabras y persiste la tentación de cobijarse bajo un lenguaje adecuado a las situaciones y de común aceptación. Hay quienes retuercen, estiran y deforman las palabras para lograr los significados deseados y crear un universo a su imagen y semejanza. Se usan palabras y para acuñar nuevos significados o se inventan nuevas frases para encubrir viejos vicios.

Nos enfrentamos a un virus, cuya estructura genética no lo eleva siquiera a una forma de vida, pero que ha puesto en tela de Juicio todo el andamiaje de creencias, formas de vida, ideologías, estructuras económicas y de poder de casi todos los países del planeta, aquello que no ha logrado desarticular, y que al contrario ha dotado de inéditas posibilidades para el ocultamiento de la verdad, es el lenguaje.

Formulaciones ilógicas por no decir absurdas, como la expresión »Nueva normalidad», y que felizmente no ha sido creación local, corre de boca en boca y de texto en texto como anunciación promisoria de una nueva era.

Como los mitos de las globalizaciones repetidos cada siglo; las promesas de felicidad cada año nuevo; el consabido compromiso de paz en cada bendición papal o el discurso reiterado de cero corrupción en cada gobierno, esa «nueva normalidad» se despeña ladera abajo y ofende el sentido común por falaz e ilógica.

Según la Real Academia, normalidad es, »Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural. Habitual u ordinario.

Que sirve de norma … » Argumentar una «nueva normalidad» es romper con los parámetros de la lógica más elemental, no puede haber algo nuevo, si lo que se quiere es la restitución de lo habitual u ordinario. No puede haber cambio si lo que se pretende es volver al estado natural de las cosas. Esa »nueva normalidad» implica una vuelta de nuevo a lo mismo, a lo que se consideraba normal y que debe repetirse, lo cual no es solo una burla a la inteligencia, sino una carencia de visual sobre las situaciones imperantes en el pasado y sus efectos en el presente. Si lo normal era, para millones de seres en el planeta, y para muchos panameños, vivir en la marginalidad, carecer de sistemas de salud, una mala educación, viviendas precarias, mentiras, explotación, rapiña y corrupción, prometer esa nueva normalidad, a menos que se haga de forma inconsciente, no solo destila esa maldad ocasional y desmotivada propia del »bulling», es asumir la premeditación y ventaja para hacer el mal, es ser perverso.

Pero la farsa de los voceros del «nuevo status» no termina allí, en su euforia por volver a «su normalidad» a expensas de la tragedia que abruma grandes segmentos de la población, se han dado a la tarea, apoyados por sus acólitos de la comunicación, de construir una taxonomía ocupacional que sublima aquellas ocupaciones que por no redituar debidamente a la fagocis del sistema o no contribuir al aporte tributario, eran consideradas no productivas.

Esos que, en su momento eran marginales, informales o subempleados, han pasado a ser microempresarios, pequeños empresarios, emprendedores o colaboradores.

La repentina reclasificación hace volar la imaginación del raspadero, el vendedor de legumbres, al taxista, los vendedores en semáforos, cortadores de grama, fondistas, lavautos y miles de otros panameños que antes eran llamados simplemente «camaroneros» en un lenguaje coloquial y que ahora son microempresarios.

En un artilugio semántico, digno de poetas creacionistas, los dueños de quioscos, vendedores de frituras, mecánicos de barrios, llanteros, techeros, plomeros a domicilio, electricistas ambulantes, modistas caseras y expendedores de comidas, técnicos de televisión y reparadores de electrodomésticos son ahora pequeños empresarios.

Estos dignos promotores del capitalismo industrial que, toma forma y vía de desarrollo en estos países gracias a la pandemia, han encontrado en esa redefinición de palabras y conceptos el verdadero camino de sus potencialidades y de la felicidad. Con palabras mágicas de cuento árabe han dejado atrás su condición de proletario marginal y pasado a ser príncipes del capitalismo emergente en el Nuevo Paraíso Pospandemia.

De toda la farsa lingüística que ha hecho de la pandemia un pandemónium, lo que me llamó la atención en principio, pero que luego me ofendió al extremo, fue escuchar las conjeturas de un comunicador social sobre las afectaciones de la enfermedad en la economía y principalmente en algunas actividades. Decía este personaje, con mucho aplomo y conocimiento de causa, que «la industria del reciclaje estaba en crisis» y que eso hacía peligrar muchos puestos de trabajo afectando severamente la economía. La «noticia» me obligó a la reflexión sobre la naturaleza de esta «industria» y me sentí ofendido por los cientos de panameños que viven de la recolección para llevar el sustento a sus casas, que arriesgan su salud y sus vidas en los vertederos de Cerro Patacón, recogiendo botellas, acumulando cartones, clasificando metales buscando día a día un objeto milagroso cuya venta le permita paliar el hambre. Llamar «industria» a una actividad que no enaltece la capacidad productiva y que se alimenta de la miseria es una cínica distorsión del lenguaje a favor de la sobrevivencia de un sistema estructurado sobre la desigualdad social.

Para complacencia de ese creativo comunicador social, hago de su conocimiento que, la única industria en crisis, es la industria de la manipulación y el engaño desenmascarado por la pauperización que ha hecho a los pobres más pobres, convertido la marginalidad en miseria y a la desnutrición en hambruna.

Desconstruir esa serie de mitos y discursos emancipadores que a diario se utilizan para mantener un permanente ocultamiento de la verdad, es el primer paso para el restablecimiento

de otra forma de normalidad, no una nueva normalidad que alimente los viejos vicios del pasado para perpetuarse como mecanismo de subordinación. Ese cambio, esa felicidad no vendrá de la mano sacerdotal en la misa de año nuevo, ni con la emisión de un voto cada cinco años, ni por ley de la Asamblea ni en el discurso promisorio de toma de posesión. Ese cambio de suerte, esa normalidad colectiva deseada, sólo es posible si nos la imponemos como meta, no como concesión graciosa de un gobierno o un sector dominante de la sociedad. Es imponerse una tarea inmensa y larga, que empieza por transformarnos y se convierta en un compromiso que unifique a todos. Debemos convencernos que la suerte no cambia sin que ese cambio surja por una voluntad íntima que impulse nuestros actos con integridad y convicción.

Esa toma de conciencia sólo es posible si asumimos como valores alcanzables la autoestima, la integridad, la honestidad y la convivencia pacífica como el norte para el país en que anhelamos vivir. No es solamente cuestión de palabras ni del aroma de la rosa

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