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RUFINA Y MAMITA SANTOS (II-III).|


Por: Gonzalo Delgado Quintero

Rufina también sabía de Águeda Gallardo y las proezas de la propia Manuelita Sáenz, en el ejército rebelde al lado de Bolívar. Estaba al tanto de la participación de las mujeres y como entusiasta también por la independencia; ella al igual que Policarpa la heroína santafereña, tenían la misión delicada y peligrosa de hacer la inteligencia de los rebeldes dentro de los cuarteles del ejército español. Ambas mantenían a los revolucionarios al tanto de los estados exactos de la fuerza que tenían los españoles. En el caso de Rufina, nuestra heroína santeña, esta misión la llevó a cabo en La Villa de Los Santos, con la diferencia de que nunca fue descubierta, como sí sucedió con Policarpa.

También le contaba Rufina a Mamita Santos que la noche del 9 al 10 de noviembre de 1821, todos estaban muy nerviosos, inquietos, por momentos se sentaba y por otros caminaban. Se encontraban absorbidos por pensamientos importantes. Era necesario definir la lucha, cobrar agravios. Eran momentos cruciales en la que solo había un camino y ese era asaltar el poder, no había otra opción, porque de no hacerlo, el otro camino era posiblemente morir fusilados.

A las tres de la mañana estaba reunida con los máximos líderes del movimiento, Rufina prácticamente dirigía la reunión. Ella durante los días anteriores había sabido de todos los movimientos del ejército español, desguarnecidos por consecuencia del traslado de más de la mitad de los soldados hacia Sur América, lo que abría esa gran posibilidad de aprovechar la frágil defensa que tendrían ante un eventual ataque. Además, el pequeño contingente de soldados que quedaba, no recibiría apoyo de ninguna parte, porque simplemente en la ciudad de Panamá, tampoco había reservas para dar esa asistencia militar.

Los vientos revolucionarios de libertad esparcen el sentimiento de oportunidad que se había ido creando y crecía aun más con la publicación en marzo de 1821 del primer periódico en Panamá, conocido como La Miscelánea que impulsaba la idea de independencia. Este medio informó sobre la ida a Ecuador de Juan Sebastián Mourgeon, quien dejó al panameño José de Fábrega, un simpatizante de las ideas de independencia, a cargo del gobierno del istmo de  Panamá. Un error estratégico de Mourgeon.

Esta y otras circunstancias fueron aprovechadas por varios líderes populares para dar a conocer diferentes publicaciones que alimentaban el sentimiento a sublevarse de inmediato. Francisco Gómez Miró, un líder del movimiento en la capital, dio a conocer un manifiesto hasta entonces resguardado, cuyo contenido promovía la Independencia de Panamá de la Corona Española. Esto provocó la exaltación del sentimiento independentista de los santeños, lo que pronto llevó a la convocatoria del movimiento que terminó en el Grito de Independencia en la Villa de Los Santos;  la primera gesta independentista de Panamá.

Mamita Santos le preguntaba a Rufiana sobre el sentido de esa guerra, y qué se había logrado más allá de las circunstancias de esos años y que aún hoy se observaban en el estado de abandono evidente a pesar del triunfo revolucionario.

La vieja revolucionaria respondía que en la guerra falleció mucha gente  valiosa, pero que hacer frente fue necesario. Explicaba la heroína a su joven discípula que el propio Bolívar le dio la mayor importancia de esa guerra a la libertad. No fue solo un conflicto más; por el contrario, se libraba una guerra cuyo final habría de ser determinante y ambos bandos lo sabían. Un final que marcaba un nuevo principio. Era el punto de inflexión entre la caída de una fuerza imperial, por un lado y la libertad de todo un continente, por el otro.

No se trataba de perder o ganar una guerra más y ya. No fue solo una guerra internacional entre dos países o entre la madre patria y sus respectivas colonias. El final de este conflicto representaba la propia caída del gran Imperio Español. Los revolucionarios entendían que esa era una guerra de liberación que solo terminaría  cuando se ganara, aun muriendo en el intento. Además, era también una guerra civil, entre razas, impuesta por los españoles contra sus hermanos nacidos en América, contra los criollos y al final, contra la gran masa de razas dispersas en diversas regiones a lo largo y ancho de la gran masa continental, que todavía necesita ser liberada.

La Independencia tenía en ese momento su mayor interés solamente en un pequeño sector de la clase alta criolla aristocrática. Pero la indiada resentía todavía más todas las restricciones que imponía la corona que desencadenaba en el origen de la grave situación. Los nativos amerindios recibían trato de animales por los criollos y por los españoles. Esto contuvo en gran medida la participación de este sector étnico, nativo descendiente, en la lucha. En Venezuela por ejemplo, donde la guerra se había prolongado, el indio no le tenía ningún aprecio al mantuano y eso lo sabían los españoles.

Pero la conciencia independentista fue creciendo. La expansión de las ideas de la Revolución Francesa se extendía hasta los territorios americanos. Se hablaba de los derechos del hombre. La igualdad y la fraternidad no era una quimera. La independencia de Estados Unidos ya era una realidad y un gobierno libre e independiente era posible en la América hispánica. Habían surgido el liderazgo necesario con las figuras de Miranda, Bolívar, San Martín, Sucre, Santander y muchos más. El triunfo mexicano en la guerra de independencia en la Nueva España que se mantuvo durante 11 años, fue inspirador y resultaba un ejemplo a seguir; por tanto, en el caso panameño, las condiciones estaban dadas para el gran salto.

Había llegado el momento cumbre. El 10 de noviembre de 1821 en la Villa de Los Santos, el pueblo se reunía, Rufina Alfaro y Segundo de Villarreal guiaban a centenares de voluntarios que ya estaban preparados y armados para tomarse el puesto militar de cualquier manera que les fuera posible.

Es en este momento que Rufina Alfaro; la hermosa joven revolucionaria,  moza campesina nacida en La Peña, una criolla de tez blanca, que para la época tendría unos 20 años, cumplía su última misión de espionaje a favor de los rebeldes.  Le comunicó a Villarreal y a todos los presentes reunidos alrededor de un frondoso árbol de mango de calidad, su plan de tomarse el cuartel por sorpresa, evitando en lo posible un derramamiento de sangre mayor. Rufina había  descubierto la situación en la que se encontraba la guardia. El cuartel estaba tranquilo y desprevenido de todo lo que afuera de sus muros estaba sucediendo. Escuchó el parte que daba un sargento a su superior sobre las malas condiciones del armamento, las pocas municiones y la pólvora mojada, lo que los hacía totalmente vulnerables, quedando en la total indefensión.

Rufina a la vez, replicó ese parte y novedades a Segundo de Villarreal y al resto de los que permanecían en el punto acordado debajo del mango, testigo silencioso de una de las gestas más trascendentales del movimiento libertario que se regaba con más fuerza por los diversos pueblos de América. La joven revolucionaria explicó a todos, lo que había visto y escuchado. Después de que Rufina informó y explicó la situación, ella hizo recomendaciones sobre qué hacer. Invitó a un grupo de los milicianos para que la acompañaran a la vanguardia, en dirección a los puntos que ella consideraba estratégicos para poder incursionar sin mayores obstáculos.

Rápidamente, Segundo De Villarreal ordenó a los revolucionarios marchar con mucho cuidado hacia la ciudad, que rodearan el cuartel y se  tomaran las instalaciones, apoyando a Rufina y tratando de minimizar al máximo cualquier tipo de resistencia. En efecto, encabezados por la joven rebelde se tomaron el cuartel, apresando a toda la tropa española, quienes no pudieron ofrecer resistencia.

Rufina levantando y mostrando un fusil en su diestra, daba la señal al resto de los poblanos que apresurados se congregaban en los alrededores de la plaza. Ella y los patriotas voluntarios se habían tomado el cuartel y con su voz fuerte y templada anunciaba la libertad de la heroica Villa de Los Santos. Un grito que retumbó en el campanario de la iglesia que dirigía un joven cura de nombre José María Correoso, quien por más de una hora mantuvo ese repicar libertario a través de las campanas que no cesaron de tocar en acompasada armonía sonora que se mezclaba con los gritos jubilosos de independencia. La Villa, que había sido el tercer poblado fundado siglos antes por los españoles, precisamente un 1 de noviembre de 1569, el día de todos los santos y de allí su nombre La Villa de Los Santos, ubicada en la costa pacífica azuerense, se convertía en el primero de todos los pueblos del istmo en proclamar la independencia de España.

Luego de la proclamación de la Villa de Los Santos como ciudad independiente del dominio español, el Cabildo Abierto que presidió Julián Chávez, permitió la apertura a todos sus miembros y a los concejales a deliberar acerca de la escogencia de Don Segundo de Villarreal,  como el jefe de las nuevas fuerzas libertadoras de la Villa de Los Santos, confirmado por unanimidad en una  moción expuesta que asignaba al ilustre e infranqueable ciudadano santeño en el cargo.  En ese momento y designado Villarreal, el resto de los ciudadanos en coro unísono, pidieron la presencia de Rufina en el improvisado estrado en medio de la plaza pública.

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