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Perdieron el garbo y también la vergüenza.

Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Una gran parte de la “gente de bien” en Panamá, ha sido arrastrada por la corrupción de alguna manera. Los que se hacían respetar por sus fortunas, ahora no resisten un mínimo audito de sus finanzas a la luz de la ley y la moral.

Vinculados a las más diversas modalidades de delitos como el lavado de dinero, evasión fiscal, doble contabilidad, fraude en general, y como parte de ellos accedió a la dirección política de la administración pública desde hace rato, después de la muerte del General Torrijos, ahora también han sido autores de peculados espantosos, en donde cifras multimillonarios, jamás imaginadas, han sido artificiosamente saqueadas del erario público.

La burguesía comercial y financiera, ha sido marcada por mecanismos purulentos surgidos de la ambición desmedida por acaudalar grandes fortunas, que no han tenido tiempo para ningún miramiento a las formas y guardar algún tipo de reglas morales y éticas.

Toda esta crisis moral de este sector de nuestra sociedad, sin embargo, tiene afincadas las esperanzas que la justicia no tenga ni el músculo ni la moral para poder convocarlos y que paguen por sus fechorías contra el resto de la sociedad. Por eso apuestan a que el Ministerio Público sea aislado económicamente y sometido políticamente para que no prosperen las causas en su contra. Les sobra plata mal habida para comprar las sentencias y ellos saben de las graves debilidades del Órgano Judicial, que ya ellos minaron y cebaron oportunamente para este día.

Sin embargo, muchos están siendo llamados a responder por sus fortunas repentinas y construidas desde el Estado o a costa de éste. Parece que el virus del amor al dinero se incubó de tal manera, que ha resultado en una pandemia dramática, más grave que la COVID-19 que, tiene a algunos huyendo aún y a otros subiendo y bajando escaleras de las fiscalías, que no obstante, moralmente perdieron todo garbo como para mostrarse líderes empresariales de la nación; en donde sintiéramos algún grado de aprecio y consideración por su aporte a la economía nacional.

Su conducta, no sólo es reprochable; es que debe ser condenada, porque su impronta ha expuesto a la nación entera a la vulnerabilidad y nuestras fortalezas resultaron ser debilitadas en extremo por sus desmedidas ambiciones que terminaron destruyendo nuestra institucionalidad democrática y destruyendo también a los partidos políticos que debieron cumplir su papel de orientadores de la sociedad, y en la que todos fueron objetos del vilipendio, envilecimiento y la degradación y hoy no tienen ninguna y muy poca utilidad para rescatar al Estado de la ignominia, pues ellos son parte del gran drama.

La perversión entronizada, la decrepitud, al no ser reprendida en su oportuno momento, se arraigó y floreció hasta arrasar como tsunami, con nuestra nacional identidad y hubo los que vendieron su primogenitura por dinero, y muchas industrias que fueron parte de nuestra flamante historia, ahora son pertenencia de un capital trasnacional que desconocemos su origen, pero de lo que sí estamos seguros es que no comparten aunque lo pretendan y lo finjan, nuestros anhelos como patria, porque lo único que les entusiasma es el verdor de la clorofila y la sinfonía de sus cajas registradoras.  

Esa clase, sin autoridad moral alguna, es la que quiere seguir asumiendo el control del poder político dentro del país. De hecho, controlan las reglas del juego actuales, que deberemos cambiar sin dilación, porque no podemos seguir valorando a la gente por lo que tiene, sin importar cómo, sino por lo que es, por su dignidad, la que el Creador nos otorgó y que no podemos postrarnos ante estos delincuentes, adoradores del dinero y que serán traspasados de muchos dolores por causa de su codicia avariciosa.

Le tocará a los humildes de corazón, a los que casi nada tienen materialmente, a los que fueron eternamente despojados, sacar desde adentro, desde su alma y su Espíritu lleno de amor, humildad y bondad, los elementos necesarios y el esfuerzo para reconstruir con diligencia y perseverancia todo lo que se perdió y es necesario, por nuestra dignidad, volver a restituir. Y que se cumpla aquella palabra que dice: “Dios escogió lo despreciado por el mundo —lo que se considera como nada— y lo usó para convertir en nada lo que el mundo considera importante”.

¡Así de sencilla es la cosa!

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