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Para entender la Guerra de USA e Israel contra Irán

Por: Gerardo Gómez Peña

 

Desmontar la narrativa sobre Irán no es un acto de simpatía ideológica requiere más bien un ejercicio de método. Durante décadas, la maquinaria mediática occidental ha construido una imagen funcional de la República Islámica de Irán: Estado atrasado, misógino, terrorista, aislado y al borde del colapso permanente. ¿Pero qué ocurre cuando uno sustituye el prejuicio por la cronología, el cliché por la estructura, la consigna por la historia material?

Irán no es una caricatura orientalista. Es una nación de más de 90 millones de habitantes, con megaciudades como Teherán que superan los 10 millones y cuentan con sistemas de metro avanzados, infraestructura moderna y un desarrollo urbano comparable al de muchas capitales europeas. Es una sociedad altamente alfabetizada y multilingüe. Y conviene recordar algo básico que la islamofobia mediática suele borrar y es que los iraníes no son árabes, son persas de origen indoeuropeo, herederos de una civilización de más de 4,000 años de antigüedad, una de las más antiguas del mundo junto con la china y la india.

La narrativa dominante insiste en presentar una tiranía misógina. Sin embargo, Irán es posiblemente el país de su región con mayor presencia femenina en universidades, servicio público y medios de comunicación. En ciudades como Isfahán o Shiraz la vestimenta femenina es diversa, la participación profesional es amplia y la integración social dista mucho de la caricatura de encierro absoluto. El uso del velo, además, tiene una historia política: durante la dictadura del Sha fue también símbolo de resistencia frente a la modernización forzada y la represión policial. ¿Por qué esa parte nunca se cuenta?

La hostilidad occidental hacia Irán no comenzó en 1979. A principios del siglo XX, el Imperio Británico explotaba el petróleo iraní mediante la Anglo-Persian Oil Company, hoy British Petroleum, dejando al Estado persa con beneficios marginales. En 1951, el primer ministro democráticamente electo Mohammad Mossadegh nacionalizó la industria petrolera, inspirado en la expropiación de Lázaro Cárdenas. Su delito fue afirmar que el petróleo pertenecía al pueblo iraní.

La respuesta fue la Operación Ajax: golpe de Estado orquestado por la CIA y el MI6 en 1953. Financiamiento de paramilitares, sobornos a militares, guerra mediática para simular un levantamiento popular inexistente, por si se les hace conocido. Mossadegh terminó bajo arresto domiciliario tras un juicio manipulado. Occidente reinstaló al Reza Pahlavi como dictador absoluto. La SAVAK, entrenada por la CIA y el Mossad, torturó y eliminó opositores durante décadas. Esa era la “estabilidad” aceptable. Esa era la preocupación occidental por el “régimen” represor y misógino.

En 1979, la Revolución Islámica expulsó al régimen títere. Desde entonces, la confrontación ha sido estructural. En los años ochenta, Estados Unidos respaldó al Irak de Saddam Hussein en una guerra devastadora. Irak utilizó armas químicas pero Irán no respondió con el mismo tipo de armamento. Décadas después, la acusación nuclear se convirtió en el eje narrativo, impulsado proncipalmente por Netanyahu, pero Irán no posee armas nucleares. El Ruhollah Jomeini y posteriormente Alí Jamenei emitieron una fatwa que prohíbe armas de destrucción masiva. En 2015 firmó el Plan de Acción Integral Conjunto y no olvidamos fue Donald Trump quien rompió el acuerdo en 2018. Mientras tanto, Israel posee un arsenal nuclear no declarado. ¿Quién amenaza a quién?

Pero si algo reveló el año pasado fue que la disputa ya no es solo económica o diplomática sino que es abiertamente militar y desestabilizadora.

Primero vino la llamada “guerra de los 12 días” en 2025: una escalada directa entre Israel e Irán que incluyó ataques a instalaciones estratégicas y respuestas misilísticas de alta precisión por parte de Teherán. Durante doce días, la región estuvo al borde de una conflagración mayor. La narrativa occidental habló de “contención israelí”; lo que ocurrió en los hechos fue un intercambio donde Irán demostró capacidad de disuasión real, golpeando objetivos militares con precisión milimétrica y obligando a recalibrar la ecuación regional. ¿Se suponía que un país “atrasado” no podía responder tecnológicamente?

Superado ese episodio, se activó el segundo frente: la desestabilización interna. Bajo la cobertura de protestas amplificadas globalmente, se intentó construir un escenario de colapso inminente. Hubo movilizaciones legítimas por tensiones económicas —agravadas por sanciones—, pero también infiltración violenta, ataques a infraestructura, campañas masivas de desinformación, uso de bots, inteligencia artificial y financiamiento externo. El objetivo no era reformar, ni defender derechos humanos, sino desestabilizar al gobierno aprovechando la crisis económica provocada por las sanciones y bloqueos financieros.

El gobierno iraní respondió con una combinación de medidas: control estratégico de comunicaciones para frenar coordinación violenta, despliegue de seguridad para contener sabotajes y activación de redes sociales y religiosas de cohesión interna. Lejos de producirse una implosión, el efecto fue el cierre de filas ante la percepción de injerencia extranjera. La historia iraní demuestra un patrón: cuando la presión es externa, la cohesión aumenta.

En febrero de 2026 la tensión escaló nuevamente con ataques preventivos de Estados Unidos e Israel bajo la retórica de “negociaciones de paz”. Trump y Benjamin Netanyahu hablaron sin ambigüedades de “regime change”, promoviendo incluso a Reza Pahlavi, hijo del antiguo Sha, como alternativa política. ¿Democratización o restauración tutelada?

Irán no es invulnerable. Sufre inflación, sanciones, tensiones internas. Pero tampoco es el castillo de naipes que la propaganda describe. Posee las cuartas reservas mas grandes de hidrocarburos del mundo, controla estatalmente su energía, subsidia consumo interno, mantiene conectividad territorial que impide su aislamiento total y ha desarrollado autonomía científica y tecnológica tras 45 años de bloqueo. China absorbe gran parte de su petróleo; Rusia coopera en tecnología defensiva; su inserción en bloques como los BRICS fortalece su margen estratégico.

Entonces la pregunta cambia de eje. No es si el sistema político iraní es perfecto —ningún sistema lo es—. La pregunta es por qué cada intento de soberanía energética en el Sur Global termina enfrentando golpes, sanciones o guerras. Mossadegh en 1953. La guerra con Irak en los ochenta. La ruptura del acuerdo nuclear en 2018. La guerra de los 12 días en 2025. El intento de implosión interna ese mismo año. Los ataques de 2026. ¿Es coincidencia o patrón?

En la guerra contra Irán no se están discutiendo “valores”. Se está discutiendo petróleo, rutas, sanciones, tecnología, soberanía. Y eso incomoda porque le arruina a la progresía mediática su hobby favorito: condenar “excesos” con tono humanitario mientras hace como que no ve el garrote económico y militar que produce esos “excesos”. En esa lógica, el bloqueo no cuenta, la operación encubierta no cuenta, el ataque “preventivo” siempre tiene buena prensa, y la respuesta del agredido siempre se convierte en “provocación”. ¿De verdad alguien cree que doce días de guerra y un intento de implosión interna “ocurren” por casualidad, como si el mundo fuera una sucesión de malentendidos?

Lo que está en juego es más simple y más brutal: si un país puede controlar su energía y sobrevivir sin pedirle permiso al dueño del sistema financiero, al policía del mar y al editor de la narrativa. Porque cuando Irán resiste, no solo resiste Irán: se vuelve precedente. Y cuando Irán cae, no cae solo un gobierno: cae la idea misma de que la soberanía no es un adorno retórico sino una relación material de fuerza. ¿Cuántas veces más vamos a fingir que el patrón histórico no existe —Mossadegh, el Sha, la SAVAK, la guerra con Irak, las sanciones, la guerra híbrida— y que todo empezó “porque son malos”?

La pregunta final, entonces, no es si Irán es simpático, moderno o “compatible” con el gusto occidental. La pregunta es quién tiene derecho a existir sin tutela, quién decide qué país merece castigo y cuál merece impunidad, y por qué la palabra “democracia” se usa como arma arrojadiza exactamente cuando alguien toca la caja registradora del petróleo. Si el guion te suena repetido, es porque lo es: solo cambian los actores, la excusa del día y el tono solemne con el que se justifica lo mismo. ¿Vamos a seguir consumiendo propaganda como si fuera análisis, o vamos a aprender a leer el mundo por donde realmente se mueve: por la estructura, no por el sermón.

 

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