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Los condenados de los mares.|

 

Por: Pedro Luis Prados S.

 Para tener enemigos no hace falta declarar una guerra; basta con decir lo que se piensa. Martin Luther King

En los años sesenta, década de profundas convulsiones políticas y sociales que marcó el colapso del régimen colonial en las naciones asiáticas y africanas, y caracterizó los procesos de liberación de los países latinoamericanos, estuvo abanderada por dos obras icónicas que actuaron como brasas incandescentes en la conciencia de la juventud emergente al calor de esas luchas. “¡Escucha yankee!” del norteamericano Charles Wright Mills y “Los condenados de la tierra” del martiniqués Franz Fanon eran la materia prima para la transformación de la conciencia de los millones de subhumanos que poblaban la tierra.

Mientras que la obra de Wright Mills es una voz admonitoria que anuncia al imperialismo norteamericano lo que se avecinaba en los países de América Latina, de las luchas populares y movimientos emergentes que tomarían forma y poder, y de la necesidad inminente de rectificar las políticas neocoloniales en esa parte del mundo. El texto de Franz Fanon es una antorcha ardiente, una carga explosiva sembrada en el corazón del mismo sistema que no demanda rectificaciones, ni enmiendas ni pactos sociales. Es una encendida voz que clama por la aniquilación total del sistema, por la eliminación de cada remanente colonial en suelo africano.

Su discurso no pide un nuevo orden que garantice los derechos de los colonizados bajo la suela del colonizador. Su radicalismo no demanda la aplicación de la dialéctica de las contradicciones que conlleva a una síntesis conciliadora de las fuerzas, ni siquiera a una identificación de la naturaleza de esas contradicciones. Aplica de plano la contradicción latente e irreconciliable entre el amo y el esclavo, y la imperiosa necesidad de eliminar al amo para que aflore en la plenitud de su conciencia un hombre libre. Como bien señala Jean-Paul Sartre en su bien pensado prólogo, “Los condenados de la tierra” no está dirigido a los europeos, ni a los gobiernos coloniales ni a los intelectuales de izquierda, poco le importa si lo leen o lo comprenden. Está dirigido a esos miles de millones de bocas hambrientas que perecen en selvas y desiertos víctimas de un sistema colonial con quinientos años de incubación.

No es un ejercicio teórico para examinar la dialéctica de la violencia, es la violencia misma hecha palabra e invocatoria de la acción, es la anunciación de la guerra a muerte que proclamara Bolívar en 1813, con esa visión de que el régimen colonial sólo terminaría con la erradicación física y mental de sus representantes. La misma determinación del pueblo vietnamita con la expulsión del último soldado norteamericano y del Congreso Nacional Africano al cancelar el último vestigio del régimen racista de Sudáfrica.

Nuevas formas de dominación colonial se han entronizado en los países de Latinoamérica que demandan nuevas formulaciones y requiere innovadas respuestas. No se trata de las desprestigiadas oligarquías criollas amanuenses del imperialismo, ni de los caudillos latifundistas violadores de niñas  y salteadores de ranchos, tampoco de los comerciantes voraces con dientes verdosos especuladores de precios. Se trata de todo eso y más, es la conjugación de todos esos espectros del pasado con las refinadas élites de los centros financieros, capital industrial, de explotación de recursos, corporaciones marítimas y centros logísticos que se sirven de esos amanuenses locales para asentar un nuevo imperio de iniquidad y sobreexplotación. La entronización de un nuevo orden colonial, con su sistema de castas, aparato militar, ordenamiento jurídico, controles administrativos y lacayos locales se asientan en estos países y permean la economía, la sociedad y la mente de los nuevos colonizados.

Condenado de los mares por la existencia del Canal y la proclividad a la corrupción de los sucesivos gobiernos, los panameños han sido el pueblo y el territorio propicio para la experimentación de toda clase de innovaciones de los centros de poder. Desde el armamento del siglo XXI utilizado en la invasión; un modelo de neoliberalismo con todos las modalidades probatorias del anarcocapitalismo; gobiernos pusilánimes con ropaje democrático; castas de desclasados convertidos en aristocracia; un régimen colonial con toga de Estado Derecho y un espectro dominante con un nuevo esquema de apropiación de excedentes y de subordinación social. Un modelo de colonialismo interno articulado, ya no sobre la distribución geográfica ni los indicadores económicos ni modelos productivos, sino sobre la plataforma de un aparente sistema democrático quinquenal en el que se renuevan o se recicla el séquito de lacayos que servirán a las patronales corporativas.

Por eso no es bien visto clamar por una población sana si el país entra en quiebra, ni es bueno equiparar la educación pública con la privada y que la mejor opción es ir a buscar agua al río y no consuman la del Canal. Por eso es sedicioso clamar por una mejor educación que ayude a pensar o conspirativo exigir el respeto a la inocencia de la niñez. Al igual que a los colonizados de Cabo Verde que se les obligaba a caminar en charcas de lodo para no manchar las aceras de los colonos portugueses o a la masa de watusis y zulúes proscritos en campos de concentración disfrazados de barrios periféricos en Sudáfrica, miles de panameños chapotean lodo, beben agua contaminada, viven en favelas insalubres y comen basura en una sociedad que se jacta de sus edificios vidriados y de sus indicadores económicos.

Por eso las voces de advertencia de Wright Mills no tienen, no pueden tener, oídos receptivos en pueblos que han sufrido una generación tras otra con mentiras y dádivas, con clientelismo y represión los excesos de un sistema de colonialismo interno oprobioso que ha lacerado hasta el hueso la carne de sus convicciones. Ya no hay forma de cambiar un esquema que se deleita en su propia magnificencia y no comprende que si es posible su riqueza y ostentación es solo porque hay miles detrás de esa mascarada que desayunan con un mendrugo de pan y sudán hasta el escarnio para reproducir el sistema. Ya no hay discurso posible que sensibilice a los sucesivos gobiernos que es el momento de un alto; que no pueden seguir saqueando las arcas del Estado en detrimento de niños, madres, obreros, campesinos, indígenas y profesionales creyentes que aún piensan que esto es una nación.  Tal vez las palabras de Franz Fanon nos obligue a un examen de conciencia y devuelva esa humanidad perdida en el trasiego del clientelismo y la corrupción y repensemos esa frase incendiaria: “Hay que eliminar al colono para que nazca un hombre libre.”

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