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La corrupción: herramienta para rompernos en pedazos

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La corrupción: herramienta para rompernos en pedazos
En la sociedad moderna, hablar de corrupción debe ser más o menos lo mismo que hablar del pecado en el medioevo. Es algo oficialmente condenable por todos, de lo que todos normalmente acusan a otros, y lo que al mismo tiempo, de alguna u otra manera está presente en casi todo, porque es parte de la cultura cotidiana de muchos sin importar los sistemas políticos ni las clases sociales, dejando realmente a muy pocos con el derecho de tirar la primera piedra.

En su versión más superficial y caricaturesca, la corrupción se imagina como el reparto de sobornos entre los políticos y los empresarios. Como cualquier poder político o económico automáticamente conlleva a un montón de oportunidades, contactos y privilegios, en el mundo actual educado con valores individualistas de «los emprendedores» que viven y se desviven en la «búsqueda de oportunidades de negocio» es muy lógico que la corrupción sea el motor de ese tipo de «desarrollo». En realidad, la corrupción no es una categoría económica ni jurídica ni biológica, sino de una ética ausente.

Chile durante muchos años fue considerado uno de los países menos corruptos de América Latina. Por lo menos así lo indicaban los institutos internacionales encargados de medir los niveles de probidad de las naciones. Algunos insisten que eso fue posible «gracias a la dictadura de Pinochet, quien puso orden». La Constitución chilena de 1980, impuesta al país a sangre y fuego, hizo innecesaria tanta corrupción en el país, pues la ley legalizó y reguló el saqueo de sus recursos, legitimando la brutal desigualdad social y de derechos.

Según la mirada formal, las leyes se cumplen y todo el mundo paga los impuestos y las cotizaciones de fondos privados de pensiones. El pueblo tiene pocos derechos sociales, pero cumple sus deberes económicos con el Estado en poder de la oligarquía local y de las corporaciones internacionales. Es un caso perfecto de corrupción invisible, legalizada.

Los grandes delincuentes no violan la ley que los defiende, por el contrario, ellos mismos son los que cuidan esta apreciada legalidad. Mientras que los pobres, los que roban van presos. Muchas veces pensé en lo inmoral que es cumplir ciertas leyes y en lo ético que sería no cumplirlas. Seguramente, tenía un pensamiento corrupto, según el sistema.

El vecino Uruguay, hace unos pocos años tuvo de presidente a José Mujica. Una persona culta, amable, con un heroico pasado de guerrillero urbano y seguramente con varios méritos más. Pero el mundo entero lo conoce y lo reconoce por otra cosa, por algo que es como para no creerlo: siguió viviendo humildemente, no hizo favores a sus amigos ni familiares, se quedó con su carro viejo y sueldo de la clase media.

A nadie le importó que como presidente fuera bastante mediocre, porque no tuvo ni el valor ni la capacidad de defender los ideales de su lejana juventud… no era un mal presidente, pero su gobierno tampoco fue la gran cosa. Se destacó y sorprendió al mundo por otra cosa: ¡no fue corrupto!. Me parece simplemente escandaloso que lo natural, lo correcto o lo ético sea destacado como algo excepcional.

Los ‘shows’ mediáticos sobre la lucha contra la corrupción son los más fáciles de armar y los más aplaudidos por el público.

No existe otro político ruso que haya hablado y firmado tantos documentos contra la corrupción como el expresidente Boris Yeltsin. Pero su época se recuerda como la más corrupta y que generó el peor desastre social en la historia de Rusia. Yury Boldyrev, ex alto cargo de la Administración Yeltsin, hablando sobre la corrupción de los años 90 recuerda lo siguiente: «El asalto al Parlamento con los tanques fue la culminación visible de los acontecimientos. Pero detrás estaba la traición, un golpe de Estado organizado por Yeltsin y su equipo en interés de la oligarquía emergente y de nuestros enemigos estratégicos».

«Occidente apoyó inmediatamente a los usurpadores, pero no por nada, sino a cambio de una traición. Permítanme recordarles el decreto más importante de Yeltsin, ‘Cuestiones relativas a los acuerdos de reparto de la producción en el uso del subsuelo’, del 24 de diciembre de 1993. Fue el primer intento de entregar a Occidente todos nuestros recursos del subsuelo a granel, utilizando el mismo esquema que Estados Unidos impuso entonces al Irak ocupado. Así que Yeltsin nos dio la misma libertad que EE.UU. a Irak», dijo Boldyrev.

Pocas semanas después del triunfo del golpe de Maidán en Ucrania, uno de sus representantes más pintorescos, el entonces primer ministro Arseni Yatsenyuk promovió los vuelos al extranjero de los funcionarios de su gobierno en clase económica. También la prensa se deleitó con las imágenes de las nuevas autoridades «usando el transporte público como cualquier ciudadano».

Yatsenyuk es recordado en Ucrania por el apodo de ‘Bala en la frente’ por su incendiario discurso en pleno apogeo de la revuelta del Maidán que dio el 22 de enero de 2014, llamando a los manifestantes a atacar a las fuerzas del orden: «No viviré con vergüenza. Si tengo que pegarme un tiro entonces tendré una bala en la frente. Pero con honestidad, justicia y valentía. Hoy defendemos Maidán. Digo públicamente, a todo el país, que haré todo hasta el último momento, para que cada persona en este país salve su vida. Para que nuestro país se conserve como un Estado unido. Para que nuestros hijos no lloren por sus padres. Para que nuestros padres no lloren por sus hijos, etc.». El resultado actual de su llamado no quiero ni comentar.

Ya en 2016 se supo que Yatsenyuk había comprado 24 villas en Florida, en Estados Unidos, y luego se hizo famoso por «invertir miles de millones en la construcción del ‘Muro de Yatsenyuk'», que no era más que una zanja con malla metálica para «protegerse del Ejército ruso». Su plan sigue manteniendo ocupados a funcionarios corruptos de todo pelaje, que cada mes intentan lanzar otra idea al Consejo de Ministros para construir un muro a costa del presupuesto o de patrocinadores occidentales. Se sabe también que antes de llegar a ser ‘Bala en la frente’, Arseni Yatsenyuk tenía otro apodo. Cuando él trabajó en el Banco Aval (2003-2004), le decían ‘Sénia-10%’ (‘Sénia’ es el diminutivo de su nombre Arseni), en referencia a la comisión que allí cobraba por sus servicios. Ahora solo se conoce que su carrera política en Ucrania está terminada y que ‘Bala en la frente’ vive con su familia en Israel.

Podríamos escribir varios tomos de historias como esta, que siempre serían diferentes versiones de una misma historia. Existen ideas huecas queriendo justificarla, como que la «corrupción es invencible, porque es parte de la naturaleza humana», etc. Pero quienes atribuyen este fenómeno a la naturaleza, manipulan con este término el hecho de que los mecanismos más evidentes del modelo social dominante son el resultado de una construcción humana (un fenómeno no natural) y, por lo tanto, puede ser reconstruido y corregido de acuerdo a la intención humana.

Más allá de todo su disfraz cultural, religioso o «de progreso», sabemos que el valor real establecido es el dinero. Todo lo demás gira en torno a este gran poder y se rige por presupuestos, créditos, donaciones, incentivos, rentabilidades y sueldos. Se ha construido una especie de consenso mundial de que mientras más dinero haya siempre habrá más desarrollo y más oportunidades, como sinónimo de bienestar seguro.

Los pobres, que son la mayoría de los habitantes del planeta, son tan creyentes de esta religión como los ricos, ya que dentro de esta realidad el acceso al dinero para cientos de millones de seres humanos es un asunto de vida o muerte. Es una cruda realidad sostenida a diario por la falsa propaganda publicitaria del sistema capitalista que en nuestra imaginación iguala el consumo con la felicidad, siempre confundiendo la necesidad con el deseo.

En cualquier empresa de ventas es muy normal ofrecer un sueldo fijo mínimo, otorgar un sistema de incentivos por ‘metas’ logradas o superadas. Un vendedor honesto y responsable nunca podrá competir con sus colegas, maestros de la ‘letra chica’, creadores de falsas necesidades y prometedores de soluciones que no existen. Los mejores vendedores, que aportan más dinero, serán premiados legalmente por el resultado, porque es lo único que importa. El éxito es avanzar en la carrera y acumular dinero, cualquier otro desvío o distracción es fracasar, terminar desechado o marginarse de esa competencia de todos contra todos.

El dinero no es solo los bienes materiales ni el acceso a los servicios, es también el prestigio, los contactos útiles y/o acceso a los abogados que poseen el poder mágico de convertir lo incorrecto en lo legal. Este mundo sin ética es acompañado de un gran trabajo cultural que legitima los nuevos modelos de la conducta social.

Detrás del telón de la protección de las libertades individuales se fabrican los deseos cada vez más básicos, groseros y bajos. En el cine y en la música popular —las artes más masivas— se promueve la narcocultura, maquillando y romantizando la descomposición social en marcha, reivindicando el derecho universal a la corrupción.

Muchos de los que llegan a tener algún grado de poder provienen del mundo de la escasez y la pobreza. Su primer encuentro con la corrupción se basa en una lógica muy simple: «Esta es la oportunidad, debo pensar en mi familia, al fin y al cabo, si no lo hago yo lo hará otro». Con este tipo de frases se pavimenta el camino en el que poco a poco se relativiza todo. Y es así como aparecen los casos de funcionarios al servicio de los Estados, que pierden cualquier pudor o vergüenza, que se convierten primero en parásitos y luego en mafiosos.

En estos días en Rusia, con la reciente detención del viceministro de Defensa, Timur Ivanov, acusado de corrupción, estas discusiones resurgen con nueva fuerza. Obviamente, en tiempos de guerra cualquier nuevo antecedente es un agravante y la enorme mayoría de la sociedad rusa exige mano dura de su Justicia. Pero más allá de lo obvio, siempre vuelve la pregunta de fondo, la que parece ser universal, ¿qué se debe hacer para que entendamos que la corrupción de arriba es posible también porque nosotros los ciudadanos comunes justificamos y normalizamos las transacciones cotidianas con nuestra conciencia, midiendo con una regla milimétrica las acciones de los demás y a las nuestras con una regla gigante para poder señalar a ‘los otros’ de corruptos desde una dudosa superioridad moral?

No es un tema económico o judicial, sino ético. No siempre estamos en condiciones de luchar contra los corruptos poderosos, pero siempre somos libres para distanciarnos de relaciones con personas descompuestas. La honestidad debe dejar de ser un mérito, convirtiéndose en una norma para construir un mundo de relaciones, donde recibir o dar un soborno en forma de un ‘regalito’ insignificante sea un hecho igual de vergonzoso.

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