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El Valor del Ejemplo


Por: JOSÉ Dídimo Escobar Samaniego

Tenía como cinco años de edad, y mi padre me sorprende un día con que trae un señor enfermo a la casa para cuidarlo. Estaba muy enfermo y de una apariencia muy grave. Mi padre le pidió a mi madre que le arreglara una cama, y si podía conseguir de mi hermano Pacífico, una ropa limpia para cambiarlo.

Martín Domínguez, se llamaba la persona. No era un enano, sino una persona pequeña, proporcionado en todas sus facciones. Medía como un metro de altura, por lo que era ligeramente más grande que yo. Tenía en ese entonces como 35 años de edad, y mi padre se lo trajo de donde vivía, porque determinó que, sí estaría solo, como ocurría; moriría sin dudarlo, sin poder ser atendido y sin comida.

A los días de estar en nuestra casa, fue notoria la mejoría y le cambió el semblante. A los quince días ya se reía y empezó a levantarse y caminar de lo que aparentemente fue una neumonía, causada por estar sometido a ponerse la ropa mojada para trabajar todo el día, bajo la lluvia copiosa, en una época del año, en donde por varios días, no aparece el sol, sabiendo que la gente lo requiere para poder secar la poca ropa de que disponía.

De eso mismo enfermó mi Abuelo en el año 1910. José Manuel Escobar Rodríguez, nacido en las Guabas de Los Santos en 1876, y se había casado con Buenaventura Pérez Moreno, de La Colorada de Los Santos, quien muere para esta fecha, cinco meses después de nacido mi padre el 28 de marzo de 1905. Al quedar viudo mi abuelo, asumió con entereza, la crianza de mi padre, pero las condiciones de soledad, tristeza por la muerte de su amada y de tener que además de trabajar muy duro, cuidar a su hijo, sucumbió precisamente a una neumonía causada por la condición de no tener ropa seca qué ponerse para trabajar. Él atendía a su hijo, mi padre, pero nadie lo atendía a él. Mi padre me contaba que, apenas recordaba borrosamente a mi abuelo. Que fue tierno con él.

A los dos meses de llegado Martín Domínguez a la casa, su condición era absolutamente distinta. Mi padre decide construirle un rancho redondo cerca de nuestra casa. Yo le pregunté a mi padre por qué le construía ese rancho en nuestro prado, si yo veía que había tanta tierra en otra parte y mi padre me contestó que, primero no había tanta tierra como yo pensaba porque cada quien las había cercado y solo quedaban libres, las malas tierras que nadie quería, porque ni el chumico daba y la otra razón es que, Martín estaba solo y requería de la ayuda de nosotros. Martín vivió entre nosotros por casi 12 años, y luego mi padre emigró para Chitré por razones de los estudios míos y de mis hermanos.

Martín, a quien le apodaban “Tín Machango”, se convirtió en un hermano mío, era sumamente ingenioso, trabajador, hábil cazador y su rancho lo convirtió en un palacio, curioso y hasta con un jardín propio. Iba mucho a su rancho y cuando tenía alguna comida, exquisita, siempre la compartía conmigo, y yo fui para él, el hermano y amigo que necesitaba. Le tenía un gran respeto y cariño a mi padre y lo veía como a su propio padre. Ahora yo era de mayor tamaño que él, pero el cariño fraternal entre los dos, no menguó.

La lección que mi padre me enseñó, fue a ser solidario. Él decía; hay que ser gente. Es decir, ser decente, decoroso y siempre solidario. Entre los humildes, debemos siempre ayudarnos, y ser solidarios, porque la pesada carga, cuando la alzamos juntos, es más llevadera, igual que el dolor, cuando se comparte, es menos pesado.

En el año 1973, me enlisto en una Brigada de la Federación de Estudiantes de Panamá (FEP), que desarrollaba un trabajo voluntario en ese Verano en todo el país, especialmente en Coclé y Veraguas, y me tocó dirigir el trabajo voluntario y alfabetización en La base del poblado de Calabacito a orillas del río Santa María, perteneciente al Corregimiento de Los Castillos, donde el MIDA desarrollaba un proyecto de frutales, de modo que, de día trabajamos como voluntarios en el proyecto y de noche nos convertimos en maestros de alfabetización en diferentes comunidades. Anhelábamos sacar de la pobreza, la ignorancia y la miseria a miles de personas, que vivían en ese entonces, en el más brutal y espantoso abandono oficial. Nos tocó sacar en ese verano a no pocas personas, cargados en hamacas hasta la carretera, enfermos de tuberculosis y de anemia, como consecuencia de la pobreza extrema en que vivían. Algunos de ellos, que llegamos a cargar, murieron en el camino, porque su estado era muy grave. Llegué a sentir una impotencia en la misma forma que proporcionalmente aumentó mi compromiso para enfrentar la desigualdad en nuestro país.

Uno de nuestros compañeros, el estudiante colonense, Rogelio Nurse, venía en una noche de alfabetizar a una familia y fue a cruzar el Santa María, y allí se ahogó su cuerpo, que fue encontrado ese otro día por la comunidad, convirtiéndose en un mártir de esa campaña, junto a Domingo Villalobos y Carlos Mathews que engrosaron la lista de mártires de los estudiantes y la juventud panameña en esa experiencia que nos preñó de conciencia nacional y amor por la patria y los panameños más pobres. El acto de clausura de esa jornada se celebró en la escuela Normal de Santiago, en su aula máxima, allí estuvo Omar Torrijos y allí se sentó el compromiso, no solo por la Soberanía, sino además, por generar una sociedad de oportunidades para todos, sin embargo, algunos, puestos sus ojos en el dinero, se les olvidó el compromiso y su brújula se distorsionó y perdieron la dirección histórica y le abrieron el paso a los carroñeros, que llenándose sus alforjas, sintieron, sus objetivos satisfechos.

Mi padre, un día disgustado conmigo, porque yo no ordeñaba ni atendía el ganado que él se trajo de la Colorada para Chitré, me increpó y me dijo: “Qué haces tú por allá ayudando a otros y no vienes a hacer tu tarea aquí en la casa” y yo le dije, Papá, si usted supiera que nosotros tenemos tantas cosas, y que otras personas desearían tener, aunque sea la mitad que nosotros y esa gente alguien tiene que ayudarlos… Él guardó silencio y sentí que, aunque no lo dijo, su aprobación a ese compromiso, estaba dado, porque él fue el que me enseñó a tener un corazón solidario.

¡Así de sencilla es la cosa!


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