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EL AMOR A LA LIBERTAD.|

Discurso leído hace siete años atrás, en el 193 Aniversario del 10 de noviembre de 1821 La Villa de Los Santos, 10 de noviembre de 2014.


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Hoy lo publicamos porque sigue teniendo vigencia.

Hago especial reconocimiento desde aquí, a los Santeños de 1821, pero también a los que cuando compartí aquí en esa heroica tierra, sirvieron de guía y de ejemplo testimonial a mi vida que empezaba.

1-. Antonio García Correa, abogado diligente, que no licenciado, de los campesinos que concurrían a la Villa a atender sus problemas administrativos y legales.

2.- Vicente “Chente” Palma, el matarife del pueblo, quien tiene un récord difícil de igualar, no solo por ser el matarife que con mayor edad sirvió en el matadero municipal de Los Santos, sino que a los 87 años tuvo su último hijo que hoy le sobrevive.

3.- José Antonio Brouwer, el más destacado y brillante constituyente de 1946, de quien recibí las primeras lecciones de historia nacional y política y quien me convocaba, siendo casi un niño para legarme su celo por la patria.

4.- Sebastian “Chan” Pérez, Hombre de bien, con quien mantuve largas tertulias sobre la necesidad de la integridad en los hombres.

5.- Dimas Castillo, vivo aún entre nosotros, aquí presente, Zapatero de profesión, Persona con una conciencia social desprendida de apetencias y ambiciones personales y forjador de conciencias comprometidas con los más humildes de mi patria.

A Doctor Francisco Samaniego, José de La Rosa Palma, Manuel Solís Palma, Chente De León, Magdalena Castillo, Juan Garrido y a muchos otros extraordinarios seres humanos que de esta tierra dieron y siguen dado, testimonio de honor, decencia y de decoro contrapuesta a quienes pretendieron manchar con envilecimiento, los tesoros de nuestra tierra.

A todos ellos, mi homenaje por ser un testimonio de ejemplo a las presentes y futuras generaciones de santeños y compatriotas que optan por la libertad y la dignidad humana.

Yo -venido de las entrañas de este pueblo- nacido en La Colorada, habiendo caminado estas calles y compartido las aulas escolares con los jóvenes de esta heroica ciudad, tengo el privilegio de dirigirme a mis compatriotas en este día en el cual se honra la valentía, el honor, el decoro y el amor por la libertad.

Es uno de los hitos más brillantes y emotivos de nuestra historia: el Grito de la Villa de Los Santos.  Aquella madrugada de hace 193 años, una mujer, Rufina Alfaro Mendieta, anuncia que los anhelos de independencia de España han llegado al Istmo.

Dieciocho días después –el 28 de noviembre- en todo el Istmo se rompen las cadenas coloniales que lo sujetaron por más de 300 años.

Los hombres dignos se cansaron de las cadenas del oprobio y el sometimiento de la tiranía.

Al mismo tiempo, la otra gran decisión fue unirse a la Gran Colombia, adherirse con esperanzas a las ideas de una América libre de Simón Bolívar, quien se refirió a la acción libertaria de los panameños diciendo: “en ese sagrado momento se proscribió la monarquía, las distinciones, la nobleza, los fueros, los privilegios: declaró los derechos del hombre, la libertad de obrar, de pensar, de hablar y de escribir. Estos actos eminentemente liberales jamás serán demasiado admirados, por la pureza que los ha dictado”.

Gente sencilla, sin abolengos, se reunieron en esta plaza y asaltaron a las fuerzas que los amenazaban. Pero es que, además, se reunieron para no solo proclamar la libertad, sino para ejercerla.

Para ejercer la libertad hay que tener responsabilidad. Para adquirir responsabilidad se requiere conocimiento. El conocimiento requiere inteligencia, entendimiento y sabiduría. Ninguno de ellos sirve ni son posibles sin carácter.

Requerimos hoy a personas con conocimiento, carácter, credibilidad y compromiso con los más elevados valores y principios que Dios nos enseña para nuestra convivencia en la tierra, empezando por amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Es hora de dar fruto bueno y agradable. Fruto de compromiso, para lo cual debemos hacer todo lo bueno que esté a nuestro alcance.

Hoy recuerdo que, en este mismo lugar, siendo el subsecretario general de la Federación de Estudiantes de Panamá, en 1976, un año antes de la firma de los tratados, me reunía un día como hoy con el general Omar Torrijos y conversamos largo rato sobre la lucha soberana y los avances tortuosos en las negociaciones que diez meses después terminaron con la firma de los Tratados Torrijos-Carter de 1977.  Torrijos, ese hombre profundo y sencillo, siempre tuvo la confianza que era la unidad del pueblo, así como en 1821, la garantía de la victoria.

“¡Cuán espantoso es no creer en la virtud!”

Hoy transitamos un momento de profunda oscuridad, sin embargo, más que desaliento y desesperanza, a mí me presagia un gran amanecer. Porque la noche nunca se hace tan oscura, sino justo antes de amanecer.

Así fue cuando en 1821 se arreció el dominio colonial y la tiranía les causaba incontables molestias consuetudinarias a los hombres que resistían, muchas veces en silencio, toda clase de atropellos de las fuerzas coloniales.

En esta Heroica Villa, justo antes del 10 de noviembre, a pesar de todas las vicisitudes, la gente sencilla se llenó de virtud y amor por la libertad. Y es que nadie puede amar la libertad si no reside en esa persona la virtud del amor y el respeto a la dignidad humana.

Optar por la libertad es un acto absolutamente voluntario, y en ocasiones requiere pagar un alto precio. Asimismo, quien no la desee puede optar por conservar las cadenas de la opresión, aunque reciba el desprecio de los hombres libres y con virtud, que son los más en el mundo.

Pero hablar de hombres libres, aún hoy, no se puede cuando las cadenas del atraso, la ignorancia, la injusticia social, no permiten que las personas puedan ejercer sus derechos y obligaciones como ciudadanos.

Es vergonzoso reconocer, a casi 200 años de esa grandiosa gesta de libertad, que más de millón y medio de panameños están marcados por la pobreza.

Pobres, excluidos, al margen, sin oportunidades, mientras grandes fortunas se amasan como un monumento al egoísmo, al amor al dinero.   Esa indolente y brutal avaricia y su hermana la codicia nos exponen a convertirnos en un mercado donde todo se vende y se compra. Pero tengo que decirles que la vida humana no tiene precio, porque ya fuimos comprados por el amor de alguien; el hijo de Dios, Jesucristo, que dio su vida en la Cruz para que fuéramos libres para siempre.

No se trata de llegar a la Administración Pública para saciar la hambruna de poder, sino para servir denodadamente, para enfrentar las injusticias que sostienen a una sociedad desigual, a una gran cantidad de compatriotas como si fueran ciudadanos de segunda y de tercera.

Debemos considerar que la corrupción distorsiona y detiene el crecimiento económico, socava la legitimidad política y desmoraliza, tanto a los servidores públicos como a toda  la sociedad.  El combate a la corrupción en las esferas tanto pública como privada fortalece la seguridad jurídica, la confianza y la credibilidad en las instituciones, así como la eficiencia y estabilidad de los gobiernos. Por lo tanto, debemos repudiar y no podemos permitir la práctica corriente de hacer planteamientos y propuestas contra la corrupción que luego no se cumplan.  Ninguno de los que estamos aquí que vemos y escuchamos estas palabras, podemos consentir ninguna práctica de corrupción, en el terreno que sea, y debemos actuar en consecuencia.

Hemos consentido, con el clientelismo, actos corruptos, hemos abandonado el origen de nuestra razón de para darle paso a prácticas deleznables, irrespetuosas de la dignidad y la libertad humana. Ello nos descalifica ante nuestra sociedad, por lo cual tenemos que hacer un alto y saber que si nuestro propósito de rediseñar al país no es legítimo ni verdadero, no podemos apelar a nuestro pueblo que sufre los desmanes y las secuelas del régimen que acaba de ser desmontado por el pueblo, el cual se dedicó a entronizar una cultura de tiranía y maleantería  donde se denigró perversamente la dignidad de nuestra gente.

Porque no se trata solamente de salir del mal en que estábamos inmersos, sino de recuperar el sueño de todos y sobre todo de los más pobres; de que la justicia social y una verdadera democracia sea posible, y en la cual lo principal sea el ser humano, la dignidad de todo panameño, el respeto, el fin de todos los abusos.

Eso es patriotismo, ese es el ejercicio de la libertad que nos fue legada hace casi dos siglos, aquel 10 de noviembre.  Ello nos obliga a investigar y a procesar a los que articularon y ejecutaron el más grande latrocinio que conoce nuestra historia y que agredió a mansalva la más pura nobleza de nuestro pueblo.

Apreciados compatriotas y amigos:

Hoy como nunca, el poder público está deslegitimado.

Una cantidad apreciable e ilegítima de los diputados la Asamblea Nacional fueron electos porque participaron del uso de recursos del Estado para promover sus campañas, ofreciendo becas, materiales, bolsas de comidas, proyectos, contratos y otros guisos que han pervertido lo que debió tener virtud, lo que debió ser la voluntad popular.  Llenaron de toda clase de vicios la vida nacional. Se perdió la autoridad, porque no hay moral. Esa es la manera de infligir un duro golpe a la vida pacífica de los panameños, porque han enrarecido al país decente. Eso genera en las almas buenas una gran vergüenza nacional.

La ciudadanía ve con desánimo cómo quienes usaron abierta y deliberadamente esos recursos del Estado para su provecho personal, sometidos o no a procesos penales electorales, pretenden dictar las leyes que todos debemos atender y respetar.

Hemos llegado a un descaro inaudito en el cual, comprobados los delitos electorales, nuestros pueblos deben someterse a la indignidad de considerar a los delincuentes para que nos representen ante los distintos niveles de representación popular.

Si todavía corre esa sangre santeña de nuestros héroes de 1821, no podemos consentir semejante aberración. Porque puede que absurdamente no sea legal el que no corran, pero todos sabemos que es ampliamente inmoral el que tan solo aspiren.   No puede existir una ley que esté tan divorciada de lo elementalmente justo y que contradiga tan diametralmente el legado de nuestros héroes de 1821.

En un país decente, tendrían que estar en la cárcel quienes irrespetan tan descaradamente la dignidad de nuestra gente y les importa un pito con la libertad del sufragio, de donde surge pura la legitimidad del poder público.

Es un majestuoso homenaje al irrespeto público como el fiscal electoral, que debió denunciar los delitos evidentes que desvirtuaron el proceso electoral, se haya convertido en el encubridor y alcahuete de los desmanes de los delincuentes.  Secuestró la Fiscalía Electoral para soterrar todos los delitos y a sus mentores delincuentes. Eso se llama colaboración con el delito donde quiera que sea y debe llevar la pena del autor material directo.

Parecido y similar nos tocó pasar con la contralora general de la República. Cuando un funcionario público actúa con desgano, con clara negligencia en el cumplimiento del deber de servidor público, las consecuencias de su descuido deliberado o encubrimiento, deberá pagarlo aun con su patrimonio.

Los panameños hemos de pagar varios miles de millones en concepto de sobreprecios, por lo que esos hechos se convierten en un atentado contra nuestra libertad y nuestro patrimonio y que no podemos soslayar.

Es necesario que exista en Panamá una fiscalía especial que ofrezca una salida honorable a la sociedad, porque no es justo ni correcto que quienes se dedicaron al latrocinio y la corrupción se paseen campantes por las calles, burlándose de los ciudadanos decentes.

Es necesario que quienes nos representen en las distintas instancias constitucionales de los poderes públicos sean ciudadanos con virtudes, gente honesta y que desde su propio testimonio apuntalen la legitimidad de todas nuestras instituciones.

Las partidas del presupuesto público que se destinan a los partidos políticos o candidatos independientes no deben ser utilizadas para generar con apoyo del Estado el clientelismo. La norma es clara y establece que dichos recursos se utilizarán para promover las ideas, principios y programas que propone el partido o el candidato a sus electores. Por ello, es urgente modificar con una norma de interés público el uso debido y eficaz de esos recursos que le pertenecen al pueblo panameño y que no pueden ser usados con tanta sevicia y descaro por lo que el pueblo tiene derecho a saber en qué se gastan sus impuestos.

Sobre todo, alto, vigila uno más alto, y Dios prende a los que se creen sabios en sus vivezas.

Sabemos de muchas obras que fueron pretexto para el hurto institucional, cuando se desconoció la norma de la contratación pública y se otorgó -por vía de la contratación directa- la construcción de obras y prestación de servicios altamente onerosos y en abierto desafío al cuidado más elemental del presupuesto oficial y de las finanzas públicas.

Los autores de tales desmanes no pueden seguir burlándose de todos nuestros compatriotas. No es posible que rellenar una isleta para producir dos carriles adicionales a los existentes termine por costarnos casi 20 millones de balboas por cada kilómetro lineal en este país.

No logramos entender cómo un puente sencillo, de los muchos que se hicieron con préstamos internacionales, menos complicados y complejos que el de la entrada de Cerro Patacón en Bethania, allá en la ciudad de Panamá, terminen constándonos a los contribuyentes cuatro veces el valor real, y aquí no pase nada. Tales actos no deben quedar arropados por la indiferencia ni por la impunidad.

No puede ser que aquí mismo en La Villa, como un homenaje al irrespeto, se haya levantado un hospital que fue pactado en cerca de 60 millones y ya ande en más de cien millones y todavía muy lejos de ser culminada la obra y además de haberse dejado de construir un pabellón que previamente había sido establecido en el contrato.  Y la empresa, a pesar de un amplio incumplimiento, el Estado no haya podido ejecutar absolutamente ninguna garantía.

Cuando aquí se dijo que “ahora le toca al pueblo” hace cinco años atrás, lo que no se dijo era que nos tocaba ser víctimas de este atraco y asalto público de las arcas del Estado.

Están convencidos de que para poder aspirar a una candidatura presidencial hay que ser millonario o hijo de millonario o de familia empresarial.  El que en la democracia nuestra hayamos llegado a esa conclusión, significa que la libertad ha sido proscrita, porque si nuestra Constitución dice que tenemos el derecho a elegir y ser elegidos, y cuando vamos a optar por un puesto nos piden como condición cuánto tenemos y no lo que somos, significa, repito, que hemos llegado al momento del acto de defunción de esa condición, sin la cual los hombres son esclavos.

No podemos admitir que alguien pretenda comprar la conciencia de ningún compatriota.

Una cosa sí se comprobó, que no nos pudieron comprar a todos y lo principal, que nunca podrán comprar a Dios.

Por otra parte, la seguridad nacional es un asunto de todos, que debe garantizar la tranquilidad de los panameños, pero solo puede asumirse esa responsabilidad colectiva con eficacia, en la medida que lo que tengamos que preservar nos pertenezca a todos.  Por tanto, el uso de la fuerza debe ser únicamente para enfrentar a los que atentan contra la seguridad nacional, pero nunca, como se ha hecho en el régimen que acaba de ser sustituido, contra nuestros propios ciudadanos y personas que son los propietarios del país. El pueblo no es el enemigo, sino el jefe. Como dijo Bolívar: El soldado que apunta su arma contra su pueblo es maldito.

La Fuerza Pública no está para hacerle o aplicarle la guerra al pueblo, ni está para recuperar la confianza en acciones o labores de acción cívica que deben hacer otras instituciones. Ella está para cumplir con mucha responsabilidad su función de proteger y servir y no para agredir a nuestra gente sencilla y trabajadora, por muy humilde que sea.

Al día de hoy, con tantos muertos y heridos de todos los hechos de agresión contra nuestros compatriotas, y como si la vida de ellos no valiera nada, no hay en marcha ningún proceso de investigación de esos hechos para poder determinar las debidas responsabilidades en esos crímenes, y en el caso que hubo investigados, fueron beneficiados por absoluciones ejecutivas sin que hubieran culminado los procesos judiciales. Esa burla debe acabarse.

La justicia es al alma, lo que la salud al cuerpo.  La primera obra que debemos emprender como sociedad es la de reformar al Estado en su conjunto, pues no podemos sostener las instituciones que hoy no resuelven nuestra convivencia pacífica por lo injustas que son.

“Por eso no hay justicia entre nosotros y no sabemos nada acerca de vivir con rectitud.
Buscamos luz, pero solo encontramos oscuridad; buscamos cielos radiantes, pero caminamos en tinieblas.
Andamos a tientas, como los ciegos junto a una pared, palpando para encontrar el camino, como la gente que no tiene ojos.
Hasta en lo más radiante del mediodía, tropezamos como si estuviera oscuro.
Entre los vivos, somos como los muertos. 

Gruñimos como osos hambrientos; gemimos como el arrullo lastimero de las palomas.
Buscamos la justicia, pero nunca llega; buscamos el rescate, pero está muy lejos de nosotros.
Pues nuestros pecados se han acumulado ante Dios y testifican en contra de nosotros.
Así es, sabemos muy bien lo pecadores que somos.
Sabemos que nos hemos rebelado contra el Señor y también lo hemos negado; le hemos dado la espalda a nuestro Dios.
Sabemos que hemos sido injustos y opresores, preparando con cuidado nuestras mentiras engañosas.
Nuestros tribunales se oponen a los justos, y no se encuentra justicia por ninguna parte.
La verdad tropieza por las calles y la honradez ha sido declarada ilegal.
Sí, la verdad ha desaparecido y se ataca a todo el que abandona la maldad.

El Señor miró y le desagradó descubrir que no había justicia”. Isaías 59: 9-15

Una Constituyente dejó de ser una consigna para convertirse en una imperiosa necesidad.

Tenemos que hacernos un vestido nuevo, porque el actual no resiste más parches, y porque es necesario reedificar la plataforma de nuestras aspiraciones como pueblo y resolver las grandes aspiraciones como nación y que sin hacer todavía están.  Nadie en esta casa nueva que proponemos puede quedar por fuera y ser tratado como indigno.

Así, por ejemplo, debemos acabar con la forma como se nombra a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, porque esta, en esa forma, se convierte en el mecanismo que protege y encubre a los que deben rendir cuentas a la nación de su gestión. Nuestra propuesta consiste en que, así como el pueblo nombra al presidente para que ejecute, a los diputados para que hagan las leyes, asimismo, los que administran justicia al más alto nivel también deben ser electos por el pueblo y se sujeten a él, que es el soberano, para que les sirvan a todos y no encubran a nadie.

De esa forma, la Asamblea no los tendrá que ratificar y podrán ser investigados los diputados y no como ahora que, como la Asamblea juzga a los magistrados y los diputados juzgan a los magistrados, entonces se produce un pacto oscuro y perverso que termina en un irrespeto y una burla a la ciudadanía.

Aunque se resolviera el problema del transporte en Panamá, ¿qué sería del país si no se resuelve el problema de la justicia? Porque sin justicia no hay paz, y sin paz no hay salud, y sin salud todo es un desastre. Porque torcer la justicia o manipularla como ocurre hoy, es un pecado delante de Dios y un delito delante de los hombres.

Deseo saludar y reconocer la enmienda acerca del uso de la partida de la publicidad estatal que utilizaba el presidente la República para comprar el favor de los medios, pues no se requiere que se haga publicidad de lo que constituye un deber. Con ese ahorro, nos debemos comprometer como sociedad a darles un tratamiento digno a todos los indigentes.

Debemos cambiar nuestros valores y saber que la vida humana es el valor más grande después de Dios que tenemos que respetar.

Exigimos los panameños hacer auditorías que no se engaveten. Porque ya está bueno de los matrimonios entre los gobiernos que entran y los que salen y se da un encubrimiento que termina en burla al pueblo. Debemos auditar cada obra con la mayor responsabilidad, ese es nuestro derecho. Todo hallazgo y todo delito se deben proceder a procesar a los responsables dentro y fuera del Estado y responderán pecuniariamente, patrimonialmente y penalmente todos los que han asaltado al erario público.

 Compatriotas:

No es posible que, a casi 200 años de nuestra primera independencia, aquí en este nuestro país, tengamos un sistema de privilegios rodeado de solemnidad, e igualmente ofensivos a la miseria en que se revuelca dolorosamente casi la mitad de nuestros ciudadanos.

No es posible que todavía se mantenga una cantidad de consulados que se convierten en botín para algunos escogidos y que lo mismo sigue ocurriendo con los notarios públicos.

No puede ser que cada vez que se piensa en juntas directivas de empresas estatales, de la Autoridad del Canal, del Consejo de Relaciones Exteriores, solo pensemos en apellidos de abolengo, de rabiblancos y denostemos a los hijos del pueblo, solo por no tener la alcurnia que muchas veces está manchada de corrupción.

Nuestro país debe invertir preferentemente en educación. Tenemos que lograr un consenso entre todos los actores para emprender una revolución en la educación que si bien tenga asentada y solvente formación académica, no descuide la formación de los valores y principios en la formación de un panameño altamente competitivo a nivel técnico y sobresaliente en desarrollo humano para establecer una sociedad solidaria donde se cultive el respeto a la naturaleza y el amor entre los seres humanos en un pueblo que tiene derecho a ser feliz.

Necesitamos educadores con entrega y vocación. Que se les haga justicia, pero que ellos le metan ganas, porque el salto que  tenemos que dar como nación, la impostergable revolución educativa, solo será posible con una gran dosis de amor por la gente y sabiendo sembrar en esa juventud sueños de libertad, grandeza y de decoro.

Debemos convertir lo malo para producir lo bueno. Debemos producir una cultura de alta calidad de servicio público. Recientemente se inauguró el Museo de la Biodiversidad, en cuya construcción se gastó una suma considerable del presupuesto nacional, pero perversamente y para que la clase media ni los pobres del país tengan acceso a esas instalaciones que fueron sufragadas por todos, ahora han puesto unos precios prohibitivos lo que impide a la mayoría de los panameños poder concurrir a ese lugar y tal decisión contraviene el derecho a la cultura de todos nuestros compatriotas.

No puedo dejar de respaldar desde aquí a todos los productores y hombres del campo que se esfuerzan por producir comida. A ellos los honramos y, sin tanta carantoña, solicitamos que se garantice que los panameños tengamos acceso a la canasta básica que tan lejos se ha colocado y que hoy golpea a miles y miles de hogares de hermanos panameños que no se nutren, sino que sobreviven. Esto es moralmente inaceptable en un país que en este quinquenio tendrá un presupuesto de más de cien mil millones de balboas.

Hoy lanzo un desafío a mis compatriotas para que debatamos los mejores caminos y rumbo de lo que debe ser la recuperación de nuestra dignidad y derecho a una sociedad sustentable que reconozca los derechos humanos en toda su plenitud.

Es tiempo de recobrar la pujanza de nuestra nación, que no consiste solo en obras, sino además en un proceder respetuoso de la dignidad de todos.

Como heredero no del rufianismo ni del clientelismo, sino de los mejores valores morales que deben servir para construir una casa digna para todos, hoy desde aquí doy Gracias a Dios porque está  acabando con la locura, la codicia y la ambición desmedida.

Clamo, en el nombre de Jesucristo, que impere la cordura, la sensatez, la justicia, la paz y el orden.

Es tiempo de la transparencia y de la decencia, es el tiempo del respeto y la dignificación de todos los panameños, sobre todo los que han sido abandonados por los que prefirieron amar al dinero antes que a Dios y a las personas, porque nos esperan duras jornadas para salvar de la esclavitud y del hambre a miles de compatriotas.

Es el tiempo que abandonemos la codicia por el dinero, que no aceptemos sobornos y no pervirtamos la justicia. Es el tiempo de construir con amor y fe el rancho de la esperanza que debe protegernos del mal tiempo que nos acecha.

Nos toca nuevamente romper cadenas injustas e inmorales, nos toca gritar nuevamente, ahora por el fin del hambre y las desigualdades en nuestra patria, nos corresponde clamar por el país justo, por el país decente, así como hoy traemos aquí el ejemplo imperecedero de quienes tuvieron el arrojo, el coraje y las razones históricas para romper el yugo de la colonia española aquel 10 de noviembre de 1821.

Dios bendiga a Panamá.

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