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LAS CARTAS DE JORGE SANTOS GUERRA.

Por: Ramiro Guerra Morales

Había estallado, la segunda guerra mundial.

A inicios de la década de los cuarenta del siglo pasado. En la zona del canal, dieron inicio a un proceso de reclutamiento de panameños, para servir como soldado al ejército estadounidense.

Jorge Santos Guerra, para la época podía tener entre 20 a 25 años. Se alistó. Escribió su carta de despedida a su madre, Delfina Guerra Acosta, procreadora de 16 hijos. Chiricana, oriunda de Bugaba. Entre ellos, mi madre, doña Ester María Morales.

En la familia, se regó la noticia, Santos J. Guerra, se fue para la guerra.

Hay amores grande como la de un hijo que estando lejos, nunca dejo de escribirle a su madre.

No habían pasado dos semanas, la abuela Delfina (mami), me decía, fuiste al correo, Santos debe haber enviado su carta. Podía tener entre 7 a 10 años. En el correo de Armuelles, las funcionarias me conocían. No me dejaban preguntar, apenas me veían, me entregaban la carta de mio tío Santos Jorge dirigida a Delfina.

Mi abuela, no sabía leer ni escribir. De tal modo, que nos sentábamos juntos y yo con algo de dificultad, le leía la carta. El rostro de mami, irradiaba felicidad al saber que el hijo que se fue para la guerra, a través de su cartas, daba muestra de vida y lo más importante, ese amor de hijo nunca murió mientra estuvo con vida.

Las cartas en su interior, siempre eran portadora de unos cuanto dólares. Nunca dejo de enviarlos.

Con los años, lo anterior se convirtió en costumbre.

Hasta que entrado en los 18 años, que decidí viajar a la ciudad capital. Entiendo que un tío, quedo con esa responsabilidad de ir a buscar la carta y leérsela a mami.

Entiendo, que Santos, entrado en edad y jubilado llego a Panamá, fue a Puerto Armuelles, a visitar a Delfina, para retornar a los Estados Unidos.
Delfina me contó, después de lo anterior que, las cartas nunca más llegaron.

Por parientes, se supo que Santos había muerto. Mi abuela, nunca supo donde y cuando fue.

Una foto de Santos, un tipazo, reposa en la casa de su hermana, mi madre Ester.

Estando en la ciudad, se me pego esa costumbre. Nunca deje de escribirle a mami. Entiendo que había un joven, Manuel, que se las leía.

A mi tío, Santos Jorge Guerra, donde quiera que esté enterrado, mi gran aprecio, por ese ejemplo de un hijo que aunque lejos, supo siempre amar y honrar a su madre.

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