
Por: José de la Rosa Castillo
Analista de Relaciones Internacionales
14 de marzo de 2026
La operación militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán comenzó con la idea de una “campaña rápida destinada a degradar el programa nuclear y la infraestructura militar iraní”. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos sugiere que la operación fue estratégicamente subestimada.
En pocos días, la respuesta iraní transformó el escenario en una guerra regional de múltiples frentes: ataques con misiles y drones contra ciudades israelíes, ataques contra bases militares estadounidenses en el Golfo, sabotaje a infraestructuras energéticas y presión militar sobre las rutas marítimas estratégicas
Una de las variables críticas de la coyuntura es la “capacidad de saturación de las defensas israelíes”. Irán ha lanzado oleadas continuas de misiles y drones contra territorio israelí, lo que ha obligado a activar permanentemente los sistemas de defensa (el Domo de Hierro y Flecha y Honda de David).
Aunque gran parte de los proyectiles son interceptados, la estrategia iraní parece orientada a tres objetivos: Desgastar el sistema de interceptores, que es extremadamente costoso, introducir incertidumbre en la población israelí, afectando la vida cotidiana y la economía y demostrar que Israel no puede blindarse completamente.
Irán ha atacado bases militares estadounidenses y radares de defensa aérea en varios países del Golfo, incluyendo instalaciones estratégicas en Bahrein, Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. El objetivo iraní parece ser erosionar la arquitectura militar estadounidense en la región, que constituye la base de su capacidad de proyección de poder.
El elemento más peligroso del conflicto es la crisis en el Estrecho de Ormuz, uno de los principales puntos de estrangulamiento energéticos del planeta. Irán ha advertido a los buques que “no transiten por el estrecho”, lo que ha provocado una caída drástica del tráfico marítimo y un fuerte impacto en los mercados energéticos. Por ese paso circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial, lo que convierte cualquier interrupción en una crisis económica global.
La lógica de la operación Trump-Netanyahu parecía basarse en tres supuestos: que la respuesta iraní sería limitada, que el régimen iraní quedaría paralizado por el golpe inicial y que los aliados regionales de Irán no entrarían plenamente en la guerra.
Lo ocurrido es lo contrario: Irán ha respondido de manera coordinada en múltiples frentes, el conflicto se ha regionalizado rápidamente y los aliados de Estados Unidos en el Golfo se han visto arrastrados al conflicto.
Además, el ataque inicial que eliminó a parte de la cúpula iraní no debilitó al régimen, sino que probablemente consolidó la movilización y cohesión nacional.
La dinámica de los últimos días confirma que la guerra está evolucionando hacia un conflicto regional de alta complejidad. El ataque inicial de Estados Unidos e Israel pretendía alterar el equilibrio estratégico en Medio Oriente, pero la respuesta iraní ha demostrado la capacidad de expandir el conflicto en múltiples dimensiones.
La coyuntura actual en Medio Oriente es una de las más peligrosas de las últimas décadas.
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El Periódico de Panamá Revista de Análisis Político, Económico, Social y Cultural.