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La mujer del César …|

Por: Pedro Luis Prados S .

Se le atribuye a Julio César, en momentos en que se desempeñaba como Pretor del Senado, cargo que lo convertía en la principal figura de gobierno en la República Romana, el haber emitido la frase: “La mujer de César no solo debe serlo; también parecerlo”, a raíz del escándalo que envolvió a Pompeya, su esposa, en una de esas fiestas de desenfreno exclusivas para damas aristocráticas de la ciudad. El desgaste de la República y el desprestigio de sus funcionarios por la corrupción, la demagogia y la ausencia de parámetros morales había minado las instituciones, en especial el Senado, que un escándalo de esa naturaleza sería un obstáculo para el ascenso que lo llevaría al imperio que ya rondaba en su cerebro. De manera que la solución para el ambicioso Pretor era el divorcio y la excusa la falta de decoro de su mujer.

Salvo el testimonio del único hombre que ingresara al recinto disfrazado de mujer, no había más elementos que testimoniaran lo acaecido en la fiesta, no obstante, y aunque se tratara solo de la percepción ciudadana, Julio César optó por el divorcio para salvar la reputación del Foro. Hago referencia a la anécdota histórica por la similitud con los argumentos del presidente de la Asamblea Nacional, Cipriano Adames, para rebatir las denuncia del diputado Juan Diego Vásquez sobre las presuntas vinculaciones de miembros de dicho organismo con el narcotráfico, reduciendo cualquier tipo de crítica a la simple percepción y no a la reiteración de los hechos y a la inteligencia ciudadana que, aunque menospreciada por él e ignorada por muchos miembros del gobierno, es capaz de hacer conectivos para establecer otra lectura de la realidad.

No pretendo incursionar en esas exquisiteces del lenguaje que manejan los funcionarios públicos que les permite reelaborar las relaciones del lenguaje y los significados para dar las explicaciones de sus actos. Sin embargo, esa distinción entre la percepción y la verdad llama la atención porque es una vuelta al Platón de veinticinco siglos atrás, en donde el filósofo griego establecía un mundo material, perceptible por los sentidos, falso y dominado por la representación: y un mundo ideal fuente de toda verdad con el predominio de la razón. Interpretación que me alegra mucho porque habla bien de los estudios de Filosofía de nuestros funcionarios —y la necesidad de reinsertarla con carácter obligatorio en todos los bachilleratos—, pero también porque sí esa vía nos lleva a las verdades eternas fruto de la razón, también permitirá una Ética producto de nociones puras y ordenadas que haga al hombre bueno por necesidad y, al mismo tiempo, una sociedad en donde el deber del ciudadano sea el respeto a la Ley, como lo asumió Sócrates al ingerir la cicuta, que debe primar en todo Estado de Derecho.

Lamentablemente, a pesar de lo refrescante y estéticamente bien construida filosofía de Platón, y que motiva sus periódicas lecturas, toda esa construcción teórica ha sido rebasada por la Psicología y Filosofía Moderna, las cuales consideran la percepción sensible fuente de todo conocimiento y por lo tanto antesala de toda verdad, lo que deja esa distinción cuidadosamente elaborada por ideólogos gubernamentales en el limbo de las falacias. Si hay una percepción de un hecho es porque existen elementos que lo revelan como expresión de una realidad, la cual en alguna forma necesita verificación, pero no por tratarse de una percepción, además de ser amplia distinción colectiva, tiene que ser una mala apreciación o una mentira. Es posible que esos errores de percepción las tenga el electorado al momento de emitir su voto, en la creencia que aquello que prometen los candidatos sea el asomo de una verdad.

El desprestigio del Órgano Legislativo, sus excesos, colusiones, encubrimientos e impunidad no son producto de la percepción ciudadana, es el acumulado de años de una desenfrenada lucha por el poder y por el enriquecimiento fácil. No es la ciudadanía que ha puesto un telón de oprobios sobre los miembros de ese organismo; es el reiterado abuso de sus miembros, rayano a veces en el cinismo, el que ha dado elementos de todo tipo para que esos ciudadanos, aún en la docilidad bovina que los caracteriza, hayan registrado en su conciencia esa percepción de corrupción, entendimientos cruzados y rapiña que parece dominar los actos legislativos. No se trata de una mala percepción, se trata de una pésima actuación que se reitera en cada periodo y profundiza un año tras otro las sentinas de su reputación. No basta ser miembro de la Asamblea Legislativa, también hay que parecerlo.

Es meritorio el esfuerzo que hace el Señor Adames en la defensa del organismo y de sus miembros ferozmente atacados por los medios, las redes sociales y en el hablar diario, pero a pesar de eso el enfoque no resulta válido porque los enjuiciados por la opinión pública no es la ciudadanía, sino sus colegas. No es al hombre de a pie que externaliza sus pesares y frustraciones el que debe ser objeto de una enérgica filípica, son sus compañeros de bancada los que en mayor número han cometido trapacerías y abusos con la inmunidad e impunidad que les confiere el cargo, y a los cuales debe llamar a capítulo y pedirle rendición de cuentas de sus actos. Es a sus copartidarios con los que comparte efusivos triunfos políticos a los que debe llamar a la moderación de sus acciones y también de su lenguaje.

Una vieja anécdota penonomeña, según me han dicho, hace referencia a un pobre hombre que murió ahogado en el río Zaratí y fue encontrado varios días después. Entre la demora del mortuorio, la construcción de la caja y la larga misa en el sopor de la tarde el cuerpo inició su proceso de descomposición, de manera que camino al cementerio, aquellos que llevaban el ataúd en andas sentían el mal olor del proceso. Ante la lentitud del cargador delantero, el que soportaba el peso atrás lo urgía:

— ¡Crispiano, aprieta el paso que el muerto hiede!

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