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La Etnia negra no es lo mismo que Edna “La Negra”.

Cuento de Gonzalo Delgado Quintero

En homenaje a Leoncio Obando

Leoncio Obando, extraordinario escritor panameño, amigo  y colaborador de El Periódico.

El amigo escritor y poeta Leoncio Obando, intelectual inquieto, quizás uno de los más prolijos y detallados investigadores de la egregia figura de Vitoriano Lorenzo, murió el 12 de mayo, tres días antes, casi coincidentemente, con la fecha en que se cumplieron los 120 años del fusilamiento del personaje de una de sus obras: El Legado de Victoriano Lorenzo. Hoy 18 de mayo es su funeral.

Pero prefiero recordar a mi amigo Leoncio, con lo que pudo haber sido unas de sus tallas. Un cuento para bardos; sencillo, corto, impresionante pero ficticio.

Una vez, inicio como la mayoría de los cuentos, fuimos a La Ducasa, por allí, en Calidonia, todos los que deben y beben, saben dónde queda, no se hagan, porque bien que se han tomado muchas espumeantes y frías, cuando el calor agobia y la sed no es de agua sino de cervezas, sobre todo, si es viernes y el cuerpo lo sabe.

Llegados al bodegón, se nos acercó la camarera, limpió la mesa y saludó sonriente a mi amigo. La mujer promediaba unos 50 años. Se notaba que con esfuerzo, ayudada de buen maquillaje bien distribuido y sin exagerar en pintura, trataba de conservar algunos atisbos de su otrora belleza que durante años se había ido diluyendo en aquellos espacios chiscones y taberneros, donde al final, solo queda lo feo asegurado.

Le pedimos una Balboa grande, dos vasos, hielo y dos ceviches. Al retirarse la mesera, le hice hincapié sobre el saludo cariñoso que ella le había manifestado. Le pregunté que si la conocía y me dijo que era su amiga de mucho tiempo. No le seguí el tema, porque el punto central de la reunión en este momento eran las cervezas; además, teníamos toda la tarde para conversar y ese punto, sobre la morena, estaba en la agenda, aunque fuera en asuntos varios.

Bebidas unas cuatro manga largas y de otro acercamiento afectivo de la robusta mulata, quien al moverse destacaba los atributos corpóreos, propios de su raza, no me quedó más que preguntarle, a mi amigo sobre qué había entre ellos, que de dónde se conocían y otras muchas preguntas curiosas.

Esta mujer tenía tez morena, no muy oscura; se notaba que le deba un trato especial a su cabello oscuro con buen alicet relajante; su rostro destacaba una frente ligeramente alabeada que con su buen hablar denotaba, al menos así dejaba percibir, la impresión de ser persona sagaz e inteligente; sin embargo, lo que más llamaba la atención de ella, es que tenía nariz perfilada y ojos celestes, labios ligeramente carnosos, piernas largas y estatura elevada, muy superior al porte promedio de nuestras mujeres.

En efecto, ya cubiertos por el manto de la sinceridad que produce cualquier etílica bebida, el poeta y yo, pasado el tiempo, nos habíamos volteado la media decena de esas otras morenas cuyos efectos le rinden sus tambaleantes recuerdos a Dionisio y esta marca, su nombre a  Vasco Núñez, el adelantado mata indios, por cierto, llegado en un barril de rabitos, escondido; el juglar ante mis preguntas, me contó  lo que había pasado con la ojiceleste.

A ella, me dijo el poeta, la conocí hace muchos años. Éramos adolescentes, fuimos novios en esa etapa juvenil. Siempre me ha querido y yo también; pero, por aquellas cosas fortuitas, dejamos el noviazgo, más bien por mi culpa. Quizás por inmadurez y algo de miedo atávico y racista aunque después caí en cuenta que yo era bastante negro. Pendejo me dije muchas veces. Bueno, había muchas ideas cruzadas; ahora que lo pienso mejor, creo que pudo haber sido también, por complejos míos y machismo. Siendo ella tan fuerte y yo tan escuálido, me sentía algunas veces acomplejado. Cuando salíamos, ocurría que llamaba mucho la atención y por supuesto que las primeras miradas eran todas para ella; pero adivina qué, de inmediato, después de la primera impresión que Edna daba, todos se volteaban para ver a su acompañante y qué te parece, era Leoncio. Allí, con ella, con semejante portento y yo con un peso que mojado no llegaba a 100 libras.

De hecho, La Negra era la que defendía cualquier situación salida de cause que muy regularmente ocurría cuando algunos irrespetuosos, al ver al acompañante se inspiraban aún más y de manera disonante elaboraban el casi siempre, ofensivo vacilón. Me dijo el aedo que recordaba una vez, que al pasar frente a una construcción, todos los albañiles detuvieron sus labores para ver la escena. Hubo segundos de silencio, pero allí, le surgió la genial inspiración a uno de los trabajadores, quien gritando dijo: “ESA ES MUCHA PAPAYA PARA ESE PERICO”, obviamente, refiriéndose al asunto de la estura desigual de la pareja. De hecho ella era la que posaba su mano en mi hombro. “Por supuesto que yo quedé silenciado y casi paralizado por la vergüenza, pero ella no. Como buena hija costeña y rápida de pensamiento, no se quedó callada, contestándole al tris: “ESO DEPENDE DEL PICO DEL PERICO, AHUEVAO, PENDEJO”… el chistoso pasó de jodedor a ser mofa de los demás trabajadores… así era ella, demasiado mujer para cualquiera”.

Pero qué pasó, le dije, esa no es suficiente razón y más si estaban enamorados. El poeta con sus décadas de sufrimiento encima me dijo: Lo que ocurrió, te repito, fue mi culpa. Cuando me matriculé en la Universidad, todo se descompuso en mi relación con ella. Me ennovié con otra hermosa muchacha y ella se dio cuenta. Traté de recuperarla después, cuando rompí el romance con la universitaria, pero Edna nunca me perdonó.

Pasaron muchos años y se juntó con un tipo que abusó de ella, incluso la empujó a la mala vida, aprovechándose de su belleza, pero aun así, a pesar de lo que sufrió, no dejó de tener su temple. El abusaba de ella, la maltrataba física y psicológicamente, hasta que un buen día, tomó la decisión de contener los excesos de este hombre.

Lo dejó, pero él no aceptó la decisión que ella había tomado. Se resistía y la acosaba. Llegó a tomarla a la fuerza, violándola e imponiéndole los supuestos compromisos maritales. Y como dice la canción todo tiene su final. Decidió ponerle de cualquier forma, fin al asunto. Primero lo llevó a la ley, pero este sujeto tenía contactos políticos y tráfico de influencia con las autoridades a través de las aportaciones que les daba a cambio del silencio cómplice a favor de sus fechorías. Sin embargo, consiguió un distanciamiento.

Los siguientes meses trascurrieron tranquilos, hasta que una buena noche, este cabrón llegó borracho al cuarto en el primer piso donde ella vivía en una de las barracas que todavía quedaba en pie en el barrio de El Marañón, tratando de ingresar a la fuerza. Sin embargo, con esfuerzo lo contuvo y le pidió que se marchara o llamaría a la Policía. Él insistió y forcejearon con tan mala suerte que el acosador cayó desde el balcón y murió. Fue acusada y cumplió una condena por homicidio culposo. Ella alegó defensa propia contra la agresión de este sujeto, a pesar, fue aunque corta, sentenciada, le impusieron pocos años de cárcel gracias a que pudo demostrar con las boletas de corregiduría, todo el asedio al que había estado sometida por este proxeneta de marras, harto conocido en el ámbito burdelesco.

Edna salió al poco tiempo, después que le redujeran la pena por buena conducta. Yo la visité muchas veces. Le pedí que nos juntáramos, pero claramente me dijo que ya era demasiado tarde para eso y que no quería inferirme ningún malestar con una posible relación entre los dos. Ella pensaba que por el hecho de yo ser universitario y haber adquirido cierta fama literaria, una relación de esta naturaleza, ya no tenía cabida entre ambos y además, se avergonzaba del incidente ocurrido con aquel hombre. Me dijo que nuestro amor había sido un imposible y que mejor lo dejáramos así.

Nuestro querer ha sido platónico. Por eso siempre vengo a este lugar, a esta cantina donde ella rinde su labor de mesera;  porque, aunque ha tratado, no ha podido conseguir trabajo en un lugar más decente. Me dice que no estará conmigo porque yo soy uno de esos pocos recuerdos hermosos que guarda en su mente y que de repente al establecer relaciones maritales, en cualquier momento, con un disgusto, puede romperse esa especie de encanto y perdería eso también.

Sin embargo, yo no me rindo, sigo insistiendo y siempre le argumento lo contrario. Le he prometido que eso no ocurrirá, aunque últimamente parece que los años quitan ese interés desenfrenado de cuando uno es joven. Siento que mis ímpetus no son los mismos y que ya no me interesa tanto una relación, como antes sí.

Perdida la cuenta de las botellas de Balboa, pedimos el arranque como a las 10 de la noche y al despedirnos me confesó que ya no estaba muy interesado, pero que seguían siendo amigos y que parecía que así era mejor.  Dijo mi amigo Leoncio, de todo este amor imposible, he llegado a pensar que mis sentimientos hasta hoy, son el producto de la frustración y a lo mejor es que a pesar de todo lo vivido entre ella y yo, nunca hemos hecho el amor.

Fin

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