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El Imperio se derrumba

Por: Abel D. Comrie Ortega

La toma del Capitolio

Los imperios no colapsan cuando los atacan desde afuera. Colapsan cuando se pudren por dentro. Siempre ha sido así. Estados Unidos no es la excepción: es el caso más reciente.

Hace seis años, tras el asalto al Capitolio, quedó claro que algo se había roto de forma irreversible. No fue un accidente ni una anécdota: fue la señal visible de una decadencia estructural. La historia enseña que cuando un imperio pierde cohesión interna, legitimidad política y control del relato, el desenlace es solo cuestión de tiempo.

Persia no cayó por falta de poder militar, sino por corrupción, conspiraciones internas y gobernantes mediocres incapaces de sostener la obra de Ciro y Darío. El imperio de Alejandro Magno fue tan vasto como frágil: dependía de un solo hombre y murió con él. Roma se ahogó en su propio éxito: demasiados territorios, un ejército impagable, inflación, impuestos asfixiantes, una economía estancada y una inestabilidad política que producía emperadores que duraban semanas. La lista es larga y el patrón inequívoco.

Cuando la economía se deteriora y el contrato social se rompe, el poder recurre al mismo manual de siempre: propaganda, miedo y espectáculo. Se fabrican enemigos —reales o imaginarios— para desviar la ira popular. Bárbaros, herejes, brujas, infieles, traidores, judíos, terroristas, inmigrantes. Cambian los nombres, no el mecanismo. El pan y circo romano sigue vigente: distraer mientras el sistema se desmorona. Hoy no hay coliseos; hay pantallas, escándalos fabricados y guerras culturales permanentes.

La religión ha sido otra herramienta fundamental. Las crisis se mostraban como castigos divinos o designios inevitables y al gobernante como el único capaz de restaurar el orden mediante rituales. Los faraones egipcios consolidaron su poder presidiendo ceremonias que garantizaban el “orden cósmico”; no gobernaban solo hombres, gobernaban el universo. Cuando la fe deja de funcionar, aparece la represión. No siempre masiva, pero sí selectiva. Lo suficiente para infundir miedo. La historia conoce bien estos aparatos: la Guardia Pretoriana, la Inquisición, las policías políticas del fascismo europeo. Estados Unidos no es ajeno a esta lógica; simplemente la reviste de legalidad y lenguaje administrativo, ICE. Su equivalencia con los Camisas Pardas hitlerianos es espeluznante.

Cuando incluso la represión empieza a ser insuficiente, el poder recurre a la manipulación más peligrosa: el nacionalismo paranoico. Se promete restaurar una grandeza perdida, se victimiza al país y se identifica un enemigo externo que amenaza la supervivencia nacional. Roma tuvo su Mare Nostrum. El nazismo, su Lebensraum. Estados Unidos, su Make America Great Again. Es la mentira repetida hasta convertirse en verdad, hoy amplificada por algoritmos, redes sociales y posverdad industrializada.

A partir de ahí, la huida hacia adelante es inevitable. El imperio intenta reafirmarse por la fuerza cuando ya no puede hacerlo por consenso, economía o cultura. Amenazas, sanciones, guerras indirectas, apropiaciones tardías. Ahora se lamentan de haber “regalado” el Canal de Panamá o de no controlar Groenlandia, como si el mundo siguiera congelado en el siglo XX. No lo está.

Estados Unidos enfrenta un problema que Roma no tuvo: la velocidad. La tecnología ha pulverizado el monopolio del relato. Las contradicciones ya no pueden ocultarse durante mucho tiempo; se exhiben en tiempo real. Al mismo tiempo, el mundo deja de ser unipolar. No es solo China o Rusia. Son también otras potencias emergentes que buscan autonomía, comercio en otras monedas y margen de maniobra fuera de la órbita estadounidense. El orden imperial ya no es incuestionable.

El dólar, pilar central de ese poder, comienza a mostrar grietas. Su debilitamiento no es retórico: es igual de estructural. Cada vez más transacciones internacionales se realizan fuera de él. Imprimir dinero ya no resuelve el problema; solo agrava la inflación generada por sostener el aparato militar más costoso de la historia. Roma también creyó que podía pagar su imperio indefinidamente. No pudo.

En este contexto reaparece el rostro más peligroso del poder en decadencia: el neofascismo. No como copia exacta del pasado, sino como lógica. A Hitler se le concedió todo lo que pidió y aun así quiso más. Europa no comprendió que debió haberlo detenido en sus inicios, hasta que fue demasiado tarde. Hoy, pocos se atreven a confrontar al poder que pierde control, olvidando un detalle esencial: un imperio acorralado y armado hasta los átomos, es el actor más impredecible del sistema internacional.

Panamá no puede fingir neutralidad pasiva o alinearse automáticamente. Nuestra historia demuestra que el no alineamiento asertivo fue una política exitosa. Hoy, en un mundo de potencias en ascenso y otras en declive, todas miran al istmo y al Canal como piezas estratégicas. Elegir mal sería suicida, además de una traición imperdonable.

Un país pequeño no sobrevive apostando al imperio que se derrumba. Sobrevive entendiendo el momento histórico, actuando con carácter, inteligencia, equilibrio y defendiendo un genuino interés nacional. Lo verdaderamente trágico es que quienes hoy nos gobiernan parecen dispuestos a caer abrazados al poder que se hunde, arrastrándonos con él.

*El autor es abogado.

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