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SABER Y RECORDAR LA HISTORIA ES NO REPETIR LOS ERRORES (II Pte.)

Por Gonzalo Delgado Quintero

Para entonces (1986-1989) la nueva derecha norteamericana que controlaba el poder político en Estados Unidos impulsaba su estrategia dirigida principalmente hacia la convulsionada Centro América y mantenía fuertes presiones para que desde Panamá, como plataforma, se desarrollara una posible invasión contra Nicaragua e impulsar en esta región una política más afín a los objetivos geopolíticos de Estados Unidos, en su proyección imperialista global que también había iniciado en Europa del Este.

En ese momento la política exterior de E.U. hacia Panamá estaba bien definida. El papel que debíamos jugar como país estaba dentro de sus planes y para los efectos, nombran a Arthur Davis como embajador. Esta designación fue una movida política significativa del enemigo del régimen panameño que venía a reforzar las presiones que ya se venían desarrollando en el patio a través de una escalada de sedición contra el gobierno que lideraba el General Manuel Antonio Noriega, promovida por los grupos opositores encabezados por la Alianza Democrática de Oposición (ADO) que después fue conocida como la ADO-Civilista.

De inmediato la Embajada de E.U. se convirtió en un centro de conspiración desde donde se coordinaba la fuerza opositora que reunía a los sectores de la derecha panameña a través de asociaciones, gremios empresariales, ONGs, clubes cívicos, partidos políticos y otros que buscaban eliminar a las fuerzas torrijistas del control del poder político y poner un presidente domesticado en 1989, que facilitara al coloso del norte introducir cambios a la estructura política, económica, seguridad y social del país y por añadidura permanecer con un pie militar después del año 2,000.

Ya para 1987, en los medios locales sobre todo en el diario La Crítica, el 2 de junio se publicó la noticia sobre la salida del Coronel Roberto Díaz Herrera, quien era el jefe del Estado Mayor y se creaba en esa instancia la Sub-jefatura Aérea dirigida por el Coronel Alberto Purcell y otra terrestre comandada por el Coronel Elías Castillo.

Por su parte el Diario La Prensa, jugando su papel para el cual fue creado, ensombrecía aun más la imagen del General Manuel Antonio Noriega, tanto en su línea editorial y a través de las diversas opiniones incluyendo la caricaturización del hecho de la salida de Díaz Herrera. La línea interpretativa de la caricatura iba al punto de señalar a Noriega como el responsable de la muerte del General Torrijos.

Algunas figuras connotadas de oposición vieron con buenos ojos la salida de Díaz H. bajo el enfoque de que era un hecho positivo para la institución debido a que con su retiro desaparecía el principal ideólogo de las Fuerzas de Defensa. Además, aprovecharon su salida de manera propagandística a partir de las denuncias que en ese momento hizo en declaraciones públicas a través de los medios de comunicación.

Ante las declaraciones de Díaz Herrera, quien decía estar inspirado por la influencia de Shi Saty Sai Baba (Sai Baba) o el “Hombre de Dios” a través de sus supuestos encuentros esotéricos a quien el militar panameño le atribuía ser la encarnación del propio Cristo; el Dr. Rómulo Escobar Bethancourt, Presidente entonces del Partido Revolucionario Democrático, señaló que el “PRD exigía a Díaz H. respuesta a las declaraciones que afectaban al partido y laceraban la memoria del General Torrijos.

A estas alturas de la crisis el Concejo Nacional de la Empresa Privada hace pública su posición y por supuesto, esta decisión profundizó aun más la escalada contra el gobierno.  El CONEP que aglutina a las más importantes organizaciones empresariales entre ellas la Cámara de Comercio, Industrias y Agricultura de Panamá, la Asociación Panameña de Ejecutivos de Empresas, el Sindicato de Industriales, la Unión Nacional de Pequeñas Empresas y otras, también daba su puntillazo y con ello, en su visión estratégica, garantizaban a futuro ya no una participación mediatizada o intermediada, sino el control económico y político directo en el país. Lo que obtuvieron posteriormente con la invasión militar de Estados Unidos en Panamá en 1989.

Fue un doble golpe, porque también la embajada norteamericana hizo pública su posición injerencista a través de un comunicado en el que manifestaba el respaldo a los sectores de oposición. Exige la mayor libertad de los medios de comunicación opositores y que ellos vigilarían de cerca que se cumpliera todo lo que advertían al gobierno de Panamá. Y para dar el último martillazo al clavo del ataúd, un grupo de senadores de EU, incluyó una carta ante el Congreso de ese país para supuestamente negar el interés que se tenía de subrogar el Tratado Torrijos- Carter.

Esto fue una salida política ante las denuncias que hacía Panamá, no obstante el interés si gravitaba en la cabeza de los senadores representantes del Stablishment y su siempre propósito de mantener un pie de fuerza sobre América Latina en el que Panamá es el punto ideal. Ello mantenía sus esperanzas en extender su presencia más allá del 31 de diciembre de 1999.

En esos momentos críticos,  los oficiales intermedios mayores y capitanes conforman el Consejo Estratégico Militar (CEM) y reiteran su posición de defensa al país y a la institución, las Fuerzas de Defensa (FFDD) y condenaban, según manifestaban entonces, “traición de los grupos antipatrióticos cuya intención era desarticular las FFDD con el fin, decían, de reinstalarse en el poder político y restablecer sus privilegios sociales y económicos y los núcleos colonialistas norteamericanos”.

Por su parte la radioemisora KW Continente, con Mayín Correa, hermana del dueño de esta estación radial, fue convertida en puntal de la oposición al régimen desde donde se establecieron las líneas de la sedición interna vertebradas a partir de las declaraciones de Díaz Herrera.

Por su parte la Comisión Política ampliada con diversos dirigentes del  PRD a nivel nacional se manifestaban en contra de la endilgada conspiración, condenan el “comportamiento irresponsable e incoherente de Díaz H. y alertan al pueblo sobre la campaña que en su contra mantenían los grupos de oposición y sectores norteamericanos”.

Por encima de todo lo que se venía haciendo, había ya montada una agitación desestabilizadora desde adentro y por parte de EU. Las posteriores disculpas de Roberto Díaz Herrera de nada valieron, incluso sus declaraciones de que había tratado de derrocar a Noriega en septiembre de 1985, no tuvieron efectos sobre todo el veneno derramado y que se intensifica de manera abierta, desde el momento en que Noriega se negó a ayudar en los planes de Ronald Reagan contra Nicaragua en 1|886, cuando inició en Panamá el golpe que fijaría un nuevo modelo político y económico y que tres años después se haría realidad después de la invasión militar de EU del 20 de diciembre de 1989.

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