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Los velorios o la despedida de un difunto.   

Por Ramiro Guerra.            

Puerto Armuelles, barrio Silver City o la playa. Todos convivíamos en un ambiente familiar. Cuando fallecía un vecino, un sentimiento de dolor se apoderaba del barrio. Los velorios eran muy concurridos.  Ocurrían en horas nocturnas. Muchos se retiraban a media noche, después de los rezos. Otros amanecían.

Mi abuela, muy conocida en el barrio, no fallaba; junto a ella, su nieto Ramiro, muy pequeñito, la acompañaba.  Ocurría que algunas veces, por alguna razón, el muerto dentro el ataúd, permanecía de dos a tres días. Recuerdo las tinas de hielo debajo del ataúd, seguramente para evitar o contener que el difunto no despidiera un olor a putrefacción.

Mientras el rezador, por intervalos breves, solía descansa, el traqueo de los jugadores de dominó se escuchaba a leguas. Lo mismo que la risotada de los presentes por los chistes de algún parroquiano. De vez en cuando, los sollozos de un par de mujeres que tenía de oficio de llorar muertos.

Mi niñez, no falté a cientos de velorios. Hoy el subconsciente, cuando duermo, saca a flote tales experiencias como pesadillas.

Tal vez, en algún lugar, los velorios siguen siendo parte de los hábitos o costumbre pueblerina.

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