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Corporación Azucarera La Victoria |


Por: José Dídimo Escobar Samaniego

Veraguas era una región absolutamente deprimida económicamente hablando. La pobreza cundía por todas partes. Era común ver morir a cientos de compatriotas en el norte de esa provincia, con enfermedades como tuberculosis, anemia y demás dimanantes de la pobreza extrema que se vivía en la década del sesenta e inicio del setenta.

A Omar Torrijos se le ocurrió construir un gran ingenio azucarero en el área de los canelos de Divisa y La Mata de Santiago, comunidades vinculadas a orillas del río Santa María con un boyante caudal que permitía poder abastecer de agua para irrigación a las tres mil quinientas hectáreas[JD1]  que era necesario sembrar de caña de azúcar.

El Ingenio La Victoria, construido con las tecnologías más modernas en 1975, se configuró efectivamente como la redención económica de la provincia de Veraguas e impactó a otras áreas del interior de la república, y de modo contundente dinamizó la economía de todo el interior, especialmente a los trabajadores de Veraguas que tenían que emigrar a la ciudad capital para poder obtener ingresos para sostener a sus familias y también esa empresa impactó a todos los colonos o particulares que vendían el producto de la caña de azúcar que el Ingenio le compraba a mejores precios que lo pagaban los otros dos ingenios privados que existían en ese entonces en Aguadulce.

Se destacaron en la administración de la Corporación Azucarera la Victoria, Darién Ayala, Horacio Rodríguez. El día de la inauguración se pudo observar la alegría del pueblo y por supuesto la férrea oposición de los oligarcas que eran dueños del oligopolio del azúcar que además detentaban desde esas empresas; una alta cuota de poder político en el país.

En ese acto inaugural estuvieron presentes, Arístides Royo y Francisco Rodríguez quienes eran miembros del Consejo Nacional de Legislación y asesores de Omar Torrijos, los que, siendo de estratos humildes, llegaron a ocupar el solio presidencial en el proceso revolucionario que la oligarquía nacional, denosta con tanto empeño.

A finales de la década del setenta, se fueron sumando el Ingenio de Las Cabras, Ingenio de Alanje, Ingenio Felipillo, los que llegaron a formar la Corporación Azucarera La Victoria que exportó grandes cantidades de azúcar al extranjero e impactó en la economía agrícola que por ese entonces representaba el 19% del PIB.

A finales de la década del noventa y extrañamente, con un gobierno PRD, se desmanteló la Corporación y los cuatro Ingenios fueron privatizados a precio de Ganga, que ni siquiera representaba ni el valor de las instalaciones, mucho menos las tierras que además estaban sembradas y con toda la inversión de riego y drenajes que le adscribían un alto valor pecuniario que nunca se reconoció.

Por ejemplo, el Ingenio La Victoria está en manos privadas y por él, sólo se pagó un poco más de 11 millones de balboas cuando en libros su valor superaba los 92 millones de balboas, tomando en cuenta el valor de las tierras y sus infraestructuras y las instalaciones industriales andando y depósitos de productos que representaban más de seis millones de balboas entre azúcar refinada y melaza, lo cual significa que los privados sólo le pagaron al Estado 5 millones de balboas, lo cual representó un auténtico despojo al patrimonio nacional que algún día deberá ser recuperado.

Ese proceso de privatización ocurrió de forma oscura y esos valiosos bienes se le fueron otorgados a amigos del presidente de turno quienes, en la primera zafra desde la administración privada, sin hacer ninguna inversión adicional, produjeron azúcar y vendieron la suma de 18.75 millones de balboas, que vino a representar una ganancia neta de trece millones de balboas.

El acto de privar al Estado y a toda nuestra sociedad de esos bienes y liquidar el patrimonio de los cuatro ingenios azucareros por una bicoca, es una lesión grave al patrimonio nacional y generar un privilegio a amigos del poder en detrimento de todos los panameños que ahora vemos disminuido la fortuna que nos pertenece a todos y que debió ser administrada con celo y como un buen padre de familia y no como instrumento para traspasar riqueza pública a privados bribones que la asumieron y nos la quieren presentar como un generoso acto de rescate de un bien cruelmente abandonado.

La herencia de Torrijos, que tenía un amplio sentido social de desarrollo sobre todo hacia los sectores más pobres del país, se encontró con que, quienes debieron cuidarla y honrarla, les pareció bien entregarla a sectores cuya avaricia es inconmensurable tanto como el desprecio que sienten por los pobres a los que Omar amaba con profunda sinceridad y entrega.

¡Así de sencilla es la cosa!

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