
Por: José de la Rosa Castillo
Especialista en Relaciones Internacionales
08 de marzo de 2026

Sin embargo, el contexto geopolítico actual plantea nuevos desafíos para ese equilibrio. La reciente estrategia de seguridad de Estados Unidos ha redefinido al hemisferio occidental como parte de su perímetro estratégico. En ese marco deben interpretarse dos movimientos recientes de Washington: la reunión del secretario de Defensa Pete Hegseth con ministros de defensa del continente y la posterior cumbre convocada por el presidente Donald Trump con varios mandatarios latinoamericanos para impulsar la iniciativa denominada Escudo de las Américas.
Más allá de los discursos oficiales, ambos encuentros apuntan en una misma dirección: consolidar una arquitectura de seguridad hemisférica bajo liderazgo estadounidense. Se trata de una estrategia que combina coordinación militar, acuerdos políticos y construcción de alianzas regionales frente a amenazas transnacionales, pero que también refleja la creciente rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China.
En ese tablero geopolítico, Panamá aparece inevitablemente en el centro. El Canal no es únicamente una infraestructura comercial: es uno de los nodos logísticos más importantes del comercio mundial y un punto de conexión fundamental entre el Atlántico y el Pacífico. Precisamente por esa razón, en el contexto de la competencia entre grandes potencias, la vía interoceánica comienza a ser reinterpretada como un activo estratégico.
Las reiteradas declaraciones de Trump sobre la supuesta influencia china en el Canal forman parte de esa narrativa. Aunque tales afirmaciones han sido cuestionadas por su escaso sustento empírico, su efecto político es claro: trasladar el Canal del ámbito del comercio internacional al terreno de la seguridad estratégica. En otras palabras, contribuir a la securitización de una infraestructura que históricamente ha sido gestionada bajo principios de neutralidad.
En este escenario, la posición adoptada por el gobierno panameño merece una reflexión seria. Desde el inicio de la administración del presidente José Raúl Mulino, Panamá ha firmado memorandos de entendimiento en materia de seguridad con Estados Unidos. A ello se suma la existencia de aspectos aún poco transparentes en torno a ciertas condiciones operativas vinculadas al tránsito por el Canal, incluyendo el debate sobre eventuales exenciones o tratamientos preferenciales para determinadas embarcaciones. La anulación de las concesiones portuarias vinculadas al sistema logístico del Canal, algunas de ellas operadas por empresas internacionales como CK Hutchison Holdings.
Estas decisiones pueden interpretarse como gestos de cooperación en el marco de una relación histórica entre ambos países. No obstante, también plantean interrogantes legítimas sobre la orientación de la política exterior panameña. Cuando acuerdos estratégicos se negocian con escasa transparencia o cuando se adoptan decisiones bajo presión geopolítica externa, el debate sobre soberanía deja de ser retórico para convertirse en un asunto de interés nacional.
Panamá no puede olvidar que la legitimidad internacional del Canal descansa precisamente en su carácter neutral. Esa neutralidad no significa aislamiento ni confrontación con ninguna potencia, pero sí exige una política exterior capaz de preservar la autonomía del país frente a presiones externas. El desafío no consiste en rechazar la cooperación internacional, sino en garantizar que esa cooperación no erosione los principios que sostienen el régimen jurídico y político del Canal.
Los países pequeños enfrentan inevitablemente asimetrías de poder en el sistema internacional. Sin embargo, la historia demuestra que incluso en esas condiciones es posible defender intereses nacionales con claridad estratégica. Panamá logró recuperar el Canal gracias a una combinación de visión diplomática, firmeza política y apoyo internacional. Ese legado obliga a las generaciones actuales de dirigentes a actuar con la misma responsabilidad histórica.
Hoy el país se encuentra ante un dilema que trasciende coyunturas políticas. ¿Seguirá el Canal siendo una infraestructura neutral al servicio del comercio global o comenzará a integrarse gradualmente dentro de una arquitectura de seguridad definida por intereses externos? La respuesta a esa pregunta dependerá en gran medida de la capacidad de Panamá para sostener una política exterior que priorice, por encima de cualquier presión, la defensa de su soberanía y de sus intereses nacionales.
El Canal es el símbolo más poderoso de la autodeterminación panameña. Preservar su neutralidad y su administración soberana no es solo una cuestión de política exterior: es una responsabilidad histórica con el país y con las generaciones que hicieron posible que esa vía interoceánica pasara finalmente a manos panameñas.
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El Periódico de Panamá Revista de Análisis Político, Económico, Social y Cultural.